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El país de los violadores

Como en ningún otro lado, tipos condenados por abuso sexual a menores se pasean por los medios de comunicación con una impunidad que asusta. Y lo peor de todo es que mucha gente los acepta.

En Argentina se dan fenómenos extraños. Uno de ellos, es rendir pleitesías a los abusadores de menores. No importa el delito que cometieron. No importa que hayan arruinado la vida niños y adolescentes. Si el violador en cuestión no es un lumpen, entonces encontrará canales para lavar su imagen o para evadir las resoluciones judiciales.

Hay dos casos puntuales: Héctor Rodolfo “Bambino” Veira y el cura Julio Grassi. Personajes nefastos si los hay. Fueron encontrados culpables de haber abusado sexualmente de chicos y aún así se regodean por los medios de comunicación. Se ríen, hacen chistes, cuentan sus andanzas y hasta se animan a pedir dinero para seguir adelante con sus “obras solidarias”.

¿En qué consiste esa solidaridad? En el caso de Grassi, el tema es simple: le da techo y comida a un montón de niños marginados a cambio de favores sexuales. Lo increíble es que para una gran parte de la sociedad argentina, este segundo punto es un hecho menor, casi intrascendente.

Es como si se creyera que el destino de esos niños es ser abusados. Entonces, si es así, más vale que sea un sacerdote comprometido con la palabra de D´os. Grassi, mal que le pese a muchos, es un delincuente, un violador, un crápula, que a pesar de ser condenado jugó con el sistema judicial para evitar la cárcel común.

Con el Bambino pasa algo similar. Se hacen humoradas con sus frases. “Ese nene es una man-te-ca”, se repite una y otra vez para parafrasearlo en programas de pasatiempos y de chimentos deportivos.

Lo triste es que nadie sabe a ciencia cierta si alguna vez Veira pronunció esas palabras. Pero las pensó. Y luego ejecutó. Abusó de un joven que, años más tarde, volvió a ser famoso en los programas dedicados a la farándula. Mostraron lo miserable en que se había convertido su vida, prostituyéndose por algunos pesos, independientemente de su identidad sexual.

Todo se ve a través de los medios masivos. En la pantalla todo vale. Allí todo se transforma. Y hasta los más hijos de putas son mostrados como personajes queribles.