Literatura por inmersión
El plan está pensado, cronometrado, sigilosamente cuidado para llegar a buen puerto. Ustedes entenderán. Se trata de un experimento. Un experimento de literatura por inmersión.
Permiso. Voy a entrar en este texto. Voy a introducirme de cabeza al escrito como si fuera una palangana profunda con dos asas, de las de antes que se usaban para lavar la ropa, enlosada y con agua a pleno. Y pienso hacerlo así, sin respirar. Me quedaré unos cuatro o cinco minutos. El agua por mis oídos, el agua por mis narices, el agua por mis ojos. Voy a meterme de lleno en el texto y, cuando no aguante más, abriré la bocaza y me tragaré toda el agua, todas las letras de este texto. Me ahogaré de tanta letra. Luego intentaré tomar el pote de champú y me lavaré la cabeza, sin sacarla, sin siquiera asomar la nariz al aire.
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No voy a hacer trampa. Ni tan acaso un mohín de advertencia. Solo ensayaré el experimento por convicción y veré como me va. Luego probaré afeitarme, reventarme unos barritos y lavarme los dientes. Sé, que con el paso de los minutos, todo se tornará desesperante con la motricidad al palo, como en los sueños, cuando te persigue un auto a mil y vos corrés sin aire y descalzo por medio de la ruta rugosa, y te atropella, pero sin sentir nada.
El plan está pensado, cronometrado, sigilosamente cuidado para llegar a buen puerto. Ustedes entenderán. Se trata de un experimento. Un experimento de literatura por inmersión. De fondo quiero una música estridente. Algo de la banda “Velvet Revolver”. Un tema largo con punteos irritantes y la voz colgada en una nota aguda y eterna de Scott Weiland. ¿El objetivo? descubrir el palimpsesto al fondo de la batea, el mapa forjado luego de tanto raspaje de virulana y cerda. Buscar una especie de mensaje para la cura del insomnio de este agosto errático y helado.
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Arriba, una henchida noche de luna relumbrante y estrellas imponentes. Un cielo azabache a mis espaldas; y el crujir de los muebles de todas las casas del mundo maldito. La luz de mercurio parpadeante que ilumina los cestos con bolsas de basura en las puertas de las casas y edificios. Mutismo en el mundo. Solo la música estridente como un cuchillo que informa que aquí hubo silencio. Que alguna vez todo esto fue silencio; y el lenguaje, atiborrado lenguaje, resultará ser un cuidadoso jeroglífico cincelado en la noche del desierto urbano. Un mapa que tal vez nos dé las pistas para reconocer que las fieras duermen en sus playas-porches tapadas con cartones.
Que allí también están prestos a descifrar los amores perdidos o ahogados. Que el viento ha modificado invariablemente los carteles de los almacenes viejos y que la vida es un estentóreo árbol telúrico que se mide por la escala Mercalli y por la de Richter. En fin, que los dolores que sentimos en el cuero ya fueron anunciados en la cabeza fría por un pensamiento bifronte. O por ejemplo, que una cabra muerta, ahorcada por la soga que la amarraba al eucalipto, nos está avisando que atrás viene la manada.


