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Maldita hora 19

A esa hora los circos pobres se desarman por los vientos huracanados y vuelan sus animales por los aires, cruzándose con briosos jinetes en las nubes que van al corral de la desesperanza, que precisamente se ubica en una faja celeste donde van a parar todas las angustias paisanas.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Esa es la hora. Exactamente las siete de la tarde de cualquier día de otoño-invierno. La precisa hora/sensación donde se te puede caer un edificio de veinte pisos a tus espaldas o un elefante que, de viejo, justo capitula sobre tu cuerpo. Es que no hay otra, porque a las siete de la tarde mueren todos los elefantes del mundo sobre tus espaldas. ¿Quién habrá inventado la hora 19, los Onas o los Vikingos? ¿Será acaso una maldición noruega o patagónica? Habría que hurguetear los odios de Odín en la mitología escandinava o las maldades de Cenuke en las deidades de los ancestros de la Tierra del Fuego. Tal vez ellos nos hayan dejado ese intersticio, ese celaje de las siete de la tarde como castigo.

A esa hora los circos de las poblaciones se desmontan por los vientos huracanados y vuelan sus animales toscos por los aires, cruzándose con briosos jinetes en las nubes que van al corral de la desesperanza, que precisamente se ubica en una faja celeste donde van a parar todas las angustias paisanas. Es, la hora 19, la hora de las horas, la proterva hora 19.  Cuando se te afloja el pecho a segundos de la asfixia, se encorva acentuadamente tu espalda, y tu cabeza hace fuerza por caer en seco sobre el moblaje dispuesto para sorber sangre espumosa.

Hora del suicidio de los pájaros más bellos del monte y de las mariposas que subsisten solo un día, pero es en ese instante cuando mueren, implacablemente. Es como un mazazo en la nuca mientras te rascas, distraído, la panza; o un martillazo al televisor que vuela en mil pedazos cuando te predisponías a ver un programa, suspendiendo tu calma. Justo a la hora 19, los niños que nacen morirán jóvenes, dormitando una siesta eterna, abrazados a sus juguetes rotos.
A las siete de la tarde se camina lánguido, con ganas de derrumbarse sobre el piso y reptar, aullar y nunca jamás pedir asistencia. La hora 19 es dejarse, abandonarse, liquidarse, tirarse a muerto en medio de la calle principal de la ciudad o pueblo donde vives. Quedarse congelado frente al espejo con la afeitadora enterrada en una mejilla, mientras gotea y gotea la cara, como un fetiche desatendido.

Se te acaban las certezas a las siete de la tarde, las creencias, y dudás hasta de tu propio mote. Y podes estar con cinco amigos tomando un café, o en medio de un Congreso de oftalmología, o simplemente viajando en Trole de punta a punta por la ciudad, que todo, pero todo dará igual. Es la hora donde certificarás que la felicidad ha perdido el sentido, que no existe ni existirá jamás, porque a las siete de la tarde no hay nada de nada que ausculte el espesor de la jornada; nada tampoco podrás escuchar, no hay música que supere el atronador silencio espectral. Es un instante que apabulla y rebalsa de desazón el aire que respiras. Efluvios de la hora 19.