Tu hijo y la violencia, en el lugar menos pensado
Los niños van a la escuela porque es el lugar donde experimentan el reconocimiento como sujetos, de sí mismos, de los otros, donde pueden ser pensados, escuchados… Que la violencia acontezca en la escuela indica la gravedad de la problemática social. La escuela padece y se alimenta de los síntomas que aquejan a nuestra comunidad.
Todo esto y tantos otros hechos han impactado fuertemente sobre el lazo social, sobre la idea de que el “otro” no es un semejante en quien puedo confiar. Se produce así una ruptura, se percibe en todos los intercambios: cada vez más, los grupos de pertenencia quedan reducidos a la familiaridad más cercana, a los que son absolutamente iguales, y cualquier diferencia en esa vinculación social rápidamente aparece connotada como algo peligroso, extraño y problemático.
Y cuando el “otro” deja de ser otro y, por tanto, semejante, rápidamente pasa a ser un extraño, ajeno, y enemigo. Que sea un ajeno quiere decir que yo puedo prescindir de su presencia o puedo no sentirme éticamente comprometido con su destino o existencia. El acto violento sostiene esta falaz resolución de una encrucijada: él o yo. Este, cualquiera sea su forma intenta eliminar al interlocutor, intenta eliminar la diferencia.
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Ciertos discursos ideológicos y políticos reducen el problema de la violencia a un problema de seguridad, como si se tratara de defenderse adecuadamente del otro y no de recomponer los lazos que unen en un destino común a todos los que tenemos la posibilidad de compartir una misma realidad. Otros discursos lo ligan a “dificultades psíquicas, familiares, de clase social” limitando así la comprensión del fenómeno. Vincular unidireccionalmente la problemática de la violencia a una sola variable, desdibuja la complejidad de la misma, reduciendo no solo la visión del problema sino también simplificando, muchas veces sin ingenuidad, la posibilidad de abordarla.
Por otra parte, la escuela constituye el último espacio de amparo social; es la única institución que persiste con una cierta entidad para generar protección. Es aquella que, debería facilitar, el movimiento de clases, el lugar donde se gesta el cambio social.
En algunas comunidades es incluso la única institución en la cual el Estado (que en gran medida abandona la protección de los derechos sociales fundamentales), está presente.
Con el nivel de anomia existente, la escuela sigue siendo el único espacio donde se lucha por la instalación del valor del conocimiento, de la palabra, de la importancia de la convivencia.
En el medio de una sociedad fragmentada, las escuelas quedaron en el ojo de la tormenta. Ante la tarea de incluir a chicos que la mayoría de las instituciones excluye –inclusive la familia-, son escenario de múltiples conflictos en los que prima la agresión y la violencia.
¿Será acaso conveniente preguntarse por qué la violencia elige el ámbito escolar como sede de sus manifestaciones?
Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga UBA
Mat 1036
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