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¿Vieron cómo arrastra el viento Zonda?

Las noticias parecían de otros países, demasiado lejanos. Un cautiverio donde el cautivo colaboraba, la dominación aceptada y reforzada por el dominado. Es que toda dominación se funda en la colaboración de algunos que la sostienen desde la sub-alternidad.

A mí me pasó, hace como dos años. Antes sólo lo sentía en el cuerpo, en la cara. En general se siente en la temperatura porque sube hasta en invierno. Pero el viento zonda te arrastra, yo lo comprobé. Es un fenómeno absolutamente vernáculo. Esto de arrastrarte, de cambiarte de posición sin que te des cuenta, de a poco. Yo estaba como a 30 km. de donde hoy escribo estas líneas. Posta. No sé cómo carajo ocurrió esto del traslado. Casi inconscientemente hacías las cosas, las cotidianas. Como todos, a veces mal, a veces bien.

Pero hoy estoy sorprendido. Estoy, en este preciso momento, a 30 km. de distancia del lugar donde yo vivía. Allá, el frío nocturno, los pájaros silenciosos en su vuelo, la flora camaleónica. La montaña era mía, demasiado mía como para abrazarla. Allá no había ni felicidad ni tristeza.

Era vivir en un sopor permanente. Las noticias parecían de otros países, demasiado lejanos. Un cautiverio donde el cautivo colaboraba, la dominación aceptada y reforzada por el dominado.
Es que toda dominación se funda en la colaboración de algunos que la sostienen desde la sub-alternidad. Lo otro es dictadura feroz, pero allí, no la había. Es como un canto de sirenas que te atraía diariamente a su lugar de origen. Refugio de solitarios, de derrotados, de curaciones y sanaciones.

Pero claro: no todo dura para siempre, y, a veces, el viento, el zonda, que allá suena y suena, te mece hasta que empieza el éxodo. Te lleva de a poquito, con soplidos suaves y cariñosos. Y cuando querés acordarte, no te has despedido de nadie. El eucalipto malcrecido, el chañar indemne, la familia de piedras, la tierra con sal, la vida de las estrellas, los sonámbulos búhos, los perros come-basura, el caminante solitario de mañana y de noche. El vivo y el muerto. De ninguno te has despedido.

A tal punto que parece que el recuerdo no es más que una alucinación de una vida que no existió. A tal punto que tenés que preguntar en la zona si te recuerdan, tocar las campanas o aplaudir para que salgan los vecinos. En el almacén de lata que se mece acompasado con los álamos siguen los mismos tipos que no escuchan ni ven. Juegan el juego de los monos sin selva ni zoológico. Los he visto. Y ellos no a mí. Y eso que me he preocupado en palmearles la espalda, en gritarle a los oídos, en empujarlos cuando se servían la soda sobre vino tinto en el vaso de aluminio. Nunca se mueven. Ellos son los seres que nunca se mueven porque el paisaje los ha cooptado y respira a través de ellos.

Son los necesarios en esas zonas áridas sin ambición. Allá las penas se las lleva el viento y no hay tristeza que dure 24 horas. Y las alegrías se esfuman en guitarreadas que te duermen hasta que los gallos avisan que ha llegado la hora de salir a respirar el frío de la madrugada.

El sopor, ese que les decía, es un poesía atemporal, inmutable. No cualquiera puede resistirla. Hay que ser cooptado para perder la consciencia y regalar las manos, los brazos, las piernas y el cuerpo. No importó nunca la civilización escandalosa con sus estresadas propuestas de progreso. Todo es lento como el infarto de una tortuga o el suicidio de un elefante.

Sepan disculpar. Me he extendido demasiado. Quería contarles solamente cómo el viento zonda te arrastra sin que te des cuenta a esta zona desde donde escribo. Es más, vengo escribiendo desde allá hace dos años y no me he dado cuenta de ello. Ahora no tengo un zorro que se me cruce por la noche en el camino, ni un tero que me cante. Ahora, solo ahora, me duele una mujer en todo el cuerpo.