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Tampoco nadie podrá llorar dos veces bajo la misma lluvia

Es que no puedo parar de regar para seguir pensando, a costa de ahogar malvones, hiedras, geranios y una lavanda que lanza perfume con las primeras gotas. Es, al fin y al cabo, "mi" riego. Mi pasaporte para pensar, mi estilo, mi clase, mi manera de posicionarme ante el mundo, desde aquí, desde el patio de mi casa.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Cuando riego, pienso. Me voy con el chorro interminable de agua no repetible (una criollada heraclitiana si se me permite); entonces decía, cuando riego pienso en ideas e imágenes y me voy con las imágenes, y armo unos fotomontajes extraños, y en eso, monto en la esquina de mi casa un proyector para compartirlas (algo parecido a lo que hace Harvey Keitel en “Cigarros” recreando el libro de Paul Auster) y sigo escupiendo agua de mi manguera naranja, de “piel naranja” -¿Se acuerdan, con Arnaldo André?, -viejísima- ok.

Riego y pienso, en el capital que construimos en el tiempo (una ganga) hecho de derrotas pesadas que nos dejan algo para recordar mientras regamos, los que regamos y pensamos. Como si rememorara la “Oración fúnebre” de Pericles, me mando unos buenos tragos de manguera, con el sol afilando sus hojas sobre mi espalda mojada, por el sudor.

Es que no puedo parar de regar para seguir pensando, a costa de ahogar malvones, hiedras, geranios y una lavanda que lanza perfume con las primeras gotas. Es, al fin y al cabo, “mi” riego. Mi forma de pensar, mi pasaporte, mi estilo, mi clase, mi manera de posicionarme ante el mundo, desde aquí, desde el patio de mi casa. Es casi el “contrato social” anti-roussoniano que tengo con la sociedad, desde mi riego, desde mi agua primero tibia y luego fresca, a la que olvido en minutos, cuando paso a las fotos.

En aros de agua, circularmente me uno, me unto a las imágenes adversas, paganas -cómo decirlo-, que hacen eco en los ojos, que marean y danzan, alcoholizadas, amazónicas, umbandas, sacrificiales.

Es que regar es como escribir, dibujar, juguetear con un lápiz de agua y pintar paredes, dibujar corazones, hacerles la flecha que los atraviesa, colorearle unas gotas de sangre, ponerles encima dos nombres, y mirar, lentamente, como el sol evapora la tarde.


* El título de la columna pertenece a Carla Badillo Coronado (poeta ecuatoriana)