Tampoco nadie podrá llorar dos veces bajo la misma lluvia
Cuando riego, pienso. Me voy con el chorro interminable de agua no repetible (una criollada heraclitiana si se me permite); entonces decía, cuando riego pienso en ideas e imágenes y me voy con las imágenes, y armo unos fotomontajes extraños, y en eso, monto en la esquina de mi casa un proyector para compartirlas (algo parecido a lo que hace Harvey Keitel en “Cigarros” recreando el libro de Paul Auster) y sigo escupiendo agua de mi manguera naranja, de “piel naranja” -¿Se acuerdan, con Arnaldo André?, -viejísima- ok.
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Riego y pienso, en el capital que construimos en el tiempo (una ganga) hecho de derrotas pesadas que nos dejan algo para recordar mientras regamos, los que regamos y pensamos. Como si rememorara la “Oración fúnebre” de Pericles, me mando unos buenos tragos de manguera, con el sol afilando sus hojas sobre mi espalda mojada, por el sudor.
En aros de agua, circularmente me uno, me unto a las imágenes adversas, paganas -cómo decirlo-, que hacen eco en los ojos, que marean y danzan, alcoholizadas, amazónicas, umbandas, sacrificiales.
Es que regar es como escribir, dibujar, juguetear con un lápiz de agua y pintar paredes, dibujar corazones, hacerles la flecha que los atraviesa, colorearle unas gotas de sangre, ponerles encima dos nombres, y mirar, lentamente, como el sol evapora la tarde.
* El título de la columna pertenece a Carla Badillo Coronado (poeta ecuatoriana)



