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“Yo fui testigo: dejaron morir la fiesta”
Aquí, el testimonio de un padre que asistió con su familia a la repetición de la Fiesta Nacional de la Vendimia. “Mi hija jamás llora, pero esta noche, cuando bajábamos a oscuras rodeando el cerro la Gloria, buscando el auto entre los árboles del parque y debajo del único paraguas que pudimos comprar en el Anfiteatro, lloraba porque no pudo ver la repetición, a las reinas, la fiesta de la Vendimia”, dice él.
La Delfina se durmió llorando esta noche. Su madre también, aunque a ella la pena se le pasará mañana cuando deba volver a pensar en las clases, en el almuerzo apurado, en que así es la Argentina.
Mi hija jamás llora, pero esta noche, cuando bajábamos a oscuras rodeando el cerro la Gloria, buscando el auto entre los árboles del parque y debajo del único paraguas que pudimos comprar en el Anfiteatro, lloraba porque no pudo ver la repetición, a las reinas, la fiesta de la Vendimia. Durante dos horas nosotros esperamos tocándonos los codos con miles de personas de todas partes a que empezara “la fiesta grande de Mendoza”, eso que tanto orgullo les produce a los mendocinos.
Y vimos como esos miles, con sus mates, sus niños, sus bebés, cantaban y bailaban con una música de circunstancia que más bien parecía de un cumpleaños de barrio que de una fiesta internacional –de las más importantes del mundo-. No importa, al menos eran un consuelo para hacerle el aguante al gran espectáculo. Pero la fiesta nunca empezó, a las 2 horas de mirar las luces sobre el escenario vacío y un cielo ciego, dejaron de jugar las pelotas de la publicidad, dejaron de empeñarse los tipos disfrazados de súper héroes, dejaron de pedir olas de brazos los jóvenes locutores y nos quedamos solos. Veinticinco mil, treinta mil personas nos quedamos solos mirando un escenario.
Con la esperanza de que alguien se estaba olvidando de nosotros, de que esto era un chiste malo, muchos silbaban, coreaban pidiendo que de una vez empezara la mayor fiesta de esta tierra de “vinos maravillosos”. Pero nos dejaron solos. Y después de tanto rato, claro, nadie quiso oír a los encapuchados que entraron corriendo y se fueron corriendo sin rapear; nadie quería entender porque por las bocas por donde deben salir corriendo bailarines y actores, se taparon de policías. Y que se venía la lluvia, definitivamente.
Entonces bajaron los tableros luminosos y apagaron el teatro como si la función ya hubiera sido. Como si la fiesta a la que nos invitaron para ser felices unas horas, un rato, hubiera terminado.
Por el camino entre los cerros, saliendo, vimos a los vendedores rematar pulseras, los melones brillantes, el humo de sus choripanes que nadie quería comer. Escuchamos o dijimos que nunca más volveríamos, tratábamos de esquivar las piedras del camino oscuro, la lluvia y los micros que se llenaban.
Sospechábamos (nadie lo dijo cuando esperábamos sentados, nadie nos dijo una sola palabra) que todo sería porque el gobierno no quiso o no supo resolver (a nadie le importa demasiado a esta hora); por algo que los funcionarios de Cultura no previeron. Decíamos que todos eran culpables, incluyendo a los que no salieron a mostrar sus bailes para contarnos una fantasía que es nuestra a fuerza de escucharla hace 75 años. Decíamos que es una vergüenza, frente a miles de turistas, gente mayor, sentada en los mejores espacios del teatro, un teatro vacío.
Tratábamos de que nuestra hija no llorara y que no la mojara demasiado la lluvia (la afectan mucho los cambios de temperatura). Le pedíamos que comprendiera que habrá muchas fiestas de la Vendimia en su vida y que tal vez un día hasta se cumpla su sueño de ser reina.
Seguramente, entonces, ya no va a haber más escuelas amenazadas en marzo, ni hospitales que no atiendan porque sus doctores no cobran, ni políticos ni funcionarios incapaces de proteger al menos unas pocas horas la felicidad que su gente les pide (a cambio de estar codo a codo con otros), escuchando las historias de quienes nos sembraron. Esos hombres que no fueron cobardes y por los que seguiremos esperando otro año.
Por el camino entre los cerros, saliendo, vimos a los vendedores rematar pulseras, los melones brillantes, el humo de sus choripanes que nadie quería comer. Escuchamos o dijimos que nunca más volveríamos, tratábamos de esquivar las piedras del camino oscuro, la lluvia y los micros que se llenaban.
Sospechábamos (nadie lo dijo cuando esperábamos sentados, nadie nos dijo una sola palabra) que todo sería porque el gobierno no quiso o no supo resolver (a nadie le importa demasiado a esta hora); por algo que los funcionarios de Cultura no previeron. Decíamos que todos eran culpables, incluyendo a los que no salieron a mostrar sus bailes para contarnos una fantasía que es nuestra a fuerza de escucharla hace 75 años. Decíamos que es una vergüenza, frente a miles de turistas, gente mayor, sentada en los mejores espacios del teatro, un teatro vacío.
Tratábamos de que nuestra hija no llorara y que no la mojara demasiado la lluvia (la afectan mucho los cambios de temperatura). Le pedíamos que comprendiera que habrá muchas fiestas de la Vendimia en su vida y que tal vez un día hasta se cumpla su sueño de ser reina.
Seguramente, entonces, ya no va a haber más escuelas amenazadas en marzo, ni hospitales que no atiendan porque sus doctores no cobran, ni políticos ni funcionarios incapaces de proteger al menos unas pocas horas la felicidad que su gente les pide (a cambio de estar codo a codo con otros), escuchando las historias de quienes nos sembraron. Esos hombres que no fueron cobardes y por los que seguiremos esperando otro año.
* Dionisio Salas Astorga es escritor, editor y docente.