El capitán del “Arca de Antinori” que navegó en busca de la globalización de la solidaridad
Se llama Héctor Antinori y lo vas a encontrar muy temprano, siempre, en su taller de calle Avellaneda, casi esquina Capilla de Nieve, en Guaymallén. Desde allí, su búnker laboral, político y social, se han craneado las ideas más locas del mundo que, al final, han logrado ponerle la cuota de cordura a las locuras laborales, políticas y sociales de Mendoza.
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Es el mismo al que se lo escucha ponderar la fortaleza de la mujer que lo acompaña, Adela Comerci, quien “luce” todavía la cicatriz que le dejó un balazo en la cara, cuando la policía de la última dictadura disparó contra el vehículo en el que iba con su esposo, cerca de su casa, en el puente Pécora.
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Las balas son un tema recurrente para este tornero que trocó en ministro sin cartera de una democracia social y participativa que todavía no existe. Y por eso hoy recordó la muerte del ex interventor militar Bonifacio Cejuela de una manera diferente. “No me alegran las muertes y acompaño a la familia, pero a mi padre los gendarmes tucumanos que él trajo a Mendoza le metieron un balazo en la pierna cuando intentó ayudar a Benedicto Ortiz, el dirigente que asesinaron en la gran marcha obrera contra la dictadura", dijo.
Visto en retrospectiva, desde allí se luchó por bajarle los decibeles al hambre en la crisis del 2001 –aunque no la intensidad a la protesta social-, y para eso se agrupó con vecinos pobres y donantes no tan pobres para conseguir pan (que compraban en la cárcel), verduras (que mangueaban o regateaban en la Feria de Guaymallén) y conseguían huevos y queso, “para que los pibes no comieran solamente fideos”, y también querosén, para hacer funcionar estufas en zonas del salitral, tal como lo dice, en un diálogo siempre intenso, siempre a las apuradas –porque la agenda lo presiona y los vecinos lo esperan y los clientes del taller de GNC ponen “cara de culo” si se extiende mucho, como a él le gusta- don Héctor Antinori.
El hombre va a recibir un pequeño homenaje, finalmente, mañana, cuando la Legislatura distinguirá a personalidades mendocinas. No lo esperaba ni lo alentaría jamás, pero está contento. Es la oportunidad, cree, para que los valores que ha sostenido “desde los 19 años, en que fui delegado gremial, se multipliquen en la sociedad”.
En Bahía Blanca, su padre, Bruno, bautizado así en homenaje de su abuelo a Giordano Bruno, le había dado su segundo nombre a Héctor Bruno Antinori, marcándolo de por vida. “Era la época de Perón. Yo era delegado. Recuerdo que a los 19 me iba 20 kilómetros hasta el puerto, con un carro, a buscar pescado, porque en la fábrica había hambre, mucha hambre”, recuerda hoy, emocionado, desde el taller desde donde mira el bulevar René Favaloro, otra de sus iniciativas.
Aquella herencia la puso en negro sobre blanco en su propia despedida de soltero. Cuenta: “En mi despedida de soltero, se reunieron todas las juventudes políticas, y fue el día en que mataron a Patrick Lumuba. Me comprometí delante de ellos a que mi primer hijo se llamaría Patricio. Mi hija se lama Patricia”.
A lo largo de sus extensas siete décadas de vida, Antinori ha buscado juntar a lo que él llama “los que se animan” en un mismo barco, para navegar por las dificultades, sobre las olas de la necedad y las aguas de la Mendoza que atrasa y expulsa, en la búsqueda de puertos más amigables.
El "Arca de Antinori"
Así, en 1998, reunió un grupo de dirigentes sociales, políticos, periodistas y empresarios de Mendoza. Los tentó con hacer un viaje juntos y los subió a un avión al que denominamos el "Arca de Antinori”.
El autor de estas líneas subió a la nave, bajo su invitación compulsiva directa, junto con Aldo García y su mujer, vecinalistas de Jesús Nazareno, el socialista y empresario Pedro López, el diputado peronista Raúl Parodi, Alberto Granata, economista y político junto a Eduardo Becerra y Delia Braco, cooperativistas, más un periodista riojano y un productor santiagueño.
¿Destino? Una localidad apenas ubicable por entonces en el mapa de España: Arrasate – Mondragón, sede de la compañía cooperativa más grande del mundo, motor de la economía española y usina de proyectos sociales en donde, además, el modelo de gestión social de las empresa involucra a toda la ciudad y es una mixtura de modelos capitalista y socialista único.
