Letras y fútbol: "Dios es redondo"
Por lo menos desde hace tres décadas las letras y el llamado “juego del hombre”, el fútbol, están de luna de miel. Cada vez que ocurre una Copa Mundial de Fútbol los estantes de las librerías se llenan con crónicas, cuentos, poemas y anecdotarios alusivos a este deporte para compartir, a través de la literatura, el ritual deportivo y mediático.
-
Te puede interesar
Así se vivió en Mendoza la remontada épica de Argentina ante Egipto
Albert Camus en el centro, cuando era arquero en la Universidad. |
La literatura de fútbol tiene notables antecedentes. En Francia, Albert Camus, Premio Nobel de Literatura, quien fue portero en la Universidad de Argelia, escribió: “Todo lo que sé con certeza acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.
Otro Premio Nobel, el poeta chileno Pablo Neruda escribió en Los jugadores (1923): “Juegan, juegan, agachados, arrugados, decrépitos”, incluido en Crepusculario. Homenaje al deportista, sin llegar al futbolista. O la Oda a Platko de Rafael Alberti, dedicada en 1928 a un portero húngaro del Barcelona: “Tú, llave, Platko, tú, llave rota, llave áurea caída ante el pórtico áureo”.
El periodista Hernán Brienza, en Clarín, refirió de otros hinchas adelantados: “En los años veinte, el peruano Juan Parra del Riego y el argentino Bernardo Canal Feijóo escribieron: Penúltimo poema del fútbol y Horacio Quiroga publicó Suicidio en la cancha, basado en el caso real de un jugador del Nacional que se pegó un tiró en el círculo central de la cancha. De aquellos tiempos es el primer relato totalmente ficcional sobre fútbol en el Río de la Plata: la novela del francés Henri de Montherlant Los once ante la puerta dorada.” También Roberto Artl, incisivo, dedicó un aguafuerte al Seleccionado Nacional (argentino).
Ya en 1955, consigna Brienza, el uruguayo Mario Benedetti abrió el marcador latinoamericano con su ya célebre cuento Puntero izquierdo, publicado en el libro Montevideanos. La nómina la engrosaron con Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Leopoldo Marechal y Ernesto Sábato.
El paraguayo Augusto Roa Bastos, en El crack narra la historia del Goyo Luna, delantero izquierdo del club Sol de América, que vuelve desde la muerte para librar su último partido. En Brasil, Jorge Amado y Rubem Fonseca se suman a la lista, es muy celebrado el poema que Vinicius de Moraes dedicó al delantero Garrincha.
En Perú, Julio Ramón Ribeyro es hincha de la “U”; Carlos Germán Belli tiene dos poemas sobre el fútbol; el vate Abelardo Sánchez León, “volante de contención foulero que pateaba de la rodilla para abajo” y, por supuesto, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique.
En España, también saltan de la cancha de fútbol a la de las letras el poeta del pueblo Miguel Hernández, Miguel Delibes y Camilo José Cela, autor de Once cuentos de fútbol (1963).
Ni Borges, que odiaba el fútbol (“esa cosa estúpida de ingleses”, escribió), se ha escapado a la edición futbolera. Se ha antologado hasta el cansancio su cuento escrito a cuatro manos con Bioy Casares (firmado con el seudónimo H. Bustos Domecq) en el que sostiene que el fútbol ha dejado de existir y sólo vive en la imaginación de los comentaristas deportivos. El cuento lleva por título en latín Esse est percipi significa algo así como “Ser es ser percibido”.
![]() |
De las canchas a libro impreso
Es un hecho que los escritores de fútbol tienen su mejor antecedente en las crónicas deportivas publicadas en los diarios. Juan Villoro comenta en Reforma que a este proceso influyeron “figuras decisivas: Nelson Rodrigues, en Brasil; Manuel Vázquez Montalbán, en España; Eduardo Galeano, en Uruguay; Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, en Argentina”.
Agrega que “también aparecen grandes cronistas eminentemente deportivos, como Santiago Segurola, en España, y futbolistas como Eric Cantona, en Inglaterra y Francia; Jorge Valdano, en España y Argentina; Félix Fernández, en México”.
Manuel Vázquez Montalbán se destacó por sus célebres crónicas futboleras, tanto como otro gran periodista: Julián Marías. Además el autor catalán llevó a su detective Pepe Carvalho a las entrañas del mundillo futbolero en el libro El delantero centro fue asesinado al atardecer (Planeta, 1988). En Italia brillaron las crónicas de Gianni Brera.
En su texto El balón y la cabeza (Letras Libres, 2002), Juan Villoro comenta la necesidad de poner en palabras lo que sólo existió por un instante: “Las crónicas de fútbol comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron… El fútbol exige palabras, no sólo las de los profesionales, sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca”.
De las páginas perecederas diarias las crónicas pasaron a las más perdurables, encuadernadas, con tapas o portadas y conservadas en estantes. Así figuran entonces La guerra del fútbol y otros reportajes (Anagrama, 1992), del veterano reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, que narra el conflicto armado que se desató entre Honduras y El Salvador, en 1969, cuando sus selecciones nacionales se jugaban la calificación al Mundial de Futbol México 1970. Hubo más de 10 mil bajas.
Sobre fútbol y violencia, se puede leer Entre los vándalos (Anagrama, 1992), del escritor estadounidense Bill Buford, que analiza el fenómeno de las porras inglesas (cuyos miembros son conocidos como hooligans). Otro escritor que recientemente ha destacado es el austriaco Stefan Griebl, quien firma con el seudónimo Franzobel, con Mundial. Oraciones al dios fútbol y Futbolcracia.
Para leer la nota completa, seguí este vínculo de la revista digital Arte e historia México.


