El marxista degenerado que “vivió en broma y murió en serio”
Estamos aquí, en el “desierto de lo real”, más desierto que nunca, tanto, que el vacío se siente provocador e irónico, un desierto absurdo, lacónico y vaporoso, que desvanece las modas académicas y teóricas apenas volvés del baño.
¿Cómo, ya pensaron de otra forma?
¿Qué pasó, si hasta hace unos meses largos la posmodernidad inmunda era religión de estado académico, el pensamiento sistemático era anacrónico, la historia nacional que hoy muchos dicen reivindicar no eran más que novelas sobre la hija de San Martín, los amores de Belgrano o la misteriosa vida de doña Encarnación Ezcurra?
¿Qué ocurrió con aquellas ideas que propugnaban supuestos intelectuales críticos en los 90, cuando era fácil criticar al menemismo, abriendo las alas como pavos reales, y hoy se embarcan desde una progresía nauseabunda pero efectiva, en activos “gerentes” motorizadores de los negocios de las titulaciones académicas de posgrado que alguna vez combatieron?
¿Acaso se trataba de una gestualidad de época, decirse de izquierda, autoproclamarse marxista, recitar las correctas máximas del cancionero de “los malditos”, para hoy entregarse a la más absoluta de las complacencias con el sistema académico financiero burgués y andar balbuceando en cursos banalidades, obviedades de turno que pagan en dólares y dan “prestigio académico”?
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Al carajo pues con todo. Si hay algo que nunca hizo nuestro recordado Mario Franco fue aquello: ser monseñor que gerencia conocimientos prácticos para cambiar el auto a fin de año y garantizarse las vacaciones en algún mar, leyendo El Mercurio o recetas de cocina con pescados y mariscos.
El Mario “vivió en broma y murió en serio” (tal como él repetía cuando hablaba sobre sus epitafios preferidos). Hizo de la docencia, conocimiento y pluma una obra no escrita, heterodoxa y dispersa (porque no está reunida en ningún volumen) pero contundente y coherente, sin agachadas de época ni camaleónicos movimientos acomodaticios. Tuvo su posición teórica y política que supo con maestría e imaginación aplicar en el análisis de la cultura, la ideología y la política como ninguno en esta provincia.
Desde la ironía, el humor y el absurdo, desplegó su rigor teórico en todas las clases de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo. Un “pero-marxista”, degenerado, que acicateaba como un estilete contra las formas, una especie de Antonin Artaud de las ciencias sociales. Un bohemio culto, un orador genial e inconfundible.
Un formador y jamás un acumulador ni especulador con sus conocimientos y amistad. Vivió bromeando pero murió en serio. Todavía hacen eco sus palabras malditas.
Nunca se creyó “un intelectual”, porque esa palabra lo irritaba, le parecía un artificio elitista que designaba a tipos arribistas y ególatras, sin compromisos colectivos. Le caía mejor el mote de “profe” o el de simplemente “Mario”, tal como lo llamaban sus colegas y alumnos. Un tipo sencillo en su forma de vida y exquisito en el uso de su inteligencia, puesta a funcionar para pensar, reflexionar y argumentar de manera generosa con docentes y estudiantes por igual.
Varias horas se pasaba cada tarde enseñando y discutiendo en su oficina del segundo piso de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, con alumnos, docentes, ordenanzas y compañeros de trabajo. Fue un agradecido de la universidad pública y gratuita, a la que le devolvió con creces lo que ella le había permitido. “Peor es laburar”, repetía irónicamente cada vez que surgía algún problema burocrático, propio de lo académico.
Además de docente titular de las cátedras de Sociología Sistemática y Sociología de la Comunicación, llegó a ejercer cargos de representación en la gestión de su facultad: secretario de Graduados (1986-1988), secretario de Asuntos Académicos (1988-1989), miembro del Consejo Directivo (1997-1999), y finalmente director de la Carrera de Sociología entre 1993 y 2001.
En su juventud, el Mario, con 28 años ya dejaba sin palabras a distintos auditorios de los años 70. Como docente de la cátedra Sociología de la Dependencia, en la Escuela de Antropología Escolar, entre 1973-1975, luego cerrada para siempre por la dictadura, cautivó con sus clases sobre Marxismo e Historia Nacional a alumnos y militantes políticos: expresaba críticamente las ideas de Abelardo Ramos y la Izquierda Nacional en sus análisis sobre la historia argentina.
