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Estuvo en Malvinas y ahora combate la muerte vestido de enfermero
"Lo preparó, lo miró largamente, cargó su cuerpito escuálido y maltrecho de cinco años en los brazos, lo sostuvo fuerte mientras los médicos le daban la bienvenida con palabras tiernas y lo depositó en el quirófano helado". Los antiguos y actuales dolores de de un veterano de guerra y actual enfermero de la Fundación Favaloro
Lo preparó, lo miró largamente, cargó su cuerpito escuálido y maltrecho de cinco años en los brazos, lo sostuvo fuerte mientras los médicos le daban la bienvenida con palabras tiernas y lo depositó en el quirófano helado. Antes de que lo durmieran y de pie junto a la madre, que acariciaba las manos y besaba los ojos tristes de su hijito enfermo, él también se despidió de su pequeño paciente. "Te espero a la vuelta, papito", le dijo.
Tomás murió una hora después, mientras los médicos de la Fundación Favaloro luchaban contra la gravísima cardiopatía que lo había condenado desde su nacimiento a una vida amarga, y él, Jorge Fernández, enfermero de terapia intensiva pediátrica, se sentó sin hablar, junto con un colega que había estado con Tomás en las últimas horas, muy cerquita de esa madre desolada, y los tres, en silencio, velaron al niño muerto durante toda la noche, carcomidos por una tristeza última, sin poder creer que ya no lo escucharían llorar.
Ahora, frente a sus pájaros, sentado en la galería del patio de su casa, en Matheu, partido de Escobar, Fernández, el "Gordo Jorge", como todos lo llaman, se quiebra por primera vez en dos horas de charla, al recordar a Tomás, a su madre y aquella noche en que el chiquito dejó de sufrir para siempre. "Es duro ver morir a los chicos. Ese nene me había llegado muy hondo, acá -y se señala el pecho-, y cuando me dijeron que no había salido de la operación me partió al medio".
Esta es la confesión del enfermero Jorge Alberto Fernández que tiene la particularidad de ser un veterano de guerra hace 28 años estuvo combatiendo en Malvinas y que hoy presenta el diario La Nación.
-¿Usted cree en los milagros?
-Por supuesto. Donde yo trabajo milagros hay siempre. Me acuerdo cuando entró una beba de dos meses a la unidad que venía para un trasplante cardíaco y, aunque no lo creas, hizo seis paros durante la operación. Lo recuerdo a Julio haciéndole masajes en el pechito. Y la sacó. Esa nena tiene ahora cerca de dos años.
Julio, a quien el "Gordo Jorge" hace referencia, es el doctor Julio Trentadue, médico de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos de la Fundación Favaloro, y quien escribió a "Historias con nombre y apellido", casi pidiendo perdón "por molestar", para hablar de Jorge, sin que el hombre supiera nada.
Decía el correo electrónico: "el Señor Fernández es un hombre extraordinario que ama su trabajo porque ama a los niños, sobre todo a aquellos que sufren los más variados atropellos que se le ocurren a sus enfermedades. Fue combatiente en Malvinas y parece que no le alcanzó con tanto sufrimiento por ahí y sospecho que, como se debía una victoria, se dedicó a una especialidad épica para poder emocionarse con cada chico que sale adelante en batallas que no envidian nada a las que él pasó por aquellos años.
"Todos su compañeros, que son los míos, son gente muy especial, pero hay que ver a este gordo inmenso emocionarse con el alta de alguno de esos bebes que tantos darían por perdidos. O contener como nadie, con el corazón, a los papás que flaquean en su lucha. Contar su historia puede ayudar para que mucha gente se inspire en ella para seguir el ejemplo del Gordo Jorge, al elegir una profesión que necesitamos todos".
* * *
Jorge no va a ahorrarnos nada de su pasado increíble durante la nota, lo va a contar todo con una voz casi inaudible, pausada, con pocos contrastes, sentado en el sillón frente a la enorme pajarera donde atesora jilgueros, canarios, especies extrañas, que lo escuchan llegar y cantan a la vez. Ese es su pasatiempo: los pájaros.
Su trabajo: cuidar y ayudar a curar a chicos, que a veces llegan con un hilo de vida.
Su historia: la de un hombre que vivió todo lo imaginable, desde balas hasta discriminación por ser morocho, y que juega a la mancha con la muerte desde que tiene 19 años.
Porque a esa edad Jorge fue a la Guerra de Malvinas. Le faltaban 10 días para dejar la colimba que hacía en el Regimiento 10 Mecanizado, en Pablo Podestá. Ya tenía la libreta firmada para irse en la última baja, pero el destino lo cacheteó con una frase pronunciada por su amigo Mario Soares. Dijo en broma: "Ahora nos queda una semana y la guerra..."
