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Para los que necesitan dioses porque no se aguantan el vacío

Rezar, hincarse en una iglesia no es más que realizar una práctica necesaria y suficiente para construir el sentido forzado de la creencia, fortalecer el contenido que llena el vacío, la incontrastable realidad de las significaciones flotantes que navegan en una nada inquieta.

Claro, y en general otra cultura que tiene una economía mayor que la nuestra, mayor cantidad de armas y un dominio que cualquiera puede observar, viendo por ejemplo, el caso de Irak. Las grandes potencias tienen un poder no sólo disuasor, no sólo de ídolos culturales, sino también llegado el caso, cuando algunos pueblos no se someten a esta proyección idolátrica, bueno, actúan otros elementos disuasores como tanques, camiones, armas”.
Mario Franco, sociólogo, 1991.



No está en el ánimo de esta columna infiltrarse en la profesión de los expertos, tampoco crear una profesión paralela, que supere el alcance de medición técnico de Federico Norte. Mucho menos trocar oficios con los adivinadores o brujas que predicen si el amor derribará tu puerta a patadas y te clavará una tijera en la espalda.

En todo caso, intento un producto híbrido entre la pasión de los alquimistas y los sofistas y cínicos de época. Pero no tengo datos, no poseo ningún parámetro para predecir alguna regularidad que me permita arriesgar una hipótesis científica o establecer una ley sostenida que otorgue sentido y significado, un paraguas para aferrarse.

Solo con advertencias de reconocer que “esto tampoco es cierto” (Mario Franco), extrapolando a Ernesto Laclau (tan en boga por estos años) y sus “significantes flotantes”, “antagonismos salvajes”, y “procesos articulatorios”, me animo sí, a ensayar algunas reflexiones más bien in-significantes, de significados vacíos, de sentidos inventados y reinventados, antiescenciales, antinaturales en el conspicuo sentido del adjetivo. 


¿El laicisimo fundamental o fundamentalista desplazado?


El supuesto laicisimo de la ideología liberal bajo el capitalismo tiende a desplazar desde los países centrales hacia el tercer mundo las creencias que en los países centrales del primer mundo no soportan sostener: los fundamentalismos. En realidad, el fundamentalismo está inscrito en EEUU y Europa, forma parte de sus tradiciones imperiales tanto en el conocimiento como en la maquinaria de dominación aniquiladora de poblaciones; especie de naturalización de filtro demográfico inevitable, y legítimo que se inscribe en el modo de producción más desigual del planeta.

Esto es, a medida que crece extendido y amplificado el imaginario liberal-democrático en el mundo, donde se permiten las penas de muerte y las torturas como en Guantánamo o los bombardeos a poblaciones civiles de países árabes hoy, ayer latinoamericanos y africanos, emergen dispositivos justificatorios para la eliminación del “otro”, del “extraño”; sujetos que solo sirven para identificar e individualizar, construidos  para ser blanco de una operación  militar. Los heridos y los prisioneros de toda operación de extirpación poblacional deberían estar satisfechos por no haber sido alcanzados por las esquirlas. Viven gratis. Todo es yapa en sus vidas, aún torturados y vejados. Muertos vivos que testimonian la obscenidad mediática del dominio flagelatorio de los cuerpos. O, por ejemplo, el perdón de la pederastia de sacerdotes o, su ocultamiento, justificarían esta sanción reflexiva: “todo podría ser peor”, al fin de cuentas.


La creencia de los que quieren creer aunque no crean


El mundo simbólico es una capacidad exclusiva de la especie humana, que construye sentidos, paradigmas de orientación de prácticas materiales que, a través de la ritualización, sostienen “la creencia de que se cree” (Slavoj Zizek). Rezar, hincarse en una iglesia no es más que realizar una práctica necesaria y suficiente para construir el sentido forzado de la creencia que circula como ideología en el aparato ideológico eclesial (Louis Althusser), fortalecer el contenido que llena el vacío, la incontrastable realidad de las significaciones flotantes que navegan en una nada inquieta, buscando imanes de articulación para encontrar un camino en la existencia. En síntesis, se necesita creer que se cree para soportar el vacío de las enfermedades terminales que encuentran un límite en el conocimiento imperial de la medicina incapaz de sincerarse y decir “lo siento, conozco muy poco del cuerpo” o mejor, como no conozco del cuerpo, creemos en la medicina como autoridad simbólica que trabaja para la creencia de quienes necesitan creer como a un dios esterilizante, higiénico, sanitario.


Cierre abierto para la vida de los creyentes


No existe sentido único. Tampoco valores inmanentes a una sociedad y cultura. Estamos explotados hacia el abismo de la creencia que sostiene una vida, una comunidad, un “nosotros”. Está penado el aborto, está penado el suicido, está penado el consumo de drogas. Somos individuos homogeneizados a partir del Estado que no nos hace dueños de nuestros cuerpos, es lo que se denomina “proceso de individuación” (Nicos Poulantzas).