Testimonio personal: el fantasma que quiso impedir que se contara su historia
La presente historia le sucedió a la persona ideal: un escritor mediocre pero con pretensiones, escéptico y de actitud “canchera” frente a los fenómenos sobrenaturales. Mendocino, claro.
Le pasó todo, absolutamente todo lo que vamos a contar. Aunque sólo después de que el libro saliera a la luz, se pudo unir una y otra y otra cosa hasta darle la entidad suficiente como para que el propio descreído autor la aceptara, al menos, con una concatenación de hechos insólitos.
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Ese era su plan: bromear con un fantasma al que nadie sabía de dónde había salido y al que nadie le entendía sus “mensajes”. Sería su primera novela y tendría, pensaba, un tono divertido.
Espantado y tosiendo adobe molido salió, apagando y tratando de cubrir la máquina como pudo. No bien se despejó el aire, sacó la computadora y se la llevó a su dormitorio. Allí la instaló. Pero hubo un cortocircuito. Grave el asunto. Se quemó la línea completa y hubo que esperar un pard e días para repararla. La llevó al comedor y no la enchufó. Abandonó por dos o tres semanas la escritura.
Se cayó la casa entera no bien le quitó la manta a esa máquina que, a esta altura, sospechó como “culpable”.
Se mudó a un departamento de construcción más reciente y antisísmica, dentro de la misma propiedad.
Pasó un tiempo. Cuando retomó el entusiasmo y se había olvidado casi de la mala racha, recogió unos apuntes escritos en una vieja Olivetti portátil que algo podrían servirle para darle cuerpo a la novelita fantasmagórica.
Logró avanzar bastante. La guardó en un disquete y en el disco duro de la PC.
Al día siguiente se dispuso a continuar la tarea. Como no halló el archivo en la máquina, tomó el disquete. Estaba, allí sí, pero dividido en cuatro partes y con las oraciones cambiadas de lugar.
Le pareció un fenómeno usual de la informática, neófito en el tema y, por lo tanto, derrotista: “habrá que reconstruirlo, pensó”. Y lo hizo: nada iba a detener tanto entusiasmo, más aún cuando ya casi tenía cerrado el acuerdo con los editores para publicarla.
Terminada la reescritura, la guardó en dos discos extraíbles distintos (no se habían inventado aun otros métodos). La llevó a los editores. Su computadora se malogró;: quedó la pantalla en blanco y se ligó unas cuantas puteadas por ello, al ser culpabilizado por no cuidar el contenido del disquete, a pesar de que por esos días, ni se sabía de Internet y sus virus.
Cuando le avisaron que podía volver a probar, lo hizo. Había pasado un mes y –aunque sin sospechar de mala suerte y menos de cuestiones sobrenaturales- el hombre sentía vergüenza por haberles estropeado la máquina a los editores.
Probaron de nuevo no sabemos con qué métodos previsores. El archivo abrió. Casi todo. Le faltaba el último capítulo. Entonces los editores le dijeron: “Traelo y lo vemos; así comenzamos la tarea de corrección y diseño”.
“¡Pero está allí!”, exclamó el autor. “No…no…a ver…no, no está”, le confirmaron.
“Bueh..!”. Y se fue.
Lo volvió a escribir y aprovechó para darle unos toquecitos al final, dejándolo “abierto” a la imaginación del lector. Cambió el estilo, aunque conservó el concepto. Lo imprimió, por las dudas de que se borrara.
Lo llevó a la editorial.
En un local se imprimieron las hojas interiores. Y eso salió mal, en principio, porque, pensaron, se habían equivocado en el diseño y las páginas salieron cruzadas. Resultaba, de esa manera, imposible leerlo.
En otro local imprimían las tapas cuando la rotativa se trabó y ¡se partió! No sirvió nunca más. El propietario de la firma –a la sazón, un reconocido imprentero, hijo y nieto de prohombres del mismo oficio en Mendoza- no sabía de qué manera pedir disculpas y gracias a eso el autor consiguió que él mismo financiara la compra de más papel para rehacer el interior y las tapas, en otro lado.
De todos modos, la presentación del libro se había demorado más de la cuenta y los anuncios formulados había que cambiarlos.
Una periodista se encargó de la tarea. Por aquellos años, se distribuían las gacetillas medio por medio, en una tarea que podía durar un día o uno y medio, si se contaba con vehículo. Y ella lo tenía: su marido la llevaba radio por radio, diario por diario, canal por canal con los papelitos que le pedían a los periodistas que anunciaran el cambio de fecha de salida al público del libro.
Justamente frente a la casa que se había derrumbado al principio y sin que los ocupantes del vehículo tuvieran idea de su existencia, el auto fue embestido por otro. Quedó destruido. La periodista, bajo observación médica. Un mes estuvo así. Un mes estuvieron los libros apilados esperando un mejor momento.
Fue allí cuando un amigo del autor le dijo que se dejara de joder y que lanzara el volumen a la venta o que hiciera una buena presentación, para “exorcizar”, le dijo, la mala onda existente.
Allí comenzó a anotar cada cosa que le había pasado al intentar parir el libro.
Lo hizo. Armaron una presentación en el Museo Municipal de Arte Moderno, bajo la Plaza Independencia. “Será en martes 13”, anunció y programó, intentando reírse de todo lo sucedido. “¿Cuento o no cuento todo esto?” se preguntó. Pero prefirió callarlo hasta el momento mismo de la presentación.
……
Llegó el día. O mejor dicho, la tarde.
Saludaba en el ingreso al Museo mientras la gente de la editorial supervisaba los detalles.
Se cortó la luz, pero pronto los municipales se pusieron manos a la obra y la recuperaron.
Llegó una mujer. Dijo que había leído el anuncio en el diario Los Andes y que, al hacerlo, le había corrido un escalofrío por todo el cuerpo. Se identificó con nombre y apellido y como se dio cuenta que eso no le movía un pelo al autor, que en vano intentaba sacársela de encima buscándole un “buen lugar” en donde sentarse, lo tomó de un brazo, lo llevó hacia el fondo del salón y le dijo: “Escuchame, entendeme, prestame atención”. Sorprendido, no tuvo otra; se concentró en ella.
Le dijo que era bruja, “la bruja blanca más famosa de Mendoza, aunque vos no me conozcas”. Y que “está todo mal”. Lo felicitó por la fecha elegida: “Hiciste lo correcto; ya no te va a pasar más nada”, escupió.
Con los ojos desorbitados y aun en silencio, intentó decir “a” y ella de dio con la “z”: “Hoy se rompe el maleficio. Me voy. Es martes 13. Tengo mucho trabajo. Te compro un libro y lo mismo harán muchas personas hasta que la edición se agote. Un beso”.
Y así fue.