“¿Te acordás del debate que dimos sobre la necesidad de globalizar la solidaridad?”, pregunta, ahora el mismísimo Antinori. Hace referencia a su propio planteo, en el corazón del mundo empresario cooperativo español, en pleno País Vasco, en el que fue refutado. Pero siete años después, cuenta contento el hombre, “ese fue el eje de Mondragón Corporación Cooperativa: 'globalizar al solidaridad', en su más amplio sentido”.
Se trajo ideas y dejó sembradas inquietudes propias y experiencias construidas desde el barrio Minotto, una población humilde de obreros de Guaymallén a cuya unión vecinal bautizó La Amistad.
Uno de los fundadores de la experiencia económica española vino a Mendoza y volvió –de la mano del vecino guaymallino- tantas veces como pudo antes de que su vida se acabara, don Jesús Larrañaga. Trajo y llevó iniciativas. Colaboró con el incipiente Foro de Economía Solidaria de Mendoza para levantarles el perfil a las escuelas técnicas, como la 6-202, vecina del barrio, capaz de construir cosas que a la gente le hacen falta y no de practicar la teoría y el solfeo: sillas de ruedas, bastones canadienses y hasta semáforos inteligentes, con la ayuda de la UTN.
Forjado en las luchas
“A los siete años en mi casa, en la Segunda Guerra Mundial, mi madre cosía, lavaba y preparaba ropa que mandábamos a los republicanos españoles. Juntábamos dinero y comprábamos la pastillita para enfrentar las enfermedades tropicales de los vietnamitas. El último embarque lo llevó Benito Marianetti”, recuerda don Héctor.
- Tuvo de dónde mamar esa hiperactividad que lo caracteriza y por la que lo han tildado de comunista, peronista, anarquista….
- Recibí una educación de solidaridad con los pueblos que luchan. Una anécdota más: en el cine de Bahía Blanca, en mi niñez, los fascistas pasaban películas de Hitler. Mi papá y dos más les secuestraron la película y la quemaron en el patio de mi casa. Por no callarme, en la colimba éramos cinco mil soldados y me castigaron mandándome a Tartagal, en Salta, a cargo del teniente coronel Celestino Argumedo. Me mandaron a amansar mulas, y al final no sé si los convencí, pero salí como “número uno”, con certificado especial de buena conducta.
Consiguió que Mendoza fuera “la capital de la resistencia telefónica” en épocas del tristemente célebre “rebalanceo”. Organizó un grupo humano (no habían “social medias”), lideró movilizaciones y consiguió con ello llamar la atención de todo el país. Al punto que por un año no se pagó la factura y se logró que “se pagara luego sin intereses, factura por medio”.
Se puso a auditar los gastos del Estado en teléfonos para descubrir posibles “curros” e identificar las “líneas calientes del Gobierno”. “Cuando Orquín nos abrió las puertas de Seguridad, descubrimos muchas cosas: se gastaba 1.200.000 y Telefónica aconsejó meter unos sistemas de celulares que pasaron a gastar 4.600.000”.
Es difícil dar cuenta de su amplia actividad. Pero baste recordar que “rompió” lo que había que romper para que en el barrio se instalase un centro de salud, que construyeron con el ahorro de la obra pública que consiguieron abaratar en función de disminuir las intermediaciones.
Y también frenó la venta de 33 troles a Córdoba a un precio irrisorio, cuestión que todavía está en manos de la Justicia. “Se llevaron 3 de los 33”. Y cuenta que gracias a esa movilización, “armamos la Comisión de Defensa del Patrimonio Social de Mendoza con el Gianni Sgroi". Con ella, “gratuitamente, hicimos un sistema eléctrico con un muchacho Bañeros, para demostrar que un motor podía ser 15 veces más liviano para los troles. De los 100 kilos que pesan logramos hacerlos funcionar con uno de 80 kilos, que reducían notablemente el consumo eléctrico... No lo implementaron”.
Un par de anécdotas en un mar de experiencias
- “Con Ángel Bustelo y Tito Rosas nos metieron presos por pedir la libertad de otros presos. En la cárcel, los que habían robado el banco de Godoy Cruz estaban en el patio, con mujeres, con revistas, y nosotros no. Cuando salimos, un pibe se le arrimó a Bustelo y le contó algo que te marca para toda la vida: hacía 15 días que estaba preso por llevarse un cajón de tomate de la feria. Los ladrones de bancos salieron en una semana”.
- “A la salida de prisión me echaron de la fábrica, pero se movilizaron los obreros. Los obreros me recuperaron y me eligieron delegado”.
Mañana, el hombre rebelde recibirá en la mansa Legislatura una distinción que lleva el nombre de un par suyo: el Libertador San Martín.


