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El Fachinal: el amor es más fuerte que la mierda

No es normal que uno alce a la beba Florencia y que, al instante, por el brazo te caminen tres piojos, como panchos por su casa o que “D”, una nena de seis años, tenga de nacimiento un piecito torcido sin que nadie lo enderece. Sin embargo, no todos pasan de largo ante las heridas abiertas. Enterate leyendo esta nota.

No debería ser normal que uno alce a la beba Florencia y que al instante por el brazo te caminen tres piojos, como panchos por su casa. Tampoco debería ser anormal que tome su biberón con tanta verdad, con tanta avaricia y tanto futuro. Bien mirada, Florencia es un milagro: la mayor inocencia posible, la mejor flor, la magnolia imposible, se contenta con echar raíces en el peor de los pantanos.

Antes de que algún imbécil critique a sus padres, acusándolos, sin más, de haber cometido el pecado de ser pobres, digamos que tampoco debería ser normal que sus padres hayan nacido, crecido, se hayan reproducido y hasta tenido episodios de felicidad, compartiendo nuestros desechos con otros comensales: moscas, bacterias, pericotes y caranchos. Y así todos y cada uno de los días de sus vidas. Por eso, antes de escuchar los argumentos de cabotaje de cierta clase media temerosa y satisfecha de sí misma, vamos a decir que Florencia ya fue despiojada y que lo siguiente será golpear la puerta de Petrona, en su casa de El Fachinal, en El Borbollón, Las Heras.

Petrona sale a la vereda con un peine. Escucha, Petrona y se peina. Tiene una profusa cabellera negra. Toda su vida, como todas las vidas aquí, ha transcurrido ligada a la basura. La basura, para ella y su familia, es una forma de limpieza, un discurso de la pureza, un sorbo de leche de ángel es la basura para Petrona y sus vecinos.

Por eso, viendo a Petrona peinarse con tanta verdad bajo esta mañana imposible, no queda más que pensar que, al fin y al cabo, el infierno y el paraíso son dos caras igual de fritas de la misma sopaipilla.

Les falta de todo, claro, pero luego de una primera nota que hiciéramos, han recibido de todo: amor, ropa, comida, calzado, materiales, apoyo profesional para la nutrición de los niños y para reparaciones hogareñas y hasta la donación de hasta $40.000 de un lector de MDZ para que la niña “D” (foto derecha)sea operada, a fin de que le enderecen un piecito torcido.

- ¿Mangueamos algo más, Petrona?

- Y… una puerta y una ventana, si se puede.

Se puede: resulta que la cocina tiene una abertura que da al patio y cuando, a la tardecita, empieza a pegar el frío, ponen una mesa que no alcanza a tapar todo el agujero. Además, en una de las dos piecitas, falta la ventana y pegan ahí una madera. Y van andando. Andando va “M”, la hija de Petrona que tiene trece añitos y un bebé de un año, producto de la violación de un padrastro. Hay días en que “M” va a la escuela y hay días que no: es callada, tremendamente tímida y tiene por su hijo un amor… un amor de madre. Lo que no tiene es un psicólogo a mano, ni ella ni su familia.

Andando va la vida del bebé de “M”, quien ya aprendió cómo es este asunto de la vida: cada puto día, te mata o te alimenta. Y él elige permanecer con vida, prendiéndose a una tetita tan breve como el suspiro de una rata junto a un colchón.

Andando van los otros dos niños de Petrona, desnutridos, sí, pero ahora controlados, atendidos por la gente de Conín. Mírenlos: sus miradas tienen, ciertamente, demasiadas ganas de mirar. Y eso es bueno.

El Fachinal o el barrio Santo Tomás de Aquino, como el lector prefiera, se mantiene en pie gracias no sólo a la basura, sino también al templado laburo puñados de mujeres con los cojones así de grandes. Las mujeres, las buenas mujeres, claro, a fin de cuentas, son las que sostienen el mundo.

Estamos ahora en el jardín del barrio: se llama Manaslú y las mujeres que allí trabajan son quienes han coordinado toda la ayuda que llegó para el barrio, luego de la nota que hiciéramos a principios de abril. No sólo la familia de Petrona, sino el barrio entero se ha visto beneficiado por aportes de lectores de MDZ. De hecho, cada quince días, se levantan mesones con ropa y calzados para que cada familia elija 15 prendas para la familia. Y hay de todo, incluyendo calzados, frazadas y abrigos abrigados. Y también falta de todo.

“Nosotros estamos muy agradecidos. Es mucha la gente que se ha acercado a traer cosas y también donar su tiempo. Ha sido importante para la gente del barrio darse cuenta de que hay otros que no los miran con malos ojos”, inicia Verónica Herrera, la directora del jardín. Y sigue: “Necesito pedir a toda la gente que colaboró que se conecte conmigo, porque perdí la agenda donde tenía todos los datos”, ruega. Los números de la docente son 156898390 y 156181967. Junto a ella, entre las muchas mujeres que laboran citemos a dos querubines del basural: Luciana Pescarmona y Cecilia Capizzi, docentes involucradas hasta el cuello con las problemáticas de la barriada.

Todo lo donado es valioso: nada de lo donado es basura. No obstante, hay en particular un aporte a destacar: el de Ricardo, un empresario santafecino que, luego de leer la nota, compró ropa nueva a toda la familia de Petrona, una computadora con impresora nuevas para el jardín y, además, se comprometió a poner alrededor de $40.000 para que “D”, la hijita de Petrona, que ya tiene seis años, sea operada en una clínica privada de su patita torcida, esa que arrastra desde que nació y que le es vendada con trapos, para que vaya a la escuela, cuando va (por ahí, quién sabe, después de una operación o dos, “D” se calce, por primera vez en su vida, una zapatilla en ese pie).

Estas cosas que han pasado hay que decirlas y por eso las decimos: porque no todos se quedan sentados en sus críticas, que bienvenidas sean, pero no son suficientes ni alimentan ni abrigan.

Digamos, por lo mismo, que el asunto es así: hay dos clases de personas en el mundo: los que intentan no sentirse perjudicados y los que intentan dejarlo más bello que como lo encontraron.

También en El Fachinal, a bordo de este doloroso otoño que nos perfora el pecho, el amor es –a pesar de todo– más grande que la mierda.