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La vuelta del Carnaval: tenían que ser los malditos peronistas

"Un festejo de vagos. Por eso, cuando en este país se vino a poner orden, después del 16 de setiembre del 55, los carnavales fueron eliminados del calendario. En mi familia eran todos vagos, por eso es que me llevaban contentos al corso del 25 en la plaza, para confundirnos entre otros miles de vagos, disfrazados, dando vuelta el orden social por unas horas, tomando el territorio, gobernando las calles".
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

A los gauchos que vivían de la “autosubsistencia”, en la inmensidad de la llanura, se los obligó a “trabajar” de peones rurales esclavizados o reclutados para la campaña del desierto que comandó Roca, luego del fracaso de la zanja de Alsina para eliminar a indios del sur. Se reclutaron a los “vagos gauchos” para matar a los “vagos indios” del sur de Buenos Aires. Siempre, al frente de la tropa, como ocurre en todas la guerras, fueron en primera línea los negros, luego los gauchos y al fondo los militares.  Ya desde principios del siglo 19 el tema de los improductivos nativos tenía a maltraer a nuestros gobernantes. Tal es el caso del decreto promulgado con las firmas de Rodríguez y Rivadavia el 18 de abril de 1822, sobre “vagos y mal entretenidos”,  el cual iba a constituirse  en un eficaz instru¬mento para arrojar a las filas del ejército a los infelices pequeños propietarios, a quienes se les codi¬ciaban sus tierras, porque molestaban cuando éstas se encontraban en medio de las grandes propie¬dades.

Este decreto, determinó, textualmente lo siguiente: “El Jefe de Policía y todos sus dependientes, tanto en la ciudad como en la campaña, quedan especialmente encarga¬dos de apoderarse de los vagos, cualquiera sea la clase a que per¬tenezcan”; que “los vagos aprehendidos serán destinados in¬mediatamente al servicio militar, por un término doble al prefijado en los enganchamientos volunta¬rios”, o sea diez años; y que aprehendido un vago, será presen¬tado en la inspección General (de Armas),  para que ésta lo destine al cuerpo del ejército que estime conveniente”. Luego, este decreto se actualizará hacia marzo de 1890, ya  en plena generación del 80, bajo la unificación del Estado Nacional.

No solo el gobierno los marginaba, también la sociedad tenía un papel importante. El gaucho era señalado como el representante de la barbarie; ser inferior, ignorante y vago mal entretenido al que había que desaparecer; personaje cómico para que la gente se divirtiera con sus pobres ocurrencias y su asombro de lo que es la ciudad civilizada; y también como sinónimo de atraso. Y de allí es que tomamos aquella dañosa palabra que vulgarmente utiliza la sociedad para acusar de “vago” aquel que no trabaja o trabaja poco. Hasta se la utiliza para justificar la pobreza, porque como todos sabemos, “en Argentina el que no trabaja es porque no quiere”. Y “el que no triunfa es porque no se lo propone”. La “noción de éxito” se enfrenta a la “noción de vago”, más allá que, por el pudor burgués, muchos desmientan que persiguen el éxito, sino por el contrario, el amor al trabajo.

El vago rural fue el gaucho obligado a ser parte de la peonada que trabajaba con el ganado y la tierra toda vez que esta fuera alambrada y reconociera límites y propietarios. Pero aquel vago, reitero, termino impuesto por la ideología dominante a un tipo de sujeto en una estructura social particular del siglo 19, eran tipos libres en la libertad de las pampas, tierras que no tenían claramente definidos sus dueños, como los indios nativos, quienes usaban la tierra como “patrimonio común”, sin título de propiedad, usufructuando el producto de la siembra. La tierra y el agua eran recursos naturales de propiedad comunitaria. Pero eso ya es historia.

La figura del vago se va a trasladar al mundo urbano a inicios del siglo 20 con  la inmigración y el fenómeno de la desocupación. Éramos una potencia agro exportadora por la década del 20, por lo tanto, dado el rol de nuestra economía en el concierto internacional, no producíamos manufacturas, sino más bien las importábamos de Europa. Entonces aquellos tanos y españoles, entre otros, pero principalmente ellos, quienes vinieron con la esperanza de “Hacerse la América”, se encontraron con serias dificultades para desarrollarse (entre ellas el régimen de propiedad de la tierra que estipulaba contratos leoninos a los arrendatarios). Así es como muchos terminaron junto a emigrados del interior (cabecitas negras de provincia), en conventillos y casas de pensión donde el morfi escaseaba y los laburos no sobraban. Es allí que emerge un “tipo social” nuevo: el “vago urbano”, presto a recostarse sobre el farol a pispiar las minushas y jugarla de cajetilla con el funyi inclinao. O aparecía en los bares para tomarse el cafecito y parlar horas, y añorar la patria lejana. Personajes retratados en “aguafuertes porteñas” de Roberto Artl que reniegan del trabajo y “se tiran a muerto” en el feca o en la esquina, pa` mirar a las naifas pasar. Esos vagos, aquellos y estos, fueron los excluidos del interior rural y del centro porteño, la gran ciudad del esplendor del centenario. En fin, los vagos terminaban presos o en la milicia, pero nunca en la fábrica, porque nuestro modelo económico no era industrial por aquellos tiempos.

Como todos sabemos, los vagos, ese mote puesto por quienes perseguían a los gauchos que no tuvieran libreta de conchabo, se hicieron peronistas allá por el 17 de octubre del 45; los vagos necesitaban crear su propio movimiento político y vieron en Perón un buen representante para que los promoviera. Y más allá de las cientos de leyes que se dictaron en ese periodo oprobioso para los ciudadanos que se nutrían con la pluma de los Mitre en La Nación, los vagos en el poder inventaron los feriados nacionales. Y como ustedes ya lo expresaran más de una vez, los feriados son promovidos por los vagos para que no se trabaje. Porque claro, los vagos no querían trabajar, ni progresar, ni crecer, ni mucho menos hacer grande este país. Pues es así que los vagos usaron el carnaval para rebelarse y ponerse máscaras. En fin, andar bochincheando por  la siesta y la tarde, y perderse en la noche con una mascarita en algún bulín de suburbio.

El carnaval será el hecho maldito en el país aristocrático y oligárquico. Un festejo de vagos, simplemente. Por eso, cuando en este país se vino a poner orden después del 16 de setiembre del 55, los carnavales fueron eliminados del calendario. En mi familia eran todos vagos, por eso es que me llevaban contentos al corso del 25 en la plaza, para confundirnos entre otros miles de vagos, disfrazados, dando vuelta el orden social por unas horas, tomando el territorio, gobernando las calles.

Durante el siglo XX existieron numerosas prohibiciones y reglamentaciones al carnaval. La última y aún vigente prohibición es el decreto 21329/76, dictado por Videla el 9 de Junio de 1976, en el que se prohíben los feriados de carnaval y que actualmente sirve de excusa a numerosos gobiernos locales en distintas partes del país para prohibir corsos e impedir que se realicen festejos, y en algunos casos, ensayos de murgas en espacios públicos. Pero tenía que venir un gobierno peronista para restablecer el desorden y abolir el decreto de Videla para que los vagos disfruten en las calles sin tener que ir a trabajar cuando despunte el sol.