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El impuesto

El misterio de un hombre apurado que se olvidó la vida. El protagonismo del vecindario y una taza de café. Un cuento enviado por un lector de MDZ, como vos también lo podés hacer.
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Julio se levantó a las 7 AM en punto como todos los días, tomó su baño diario, se arregló y se puso su traje negro sobre la camisa blanca y corbata negra que le exigían en la compañía en que trabajaba.

Mientras, desayunaba café bien negro "para levantar el ánimo", como solía decir él. Miró de reojo la mesita donde guardaba las boletas de los impuestos. Seguro de que todavía tenia unos días más para pagar, ya que el único que le quedaba vencía siempre el penúltimo día del mes.

"Recién es 28", pensó, "todavía tengo un par de días..."

Consultó el reloj: 7.30 AM.

Levantó la taza, y se dirigió a la cocina para dejarla en la mesada.

Fue el momento en que su mirada rozó de casualidad el almanaque que colgaba de la heladera.

La taza salió volando por los aires.

Julio dio media vuelta lo más rápido que pudo, tomo de la mesita la boleta del impuesto y salió corriendo a la calle. Bajando los escalones de dos en dos llegó a la puerta del edificio. No llegó, siquiera, a ver al portero que le hacía señas de que subiera de vuelta a su departamento, ni al Sr. Gonzáles, un viejo de alrededor de 80 años, que vivía en el departamento contiguo al suyo, que lo miraba con aire de tristeza.

Un hombre de sobretodo negro estaba parado en el marco de la puerta del edificio.

Julio solo alcanzó a murmurar que se había olvidado de pagar, que tenía la plata y que se dirigía para el Banco.

Pero el hombre de sobretodo negro hizo caso omiso del comentario, saco de entre las ropas un revolver y sin más le disparo justo entre los ojos.

"Pobre...era un buen muchacho", comentaba el Sr. Gonzáles, mientras se llevaban el cuerpo de Julio.

"Es cierto; muy buena gente", le respondió el portero. "Pero era un muchacho muy despistado, eso sí", agregó.

-Es la juventud de hoy en día, siempre apurada, se olvida de las cosas más importantes. Míreme a mi jamás, en mis casi 85 años, me olvidá de pagar el Impuesto a la Vida y acá me tiene, vivito y coleando.

Ese último comentario le pareció desubicado al portero, pero no le dijo nada. Agarró el lampazo y se puso a limpiar el hall mientras el viejo subía a duras penas las escaleras.

"Hay gente que no se quiere morir más", pensó.