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519 años después
Cierto, nos equivocamos. Debimos escapar. Debimos hacernos pájaros y volar hacia otros cielos donde tal vez su dios o codicia no pudiera alcanzarnos. Debimos volvernos tierra para no desaparecer como la vida, debimos hacernos agua para que el mar nos meciera en las aguas, para ser después la lluvia o nubes gordas como niños sanos.
Nosotros ahora no existimos, pero Colón, ése tampoco.
Nosotros no tenemos casa, país, sepultura. Él, el Señor Almirante de la Mar Océana, tampoco.
A nosotros nos borraron, como se sacude una mesa o se limpia la cubierta de un barco, pero a él, el Visionario, también lo borraron. Lo escribieron con tinta y pluma y con el codo, la historia lo borró o perdió como a un papel con mancha.
Nosotros, los indios, ahora nos llamamos indígenas americanos. Al menos tenemos un nombre después de 500 años de nada. Él, Cristóforo Colombo, el judío converso, el italiano que no se sabe dónde nació ya no es Cristóforo Colombo, es una paloma que caga sobre el mapa del mundo y que derriban de un escopetazo los intereses de la historia, los mercaderes de la crónica, los poetas afeminados de las colonias.
Colón no existe. Nosotros tampoco. Pero estamos aquí. Mirando todavía las estrellas que hace 500 años nos traicionaron trayendo la peste blanca, la peste de un mundo con olor a sudor y a caballos flacos.
Es cierto: nosotros los indígenas ahora no somos nada (salvo en los congresos) salvo cuando se cumple el cumpleaños de la hazaña de habernos encontrado donde nosotros siempre estuvimos, detrás del mantel de hojas verdes del mar.
En las escuelas de aquí, los niños celebran, ahora, con carabelas de cartón y allá, en España, disparan fuegos de artificio al cielo.
Pero el 12 de octubre de 1492 nos mataron.
El 12 de octubre de 1492 nos negaron.
El 12 de octubre de 1492 nos vendieron como esclavos.
El 12 de octubre de 1492 nos violaron.
El 12 de octubre de 1492, en nombre de un Dios que nos hizo bastardos de su fe, ellos nos despertaron de nuestro sueño de ser felices o no ser nada (pero ser algo).
Nuestros dioses que siempre fueron claros lo habían anunciado, dijeron a los hombres sabios: “cuidado, un día, sobre el lomo del mar, flotando sobre la piel del mar, en tres animales que el mar no podrá sacudirse ni ahogar en las aguas, vendrán hombres con hambre y sed de sangre. Serán tantos como las hojas de un bosque en primavera, pero no cantarán como los pájaros. Ellos los cazarán a ustedes como a los pájaros”.
Cierto, nos equivocamos. Debimos escapar. Debimos hacernos pájaros y volar hacia otros cielos donde tal vez su dios o codicia no pudiera alcanzarnos. Debimos volvernos tierra para no desaparecer como la vida, debimos hacernos agua para que el mar nos meciera en las aguas, para ser después la lluvia o nubes gordas como niños sanos.
Tal vez nos equivocamos al pensar que otros hombres, detrás de esos hombres que venían con Colón, nos rescatarían de la furia y la lengua filosa de su espada.
Tal vez no entendimos entonces que el amor, esa palabra que nos ha cosido la boca, el amor, esa palabra que nos ha vendado los ojos, el amor, esa palabra que nos ha borrado de la historia, el amor es sólo un sueño del mundo condenado a la vigilia, a vivir sin amor.
Es cierto: nosotros los indígenas ahora no somos nada (salvo en los congresos) salvo cuando se cumple el cumpleaños de la hazaña de habernos encontrado donde nosotros siempre estuvimos, detrás del mantel de hojas verdes del mar.
En las escuelas de aquí, los niños celebran, ahora, con carabelas de cartón y allá, en España, disparan fuegos de artificio al cielo.
Pero el 12 de octubre de 1492 nos mataron.
El 12 de octubre de 1492 nos negaron.
El 12 de octubre de 1492 nos vendieron como esclavos.
El 12 de octubre de 1492 nos violaron.
El 12 de octubre de 1492, en nombre de un Dios que nos hizo bastardos de su fe, ellos nos despertaron de nuestro sueño de ser felices o no ser nada (pero ser algo).
Nuestros dioses que siempre fueron claros lo habían anunciado, dijeron a los hombres sabios: “cuidado, un día, sobre el lomo del mar, flotando sobre la piel del mar, en tres animales que el mar no podrá sacudirse ni ahogar en las aguas, vendrán hombres con hambre y sed de sangre. Serán tantos como las hojas de un bosque en primavera, pero no cantarán como los pájaros. Ellos los cazarán a ustedes como a los pájaros”.
Cierto, nos equivocamos. Debimos escapar. Debimos hacernos pájaros y volar hacia otros cielos donde tal vez su dios o codicia no pudiera alcanzarnos. Debimos volvernos tierra para no desaparecer como la vida, debimos hacernos agua para que el mar nos meciera en las aguas, para ser después la lluvia o nubes gordas como niños sanos.
Tal vez nos equivocamos al pensar que otros hombres, detrás de esos hombres que venían con Colón, nos rescatarían de la furia y la lengua filosa de su espada.
Tal vez no entendimos entonces que el amor, esa palabra que nos ha cosido la boca, el amor, esa palabra que nos ha vendado los ojos, el amor, esa palabra que nos ha borrado de la historia, el amor es sólo un sueño del mundo condenado a la vigilia, a vivir sin amor.