Como crítico cultural, se desempeñó como colaborador entre 1972-1975 en la mítica revista quincenal Claves, junto a grandes intelectuales y escritores de la época: David Eisenlachs, Fabián Calle, Fernando Lorenzo y Cristóbal Arnold. Allí desplegaba su crítica teórico-política más fina y sistemática sobre el arte, el teatro y el cine. Nos legó valiosos artículos de la desaparecida revista que todavía se utilizan de bibliografía obligatoria en distintas materias de la universidad. Destacamos “El tango, una rebelión hecha nostalgia”, “La revolución de Bertolt Bretch” y “Teatro y Realidad”.
Fue expulsado por la dictadura en el 76 de su función docente y se quedó, como muchos, sin trabajo. Sin embargo, no se fue al extranjero sino que se exilió adentro y se “reinventó” como vendedor de perfumes en el interior de la provincia.
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El último bohemio vivió acompañado de su soledad, la que le permitió demorarse horas en sus lecturas o devorar películas en el cine: leyó a Hegel, Marx, Spinoza y escudriñó luego la teoría de Althusser, así como lo atraparon las películas de Soffici, Torre Nilson, Favio, entre otros del cine nacional. Esta pasión lo llevó, años después, a gestionar el Cine Selectro entre 1992-1995, junto a su entrañable amigo Yoyo Giúdice, constituyendo una programación de avanzada de cine de autor, oferta inusual para la época en Mendoza.
Por su locuacidad y su capacidad de síntesis, fue convocado a hacer radio: participó en el programa Club de opinión, en LV10 Radio de Cuyo, en 1985, y en Tardes mendocinas, durante 1994. Fue miembro estable de Mesa de discusión y Sumario semanal, en radio Nihuil, entre 1991 y 1993, donde se desempeñó como analista político.
En televisión, fue conductor del programa Homenaje al cine nacional, formando dúo con el periodista Manolo Giménez, en Canal 7, durante 1989.
El Mario hablaba y su presencia enseñaba y unía. En esos jueves de asado con amigos, en noches heladas o en suaves brisas de verano, se filtraban los cantos y músicas de sus preferidos: Edmundo Rivero, Nelly Omar, Horacio Molina, Adriana Varela, mechados con Charly, Pappo, Compay Segundo y Bola de Nieve. Nos explicaba, por ejemplo, cómo podíamos analizar críticamente a Neruda y Cortázar, a Borges y a Roberto Artl, comparándolos con las letras de tango de Celedonio Flores o Discépolo y Homero Manzi, estableciendo las diferencias entre “formas y contenidos” en el arte y la cultura popular. O cómo el yrigoyenismo y el peronismo fueron los dos grandes procesos nacionales y populares que constituyeron el eje del movimiento nacional y popular argentino del siglo XX, pero con una advertencia epistemológica precisa: un buen manejo de la teoría tornaba fundamental a la ciencia social tanto para el análisis de la política como para el desarrollo del conocimiento. “No hay nada más práctico que una buena teoría”, decía.
Sin embargo, el Mario nunca se vanaglorió de sus saberes y experiencias, y no necesitó un doctorado para ser un “maestro”. Por el contrario, consideraba que la universidad se estaba constituyendo paulatinamente en una fábrica de titulaciones, que alejaba a los intelectuales de la práctica teórica y la lectura sistemática de un autor o una corriente, para desplazarse por modas académicas y congraciarse con el poder universitario de turno.
A pesar de ello, fue gestor de la primera maestría de FLACSO que se realizó en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo desde 1998. Consideró que, ante las condiciones actuales, los que empezábamos a recorrer el campo académico debíamos resistir en la universidad pública haciendo un posgrado, pero sin perder la línea de análisis de la realidad histórica y social, y sin creerse omnipotentes luego por acreditar un “cartón” más en nuestros antecedentes.
“Hacer currículum para vivir y no vivir para hacer currículum”, nos decía sabiamente el maestro y amigo.



