Perlitas, backstage y mini escandalete en Turismo
Para comenzar a trabajar esta nota, esta periodista se dirigió a la Secretaría de Turismo de la provincia. Al ingresar al edificio ubicado en calle San Martín, un hombre sin identificación que estaba en el medio del salón nos preguntó gentilmente ¿qué necesitábamos?, “el libro de quejas por favor” contesté. Desconocemos el nombre de esta persona por eso le llamaremos “el gentil ayudante”, me señaló el mostrador de la mesa de informes ubicado a la derecha, en donde había otras personas solicitando afiches y una oficial de seguridad. “El gentil ayudante” le transmitió a la oficial mi requerimiento, y la oficial gentilmente, me dio el libro junto a una lapicera, y me indicó dónde escribir. Agradecí la gestión.
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El diabólico Libro de Quejas de la Secretaría de Turismo.
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La gentil oficial y el gentil ayudante comenzaron a mirarme en forma extraña. Seguía con mi trabajo, cuando de repente la gentil oficial me pregunta porqué estoy escribiendo las quejas, inmediatamente le explico que soy periodista de MDZ y que necesitaba ver las quejas que los turistas habían realizado.
La gentil oficial, que ya comenzó a dejar de ser gentil, me dijo que no podía hacerlo porque tenía que hablar primero con las autoridades de turismo para ver si me autorizaban a mirar las quejas. Le digo que es un libro público y que primero lo voy a mirar y después hablaré con los funcionarios.
El gentil ayudante, que ya tampoco era tan gentil, me dijo que no podía porque el libro no era público. “Cómo que no es público”, le contesté, "la gente tiene libertad de pedirlo". “Los turistas sí, pero los periodistas tienen que hablar con prensa de turismo y ellos nos tienen que autorizar”, contestó el ya no gentil ayudante. “Está bien, dije, llamen a las autoridades yo los espero acá”, “pero no puede ver el libro de quejas”, insistió la ya no gentil oficial.
Acto seguido el no gentil ayudante tomó el libro con sus manos evitando que pudiera dar vuelta las páginas para seguir leyendo.
“Me puede dejar dar vuelta la página”, dije, “no podés leerlo”, me contestó con un grado de agresividad y sin soltar el libro. “Lo va a romper”, dije, “la que lo va a romper sos vos”, contestó el agresivo hombre, quien tironeando el libro me lo arrebató de las manos y se lo guardó debajo de su axila.
“Debo tomar fotos de esta situación”, le dije a ambos ex gentiles, “yo no te autorizo a sacarme una foto, lanzó amenazante la ya no gentil oficial, si me sacás una foto te demando”. “Está bien, este es un edificio público”, dije.
No contenta con su amenaza, la ya no gentil oficial salió presurosa a buscar al policía de turismo que está en el lugar las 24 horas, quien se acercó hasta el mostrador y escuchó los reclamos de los no gentiles, pero nada me preguntó a mi.
En varias oportunidades, la ya no gentil oficial intentó tomarme una fotografía con un Blackberry, así es que yo decidí finalmente también tomarle una foto a ella y su no gentil ayudante.
Me quedé esperando a las autoridades y al cabo de unos largos minutos, apareció Mercedes, quien se identificó como la secretaria del Secretario de turismo Luis Böhm.
La chica escuchó la explicación de la oficial de seguridad y del no gentil ayudante y luego la mía. Entonces dijo con firmeza, “ese no es el libro de quejas”, dijo Mercedes, “Cómo que no, dije, yo pedí el libro de quejas y me pasaron ese libro, y ahí los turistas han escrito sus quejas y sugerencias”, “no, hay otro libro de quejas, el libro de quejas es donde se ingresan los mobiliarios que ingresan o egresan del edificio”, agregó segura la secretaria.
“No me parece que ese sea el libro de quejas”, agregué. “Sí, dijo convencida Mercedes, el libro de quejas está acá vení”, y me guió confiada a la recientemente oficina de información que está ubicada en uno de los costados del ingreso.
Allí fuimos todos, la oficial no gentil, el ayudante no gentil aún con el libro de quejas bajo el brazo, Mercedes, la secretaria de Böhm, otra persona más que se agregó y que desconozco si era funcionaria del lugar preocupada por resolver el tema o por simple curiosidad y yo.
Nos paramos frente a una de las chicas que atiende detrás de la computadora y Mercedes convencida le pidió el libro de quejas. “No tenemos”, dijo la chica, “¿cómo que no tenemos?”, refutó Mercedes ya con cierta molestia, “No, nunca tuvimos”, agregó con seguridad y franqueza la chica.
En ese momento hubo un cruce de explicaciones entre la autoridad y las empleadas que terminaron con la orden contundente de Mercedes, “por favor de inmediato implementen el libro de quejas, y este libro (en referencia al libro del forcejeo que no me permitían leer) no puede estar en la guardia, tiene que estar acá”.
Mercedes me dio el libro y me dijo que podía leerlo con tranquilidad, la oficial no tan gentil volvió a ser gentil de pronto y me llevó a una oficina para que tomara asiento y lo leyera con tranquilidad todo el tiempo que quisiera.
Durante el camino hacia la oficina, la nuevamente gentil oficial, se disculpó de todas las maneras posibles, y yo también me disculpé (no sé muy bien por qué, pero en fin, para devolver gentilezas quizás).
Al cabo de un rato, mientras leía el cuestionado libro de quejas, apareció Belén Gaua, Directora de Promoción Turística, única funcionaria que finalmente me atendió con amabilidad y contestó todas mis preguntas. Fuimos hasta su oficina y charlamos sobre la nota principal de este informe.
Cuando vuelvo al diario me entero que Pachy Reynoso, editor de fotografía de MDZ, había estado en la misma mesa de informes de la Secretaría de Turismo, preguntando por mi, y la nuevamente ya no gentil oficial, había negado mi existencia en el lugar, incluso cualquier incidente o problema.