¿Qué amigos y en qué circunstancias?
Demás está decir que el amigo lo es siempre y excede la celebración simbólica de un día en particular. Pues claro está que justo este día, “el día del amigo”, seguramente uno se junte con algunos y no con todos, o, tal vez, se junte con “nuevos amigos” y añore para sus adentros a los viejos que ya no están o no los vemos con frecuencia.
Demás está decir que el amigo lo es siempre y excede la celebración simbólica de un día en particular. Pues claro está que justo este día, “el día del amigo”, seguramente uno se junte con algunos y no con todos, o, tal vez, se junte con “nuevos amigos” y añore para sus adentros a los viejos que ya no están o no los vemos con frecuencia.
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Es un buen día sin embargo para la ritualización de ese sentimiento más allá del tinte comercial que todo lo invade (regalos, restaurantes, pubs, boliches, casas de masajes) no obstante, estas “mediaciones sociales” referidas entre paréntesis, sirven o contribuyen a cohesionar a veces lo que está medio resquebrajado. Reitero, “a veces”.
La amistad no es un sentimiento “esencial” y “natural”; diría más bien “cultural”. Se construye según las circunstancias y se perpetúa también en diferentes situaciones. Como así también se diluye. Fundamentalmente es en base a la reciprocidad y a la admiración del otro como construimos el sentimiento amistoso. Admiración que lejos debería estar del éxito, el dinero, el prestigio, la jerarquía obtenida por el otro. Sin embargo, en un mundo donde esos valores presionan por el dominio, muchos hacen migas teniendo en cuenta ese menú de “virtuosidades sociales”.
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“Me conviene ir a cenar con ese tipo porque tiene buenas relaciones”, “Amor, hoy viene a cenar Ricardo y su familia, poné todo a punto porque hay que quedar bien con esa gente”. De repente, hay tipos que se encuentran atrapados en un calendario de encuentros y cenas y salidas con otros tipos “convenientes” para su carrera profesional o de negocios. Y terminan por considerarse, tras la rutina especular, amigos.
Pero la amistad como valor no significa lo mismo en diferentes épocas. Es decir, los denominados “códigos de la amistad” mutan con el tiempo y hoy, la amistad, se parece más al amontonamiento que al encuentro y la solidaridad. Un ejemplo de amontonamiento es por caso, Facebook, donde acumulamos amigos a granel día a día. Pero también es cierto que de no ser por FB uno tal vez no sabría nunca más de aquel amigo del colegio con el cual uno compartió tantos años. Y en ocasiones, ello puede generar un encuentro para recordar nuestras vidas pasadas.
Y seguramente sobran los dedos para contar con varios de ellos en los momentos difíciles aunque también en los más fáciles. No creo en una noción estanca de la amistad; así como la fortalecemos, la destruimos. Como la vida misma, la amistad pasa por distintos momentos, buenos y malos. La introspección a la que nos someten las tecnologías desde hace poco más de una década puede que haya erosionado la ritualidad de la amistad y ensalce aún más “el día del amigo” donde la parafernalia consumista encuentra un buen nicho de mercado.
Para algunos “amistad” es simplemente comerse un asado y nada más. Para otros, además de aquello, implica atender “al otro” en momentos jodidos, justo cuando la necesidad no pasa por el asado sino por la palabra o la escucha, o por poner el hombro. Los más extremistas creen que con los amigos se despierta, se come y se caga; y guay con el que se salga del ruedo, porque será no menos que un traidor.
También están aquellos que son sólo amigos de los que piensan igual que uno en todo sentido –político, religioso, ideológico- y jamás se relacionarían con otros. Esa amistad, prejuiciosa y dogmática es peligrosa porque niega la diversidad. Por ejemplo, “nunca sería amigo de un católico” o nunca tendría por amigo a un tipo con guita” o, por el contrario, “jamás podría ser amigo de una persona de izquierda”. Así por el estilo.
Pero hay amigos y amigos. Conocidos con afecto recíproco y conocidos con algún pasado en común que nos dejó una buena experiencia. Y hay tipos o tipas, que marcaron a fuego tu vida. ¿Es a ellos a los que llamamos “mejor amigo”? ¿Mejor que quién? Eso no se pregunta o tal vez no tenga respuesta, o en todo caso la trampa esté en la pregunta. Ahora bien ¿puede haber “peor amigo”, digamos, de un listado rankeado, uno que sea el más falluto o el que más se ha borrado en las malas? No sé, pero se me ocurre que cada uno tiene para sí la respuesta y, de ser afirmativa, a la persona indicada en el último puesto (por caso podría considerarse ex amigo)
Lo cierto es que nadie puede pensarse impune. Todos hemos cometido tropelías en la relación de amistad con algunos de nuestros compinches. Por eso a veces, y con el tiempo de la vida, algunos se van alejando y ya ni un llamadito por teléfono queda por unirlos. O por el contrario, hay amigos con quienes no te ves, no te llamas, no te escribís. Con esos, seguro nunca tendrás problema. Con esos difícil vayas a tener diferencias. La amistad sin verse ni tocarse, sin escucharse ni discutirse. La amistad supuestamente perfecta, ideal. La ¿no amistad, o el bueno recuerdo?
Y seguramente sobran los dedos para contar con varios de ellos en los momentos difíciles aunque también en los más fáciles. No creo en una noción estanca de la amistad; así como la fortalecemos, la destruimos. Como la vida misma, la amistad pasa por distintos momentos, buenos y malos. La introspección a la que nos someten las tecnologías desde hace poco más de una década puede que haya erosionado la ritualidad de la amistad y ensalce aún más “el día del amigo” donde la parafernalia consumista encuentra un buen nicho de mercado.
Para algunos “amistad” es simplemente comerse un asado y nada más. Para otros, además de aquello, implica atender “al otro” en momentos jodidos, justo cuando la necesidad no pasa por el asado sino por la palabra o la escucha, o por poner el hombro. Los más extremistas creen que con los amigos se despierta, se come y se caga; y guay con el que se salga del ruedo, porque será no menos que un traidor.
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