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Los caminos falsos

Es la ausencia la que nos anticipa y escolta. Se luce, se pavonea, y brilla por momentos. Como ciegos quedamos cuando resplandece la ausencia. Y el hechizo provocado por ella, despunta el recuerdo de los colores que nunca vimos, como chispas en un cielo azabache. Imaginamos luego lo que nunca viviremos, una especie de anti-deja-vú que nos macera en el letargo pacífico, como caricias de algodón mojado con agua tibia en los párpados.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

La ausencia es una condición de nuestra existencia: la falta, el vacío, la nada. Son esas entidades que no tienen explicación, y que por ello, complementamos con remiendos y tapones. La vida sería entonces esa trayectoria de tapones y parches que, ante la ausencia de sentido manifiesto, inventa, construye, a veces desesperadamente, un camino falso. Echar un vistazo hacia atrás implicaría identificar “los caminos falsos” por los que nos hemos conducido para llegar al presente con la maquina averiada.

Filosóficamente consistiría re-conocer (porque lo hemos acreditado) la ausencia de sentido de la historia. Esto es: “tomar un tren en cualquier estación, subirse al azar en cualquier vagón y bajarse en cualquier parte”, y seguir caminando, digamos por caso, en plena calle en la ciudad de Utrecht y comprar un periódico local; y tomarnos una buena cerveza helada sentados en un banco de plaza, contemplando cómo se ahogan las palomas con tanta dádiva infantil. Espectáculos de la infancia mórbida, “ver palomas ahogadas con el maíz que les tiran”.

Y seguir, ¿Dónde rumbear? Pues a otro sitio que atore el vacío. Por caso, recalar en la Terminal de ómnibus y comprar relojes paraguayos con las horas cambiadas y regirse con el huso horario de Corea del Norte. Pernoctar bajo los puentes sórdidos de la zona con los cirujas para robarles sus mantas y esas cosas que toman para hundirse. Ausencias. Robarse ausencias. Robarse vacíos. Ser, por momentos, asesinos seriales de gatos callejeros y colgarlos de los cables como hacen los chorros con las zapatillas. Y por fin parar un taxi y decirle al chofer sin asco: “Donde usted se le den las mismísimas pelotas señor, pero a la vuelta déjeme aquí mismo, en plena calle de Utrecht, donde se ahogan las palomas”.

¿De eso acaso no trata el sentido, ideado? ¿Acaso no somos culpables de nuestros adelantos? ¿No habremos ya hecho demasiado como para encima exigir felicidad? ¿De cuantos ciegues se componen nuestros vacíos? ¿Los hemos contado? Vaya tarea. El problema tal vez está en lo siguiente: ya no hay donde perderse, o mejor, quedan muy pocos sitios donde perderse. Todo ha sido colonizado de sentido, como un humus que obnubila nuestra trayectoria.

Todo es un rosario de tapones de sentidos para conducirnos hacia algo, que no es otra cosa que ir hacia la nada misma. ¡Si hubiera un gran bosque inexplorado por favor! Ni la amazonia está a salvo. Por eso estoy ahora en Utrecht, tomando una cerveza helada, contemplando cómo se ahogan las palomas en la plaza de los niños asesinos. Y de acuerdo al reloj paraguayo que compré en la Terminal de ómnibus, la hora coreana me dice que en unos minutos pasará el tachero a rescatarme y dejarme bajo el puente con los cirujas.