Pocos días después la profecía de su amigo plantaba su bandera implacable y este cocinero del casino de oficiales, sin instrucción de combate, se fue llorando de Podestá, porque no tuvo a quien despedir: los militares, en esa embriaguez bélica sin sentido que condujo a tantos a la muerte y a otros a la vergüenza, no dejaron que los parientes visitaran a los chicos de la guerra.
Y así fue como Fernández desembarcó en Puerto Argentino dos días después, helado de frío, de miedo y de bronca, y caminó los seis kilómetros que separaban por entonces el aeropuerto del pueblo, con una bolsa enorme al hombro, donde estaban las armas que jamás pudo disparar.
Jorge pasaría en una trinchera cerca de Puerto Argentino toda la contienda hasta que fue tomado prisionero por los ingleses y, si bien allá cayeron pocos amigos, casi todos los demás se suicidaron con el tiempo, están locos, son alcohólicos o, como él mismo relató, "están vivos, pero no son de acá, de este mundo". Soares, el agorero que atrajo la gran desgracia, está entre estos últimos.
-Por supuesto. Donde yo trabajo milagros hay siempre. Me acuerdo cuando entró una beba de dos meses a la unidad que venía para un trasplante cardíaco y, aunque no lo creas, hizo seis paros durante la operación. Lo recuerdo a Julio haciéndole masajes en el pechito. Y la sacó. Esa nena tiene ahora cerca de dos años.
Julio, a quien el "Gordo Jorge" hace referencia, es el doctor Julio Trentadue, médico de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos de la Fundación Favaloro, y quien escribió a "Historias con nombre y apellido", casi pidiendo perdón "por molestar", para hablar de Jorge, sin que el hombre supiera nada.
Decía el correo electrónico: "el Señor Fernández es un hombre extraordinario que ama su trabajo porque ama a los niños, sobre todo a aquellos que sufren los más variados atropellos que se le ocurren a sus enfermedades. Fue combatiente en Malvinas y parece que no le alcanzó con tanto sufrimiento por ahí y sospecho que, como se debía una victoria, se dedicó a una especialidad épica para poder emocionarse con cada chico que sale adelante en batallas que no envidian nada a las que él pasó por aquellos años.
"Todos su compañeros, que son los míos, son gente muy especial, pero hay que ver a este gordo inmenso emocionarse con el alta de alguno de esos bebes que tantos darían por perdidos. O contener como nadie, con el corazón, a los papás que flaquean en su lucha. Contar su historia puede ayudar para que mucha gente se inspire en ella para seguir el ejemplo del Gordo Jorge, al elegir una profesión que necesitamos todos".
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Jorge no va a ahorrarnos nada de su pasado increíble durante la nota, lo va a contar todo con una voz casi inaudible, pausada, con pocos contrastes, sentado en el sillón frente a la enorme pajarera donde atesora jilgueros, canarios, especies extrañas, que lo escuchan llegar y cantan a la vez. Ese es su pasatiempo: los pájaros.
Su trabajo: cuidar y ayudar a curar a chicos, que a veces llegan con un hilo de vida.
Su historia: la de un hombre que vivió todo lo imaginable, desde balas hasta discriminación por ser morocho, y que juega a la mancha con la muerte desde que tiene 19 años.
Porque a esa edad Jorge fue a la Guerra de Malvinas. Le faltaban 10 días para dejar la colimba que hacía en el Regimiento 10 Mecanizado, en Pablo Podestá. Ya tenía la libreta firmada para irse en la última baja, pero el destino lo cacheteó con una frase pronunciada por su amigo Mario Soares. Dijo en broma: "Ahora nos queda una semana y la guerra..."
Pocos días después la profecía de su amigo plantaba su bandera implacable y este cocinero del casino de oficiales, sin instrucción de combate, se fue llorando de Podestá, porque no tuvo a quien despedir: los militares, en esa embriaguez bélica sin sentido que condujo a tantos a la muerte y a otros a la vergüenza, no dejaron que los parientes visitaran a los chicos de la guerra.
Y así fue como Fernández desembarcó en Puerto Argentino dos días después, helado de frío, de miedo y de bronca, y caminó los seis kilómetros que separaban por entonces el aeropuerto del pueblo, con una bolsa enorme al hombro, donde estaban las armas que jamás pudo disparar.
Jorge pasaría en una trinchera cerca de Puerto Argentino toda la contienda hasta que fue tomado prisionero por los ingleses y, si bien allá cayeron pocos amigos, casi todos los demás se suicidaron con el tiempo, están locos, son alcohólicos o, como él mismo relató, "están vivos, pero no son de acá, de este mundo". Soares, el agorero que atrajo la gran desgracia, está entre estos últimos.
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