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Educación en Mendoza: la película que los alumnos no pueden leer

La autora es psicóloga y psicopedagoga. Reflexiona acerca de las distintas situaciones que viven alumnos y profesores en las aulas. La experiencia de estar con chicos que no pueden o no saben leer subtítulos. El sistema educativo, ¿incluye o excluye?, ¿prepara realmente a los jóvenes?, ¿para qué los prepara? El rol de docentes y padres ante la nueva discriminación del siglo XXI.

Que es necesario incluir a todos los chicos en el sistema educativo no hay duda. No hay nadie que pueda decirnos que es mejor que estén en la calle.

Sin embargo llegó la hora de preguntarnos ¿qué es inclusión? Porque tenerlos en un colegio, como si éste fuera un depósito, ubicarlos: con problemas cognitivos, atencionales, de conducta, etcétera, en la parte de atrás de un curso, mientras el profesor da clases “sólo para quienes les interese” es una opción. 

Mas yo me pregunto si eso es incluirlos o sostenerlos en el tiempo que dure su adolescencia dentro de un lugar seguro (o casi).  Los profesores tienen razón: no pueden perder todo el módulo luchando para conseguir la atención de unos pocos,  pues esto hará que pierda la atención de todos.

Pero frente a un grupo de chicos de 1º de polimodal ocurrió algo que hace reflexionar al respecto. Se utilizó como disparador para un taller una película con subtítulos, antes de comenzar los alumnos avisaron que no podían leer los subtítulos, advertencia que no fue tenida en cuenta por nosotras (las profesionales) ya que es obvio que fueron a guardería, primaria, terminado EGB III, y  están empezando a transitar polimodal, por lo que es imposible que esto ocurriera.

Pasados unos minutos estaban interesados en la película, ya que podrían haberse “desconectado” como suelen hacer los adolescentes con los audífonos casi invisibles del celular. Lejos de eso, se sentaron alrededor del adulto y le pidieron que leyera en voz alta los subtítulos para poder seguir la trama. 

¡Que dolor! Sé que pasó mucho tiempo, pero yo en primer año de secundaria (8º actual) había leído Los cantares del mío Cid, reído con La fierecilla domada de Shakespeare y hasta la habíamos comparado con El mancebo que casó con mujer brava, y éstos últimos porque lo representamos en títeres. Es decir nos divertíamos. Mis chiquitos de 15 o 16 años me pedían que leyera la película, como mi hijo pedía un cuento a los cuatro años.  ¿En qué les mentimos a estos niños? 

¿Qué hacen los docentes? ¿Exigen que hablen correctamente, que lean con expresión? Quedan la mitad en el camino. Les permiten avanzar como puedan. Creo que es mejor, hoy, aquí y ahora. Pero no podrán tener nunca oportunidades en un buen trabajo, redactar una carta manuscrita es una exigencia en la primera entrevista. Mencionar los temas más relevantes del diario de la fecha es la segunda. ¿Podrán con un léxico empobrecido y lleno de insultos, no como forma de agresión, sino como lenguaje coloquial, sostener un vínculo laboral, personal o académico?
 
La diferencia de clases ya no se limita al ingreso económico, porque eso puede superarse, la desigualdad es de herramientas para enfrentar la realidad que se avecine. ¿Podrán con un mundo que modifica cada día los instrumentos?, donde una computadora de dos años es de “vieja generación”, cuando ellos sólo saben usarla para abrir un videojuego.

Antes la diferencias se sajaban con una biblioteca pública, no había barrera que un poco de voluntad y deseos de superación no saltara.  Hoy no.  Hoy debemos prepararlos para un mundo competitivo y altamente discriminatorio con quienes no están capacitados, y no hay lugar ni tiempo para prepararlos porque por exceso de aspirantes habrá otro que ya lo sabe. 

Nadie se va a molestar en preguntarse por qué ese chico con un certificado de polimodal completo no puede ni competir con un alumno de una escuela privada cualquiera. Esto fue un “logro” de los años ´90. Nos enojamos con esto y se hacen políticas que en apariencia incluyen, contienen pero en las que subyace la convicción que a  esos chicos “no les da para más”.

Esa es la verdadera discriminación del siglo XXI y los estructuramos con una indefensión aprendida. Creen que no pueden y no lo van a intentar. No hablo de poner unos o amonestaciones, hablo de corregirles cuando hablan mal, hacer que se queden en silencio para que escuchen como se pronuncia una palabra en inglés, hacerlos relacionar lo que aprenden con las posibilidades de una vida mejor. Y no hablo de mejor empleo (que para ellos es importante) solamente, sino de calidad de vida. 

Lo bello me enriquece, y a la pregunta que suelen hacer: ¿Y esto para qué me sirve? Si me hace pensar me sirve, si discuto con fundamentos me sirve, si abro mi inteligencia me sirve, pero sobre todo, y al menos a mí, lo que me entibia el alma: una buena obra, la música, el arte me hace muy bien.  Me hace crecer como persona.

Y a los papás: no exijan que le “tengan al nene”, su derecho a aprender es inalienable, pidan que les enseñen mejor, que los preparen y cuando un profesor “molesto” les corrige la ortografía o la gramática en una prueba de matemáticas, los adultos preguntamos: ¿qué tiene que ver? Tiene que ver: el alumno es uno sólo en matemáticas, sino en lengua, en plástica o cuando va a ingresar a una universidad y no pasa el examen de comprensión verbal.

Lo que le enseñen hoy debe servirle afuera de la escuela. Cuando les preguntamos a los adolescentes por qué en la escuela hablan así contestan que saben que no los pueden echar.  Esto en lugar de vivirlo como un privilegio lo viven como impunidad. No quiero chicos en la calle. Aunque en un colectivo cuesta distinguir qué chico/a fue doce o catorce años a la escuela y un chico de la calle que nunca recibió instrucción. Esta realidad nos interpela.

El analfabetismo informacional fue denunciado hace años en la UNESCO como el gran desafío del siglo XXI y nosotros aún nos debatimos con el analfabetismo funcional: chicos que leen, escriben, calculan, pero son analfabetos. 

Nuestro desafío no es confiar en ellos, sino lograr que confíen en ellos mismos. No que permanezcan en un sistema, sino que el sistema los sostenga y les sea útil.  Si no los engañamos. 

Como decía Eladia Blázquez: "Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir, porque no es lo mismo que vivir, honrar la vida". Ayudemos a esos chicos a honrar su vida y entonces recién podremos hablar de inclusión.