Nada
“Vivir días, perder días”. Algo así. Algo así como vivir la nada en cinta transportadora. Algo así como vivir la nada en cinta transportadora hacia la nada misma. Sin ahogo, sin culpa, sin mochila. Livianito nomás. Como el viejito del almacén que abre a las diez de la matina y cierra a las doce del mediodía y luego abre a las cinco de la tarde y cierra a las ocho, en el celaje de la tarde-noche.
O como la verdulera que nunca tiene tomate ni lechuga pero sí un cartel gigante en la puerta que saca cada mañana, que reza “verdulería: tomate, lechuga y frutas”. O sino mejor. El tipo que sale de su casa a las siete de la mañana, arranca su auto y empieza a recorrer el centro, luego se cruza a Las Heras, vuelve al centro, sube hacia el corredor del oeste y termina a las once de la mañana tomando un café con tortitas en un puesto viajero en Blanco Encalada. Todo un laburo.
Vivir días, perder días. Algo así. Al carajo la maldita productividad, al carajo los que te compelen a “hacer algo” para despejarte, al recarajo los que te incitan a comprar una bicicleta o te exhortan salir a correr al parque. ¿Correr detrás de quién? ¿Y si te da un infarto por andar “despejando” la cabeza en esas tonteras?
Reitero, vivir días, perder días. Mirar cinco películas al hilo y no acordarte ni los nombres, o leerte un libro de 200 páginas y haber pensado todo ese tiempo de lectura en otras cosas. Salir y entrar de cualquier comercio sin motivo alguno. Pesarse en la balanza de una farmacia y chequear el peso en otra balanza de la siguiente farmacia.
Vivir días, perder días. Por ejemplo: encaras para el baño y pegás la vuelta, y te vas por la puerta de salida de tu casa, das una vuelta manzana, te parás en una esquina con sol y te instalas a mirar la cantidad de autos color rojo que paran en el semáforo durante una hora, como cuando niño; lo anotás en una papelito, y luego de caminar unos pasos en el retorno, lo arrugás y lo tirás a la acequia. Todo esto sin estimulantes ni psicofármacos. Sin nada. Pura agua tal vez.
Vivir días, perder días. No hacer nada. La tarea más productiva si se quiere.
Tenes hambre a las diez de la mañana y te hacés una pizza al horno para vos solo y te la devorás mirando un canal de infocomerciales “llame ya”. Luego, te tirás a muerto en la cama y dormís hasta las cuatro de la tarde, como un oso, bipolar. Despertás sin registrar un sueño, sin haber soñado. Un café o unos mates y una buena bosta en el trono cuando te levantás. Peor, es nada.