Hacia una medicina con rostro humano
(Recordando a Jorge Contreras y Luís Triviño, humanistas en serio)
Los médicos, viejos y jóvenes deberíamos reflexionar de cómo nuestra profesión se ha ido deteriorando en los contenidos humanos y en cuyo análisis como causalidad existen varios factores, entre otros: visión tecnocrática y abusiva de la tecnología, mercantilización y formación profesional.
Nadie niega el valor de la tecnología, al contrario, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento de muchas patologías, que hasta hace poco eran impensadas; tratamientos oncológicos, oftalmológicos, transplantes, son algunos de los ejemplos de avances inconmensurables, pero también es cierto que la tecnología no puede reemplazar el acto profundamente humano de la relación médico-paciente, el valor de una buena historia clínica y un buen examen, en la contención del paciente y de la familia o el involucrarse con los que sufren aunque nos quite el sueño.
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La tecnología sirve para confirmar un diagnóstico o hacer un tratamiento pero nunca reemplaza la relación vital y única que es la piedra fundamental del acto médico. La aparatología no siente el dolor de los que sufren la enfermedad o el riesgo de muerte, ni tampoco entiende el entorno sociocultural y emocional que rodea cada acto bien realizado ni el sufrimiento del paciente y su entorno.
Por otra parte el ingreso de capitales en el sistema de salud, donde el costo-beneficio regla la actividad médica ha ido reemplazando el término “paciente” por el de usuario, abonado, cliente o número de cápita. Recuerdo, cuando hace más de 20 años se discutía el proyecto de un seguro de salud del Dr. Neri, del que algunas empresas médicas decían “este proyecto impedirá ejercer una industria lícita”. ¿Industria? Otros expresaban, “Los bancos y financieras están muy interesados en invertir en el mercado de la salud” ¿Mercado? Una conocida prepaga decía: “Nuestro objetivo comercial es la explotación de todos los servicios de salud” ¿Explotación? Para los médicos que ejercimos nuestra profesión en otros tiempos nos resulta indigna e indignante. El mercado le puso precio a la gente, a los médicos y a otras cosas. Por otra parte, según la capacidad monetaria, muchas prepagas ofrecen planes A; B o C, lo que termina categorizando a los ciudadanos de acuerdo a su capacidad económica. Que dirían de esto los viejos maestros como Maurín Navarro, Notti; Bustelo, Escardó; Muratorio Posse y tantos otros que hicieron escuela en nuestros hospitales, donde en esa época faltaba tecnología pero nunca faltó dedicación, compromiso, sufrimiento compartido, humanismo frente a la enfermedad, al lado de la cama de un niño o un viejo, que era valorado como un pedazo de nosotros mismos, que debía curarse, volver a la escuela o al seno familiar. Podrán entender los médicos de ahora la hermosa mirada de un niño que venía a mostrar a su pediatra la libreta escolar? Podrán entender ese hermoso regalo de “Dios se lo pague” susurrado por labios de humildes madres donde no se ponía precio previo?. Posmodernidad le llaman a esta farsa que nos hace creer que la vida es competencia; ganancias; usuarios; abonados; número de una cápita y consultas rápidas para que sean rentables.
Algo persiste de aquellos viejos tiempos en algunos médicos de centros de salud, hospitales o en algunos consultorios privados, pero cada vez hay menos tiempo para salir de la trampa mortal que está haciendo de esta noble profesión el más vil de los negocios, en algunos casos para ganar más y en otros lisa y llanamente para hacer dinero, como se explota cualquier comercio.
Dónde estarán aquellos médicos consejeros y amigos?. Dónde se encontrarán aquellos pediatras que veían nacer, crecer y casarse a un niño que era artífice de su saber y sus desvelos?. Dónde encontrar aquellos médicos de familia que extendían su mano con calor, con palabras de comprensión a los viejos a los cuales acompañaban en sus dolencias o en el bien morir hasta el final.
El médico cada vez se parece más a la sociedad a la cual pertenece, enfundado en su guardapolvo blanco pero escondido detrás de los aparatos o el cobro por adelantado, atendiendo un número o un abonado del cual muchas veces no recuerda ni su nombre, desapareciendo pronto de su retina y lo que es más grave, de sus desvelos y corazón. Tengo turno para dentro de 2 meses con el médico de cabecera me decía un amigo afiliado al PAMI y si le hace falta vaya a la guardia donde se hará un diagnóstico fugaz y en todo caso, vuelta a consultar al otro día donde otro médico, que tampoco lo conoce lo atenderá. Médicos taxis, que ven números sin compromiso y sin conocer al paciente, visitas rápidas, adecuadas a los que nos pagan dirán algunos. Cuando escucho anécdotas de personas que fueron atendidas pero no contenidas, que no son escuchadas, médicos que no revisan, que no hacen historia clínica, que no explican al paciente ni a la familia, aunque pidan muchos exámenes, siento que se degrada la profesión, que inicialmente se elije por ser sensible al sufrimiento humano y como forma de ayudar a los semejantes, pero que termina siendo una forma de vivir o hacer dinero, siento que mi profesión va acabando en un mundo al cual cada vez nos parecemos más.
Para ir a una medicina con rostro humano, no habrá que volver la mirada a una formación profesional con sentido social, hacia un conocimiento integral menos parcializado y romper definitivamente el concepto “del mercado” de la enfermedad, para marchar a una salud como lo que es, un derecho humano, donde podamos recuperar la dignidad de los profesionales y los pacientes.
Muchos podrán decir que estas son expresiones de un médico que se quedó en el pasado, pero nadie podrá convencerme que la medicina sin humanismo, no es medicina. Acepto que no me he adaptado a los códigos actuales, pero estoy seguro que sin valores éticos-morales, el mundo no tiene futuro. Ojala que los jóvenes estudiantes encuentren el camino para marchar hacia una medicina con rostro humano en una nueva sociedad.
El autor: Roberto Chediack es médico pediatra, dirigente político y social, miembro del Foro "Corriente de Opinión Ciudadana" de Mendoza. Fue concejal en Godoy Cruz y es autor de varios libros de pensamiento y reflexión.

