Abusos en la Iglesia: hablan los curas de Mendoza
Mientras la Iglesia Católica acusa a sus detractores por querer quebrantar su fe y su estructura, cada día surge un nuevo indicio, una nueva confesión o la revelación de algún caso oculto que involucra a sacerdotes en casos de abusos sexuales.
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Así planteadas las cosas en el mundo entero, el propio Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, ha tenido que salir a marcar el rumbo al casi medio millón de hombres que ejercen el sacerdocio. En algunos lugares, como en Estados Unidos, las cifras que la Iglesia tiene que abonar por juicios que perdió en la justicia frente a casos de abusos la han puesto al borde de la quiebra financiera. Y en Inglaterra hasta un grupo ha llegado a desafiar al Vaticano, pidiéndole a la justicia la detención del Papa en cuanto pise suelo británico, por los crímenes cometidos por la Iglesia.
Quisimos conocer la opinión de los sacerdotes mendocinos sobre un tema que es crucial y que, aunque no registre antecedentes aquí similares a los que van surgiendo desde los más diversos sitios, preocupa a propios y extraños y, probablemente, condicione la fe de muchos acólitos.
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Esto es lo que le preguntamos a los tres sacerdotes que se prestaron a responder tres preguntas centrales: su opinión sobre los abusos, si conocen casos similares en Mendoza y cómo abordan el tema con sus fieles.
Los abusos
Daniel Forconesi, uno de los dos vicarios generales del Arzobispado de Mendoza confesó que “el tema que usted me plantea lo vivo con profundo dolor”. Tengo que reconocer –continuó- que esto me ha generado una gran consternación. Comparto con miles de personas, dentro y fuera de la Iglesia, la sensación de desazón terrible frente a estos delitos”.
“Inmediatamente -agregó Forconesi- pienso en las víctimas, en su dolor y en la marca imborrable que esto ha generado. Gracias a lo que me toca hacer en la vida he tenido la oportunidad de escuchar a muchas personas, especialmente mujeres, que fueron abusadas en su infancia por familiares directos: abuelos, padres, hermanos, primos o por otras personas”.
Señaló que “al conversar con ellas descubro que, a pesar del tiempo transcurrido, no han podido superar esa situación. Recuerdo sus rostros cargados de un doble dolor: por el mismo abuso y por la relación de cercanía con los abusadores. Imagino, entonces, lo que las víctimas deben sentir al experimentar la traición de la confianza depositada en un sacerdote”.
El hombre, que es un auxiliar de las autoridades eclesiásticas de Mendoza, vale decir, miembro de la jerarquía que gobierna a la Iglesia aquí, consideró que “sin lugar a dudas el abuso de niños es un delito grave, viola la dignidad de la persona y traiciona la confianza que un menor pone en un adulto, en este caso en un sacerdote”.
Además, consideró que “los abusadores deben recibir el castigo que la ley de cada país estipula, pero también debe ser sancionado duramente dentro de la Iglesia. Quien ha abusado de menores no puede ejercer el ministerio sacerdotal”.
Por su parte, un joven sacerdote, Juan Matías Taricco, “el padre Matías”, párroco de Asunción de la Virgen y asesor del equipo diocesano de Pastoral Universitaria, también habló del dolor que le produce la situación.
“No puedo no sentir dolor e indignación frente a los casos publicados por la prensa”, dijo. Consideró luego que “el abuso es un crimen y como tal tiene que ser abordado”. Indicó que “no es fácil tener delante personas que han sufrido este tipo de vejaciones, sin embargo me ha tocado numerosas veces en charlas y confesiones acompañar cosas como éstas”.
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Carlos William Rubia es el párroco de la iglesia del Señor del Milagro y Virgen Niña, pero también es el director de estudios del Seminario Arquidiocesano. Consideró que “los delitos de abuso siempre son gravísimos y causan un daño doloroso a las víctimas”. “Cómo sacerdote –aportó Rubia- he escuchado con dolor a muchas víctimas de abusos; la mayoría trae un peso en el corazón que le cuesta llevar”.
Desde su experiencia personal, “los abusadores han sido, en su mayoría, padres o familiares, lo cual las hiere de un modo particular”.
La actuación de los curas abusadores
El vicario general del Arzobispado, Daniel Fornonesi reconoció en diálogo con MDZ “que en muchas situaciones las autoridades religiosas no actuaron bien. No afrontaron el problema en la gravedad que tiene o no hicieron intervenir a las autoridades civiles como correspondía”. Aceptó que “la respuesta de muchas diócesis no estuvo a la altura de las circunstancias” e inclusive dijo que “algunos obispos han fallado y han cometido graves errores a la hora de aplicar las mismas normas de la Iglesia para estas situaciones”. Por ello, consideró que “también ellos deberán afrontar los procesos civiles y canónicos que correspondan”.
A diferencia de lo que la Iglesia viene sosteniendo en su defensa frente a las acusaciones, Forconesi manifestó que no cree “en la teoría conspirativa de los medios de comunicación contra la Iglesia sobre este tema”. “La denuncia sobre la negligencia de muchas diócesis –analizó- es totalmente entendible y aceptable, pero la acusación generalizada se convierte a veces en ataque desmedido, injusto o agresivo. Muchos miembros al interno mismo de la Iglesia, formulamos esa misma crítica y rechazo a estas situaciones señalado por los medios de comunicación”.
Además, consideró que “mi opinión sobre el tema quedaría incompleta sin una mirada de presente y futuro”. En este punto, Forconesi indicó que “la Iglesia ha tenido que aprender mucho con estas situaciones y deberá aprender mucho más. Nos espera una acción decidida para prevenir y denunciar futuras situaciones, deberemos hacerlo con honradez y transparencia. Sólo así se podrá asegurar la confianza debida a los niños y jóvenes, a las familias y al conjunto de la sociedad”.
Para salir del fango –cosa que cree que es posible conseguir- el sacerdote aconsejó que, “más que nunca la Iglesia deberá propiciar espacios para que sus ministros crezcan como personas sanas, maduras e integradas”.
Por su parte, Carlos Rubia dejó su opinión de que “si los abusadores son sacerdotes, el daño es aún mayor, pues compromete también la fe de la víctima y su vida religiosa”. “Lamentablemente, por lo que hemos sabido acotó Rubia- algunos superiores eclesiásticos no han procedido del modo correcto con los sacerdotes implicados o las víctimas”.
¿Casos en Mendoza?
Forconesi, Taricco y Rubia dijeron desconocer casos de abusos de menores que se hayan producido en Mendoza. “No conozco casos”, dijo el vicario general, Forconesi, taxativamente.
Carlos Rubia manifestó: “No he escuchado, sin embargo ningún caso en que el abusador haya sido un sacerdote y no me consta de ningún religioso de Mendoza que haya cometido delito de abuso”.
Los fieles, frente al problema
Rubia afirmó que no ha recibido consultas ni quejas sobre los casos que trascienden a la prensa por parte los fieles. Forconesi, por su parte, al ser consultado sobre “cómo le explica la situación a la gente”, dijo que “más que explicación ha sido un diálogo cercano y sincero. Cuando ha salido el tema, hemos conversado con transparencia y honestidad”.
“Personalmente –agregó- lo he afrontado con todos los elementos que tiene”, pero, en plural, señaló: “Reconocemos que esta situación difícil se ha dado también en la vida de la Iglesia, pensamos inmediatamente en las víctimas, y en la necesidad urgente que tiene la Iglesia de apartar del ministerio sacerdotal o de la vida religiosa a quienes han cometido estas atrocidades”.
Para Forconesi, “como Iglesia reconocemos un llamado a la conversión, y a la reparación de los daños causados a las víctimas. Pedimos al pueblo de Dios que rece por nosotros, y junto con ellos buscamos con humildad la gracia de Cristo Redentor”.
Mientras tanto, en la experiencia de Rubia, “más que consultas, he compartido inquietudes y dolores con personas cercanas de las comunidades”. “No puedo decir que haya ´explicado´ -dijo- creo que esto sólo puede explicarse desde la enfermedad psíquica o el pecado”.
La voz de la experiencia
Finalmente, Forconesi –de los tres, el más antiguo- dijo que “no puedo dejar de agradecer la vida y entrega de tantos consagrados, que han sido y siguen siendo fieles a su vocación, sirviendo a Dios, a sus comunidades y la misma sociedad”.
Nos contó que “desde mi primer acercamiento a la vida de la Iglesia hasta hoy, que han pasado casi treinta años, tuve la oportunidad de conocer gente maravillosa, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos que me han dejado un testimonio enorme de amor y entrega”.
“Confieso –concluyó- que ante cada una de las noticias de los delitos cometidos, pienso en esta buena gente, y esto me da esperanza de seguir caminando y ofreciendo el ministerio que se me ha confiado”.