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La aventura hedonista de una generación que cayó junto al “Madoff mendocino”

Ya conocimos una parte de la historia que MDZ dio en llamar como "el caso Madoff mendocino". La investigación judicial de una maniobra que habla de decenas de estafados. Ahora hablamos de las víctimas: una generación de jóvenes que decidió (mal) en dónde poner su dinero.

Quisieron salvarse solos, criados bajo la influencia del individualismo que obnubilaba a tantos en los años '90 y terminaron hundiéndose juntos, “solidariamente”, frente a una estafa.

Una experiencia fuerte, dolorosa y, ojalá, aleccionadora.

Son los jóvenes adultos que pusieron su dinero a rodar en la fábula creada por Jesús Sarmiento, “el Madoff mendocino”, quien ahora es investigado por la Justicia frente a la presunción de que es el cerebro de una gran estafa.

Se puso el acento en quien señalan como estafador, pero ahora hay que dar vuelta la vista y mirar a la cara de una generación que creció bajo los efectos del espejismo de la Argentina de los últimos 20 años, la mitad de los cuales estuvieron signados por la cultura menemista: el “uno a uno”, hedonismo, éxito instantáneo, luces de frente, brillo social y poder económico.

Se les acabó en el calendario político cuando los argentinos se dieron cuenta de que aquello que brillaba no era oro. Pero quisieron reintentarlo como experiencia propia, sin ver más allá de lo que sus personalísimas intenciones le dictaban como objetivo.

Tienen entre 30 y 40 años y quien los llevó hasta el precipicio los encandiló con tan sólo 28 años. Contra lo que muchos creen, quienes se anotan como presuntas víctimas del nuevo “Madoff” telúrico no son los protagonistas de alguna serie de Sony destinada a ensalsar la belleza y la astucia neoliberal, sino mendocinos, “menducos” de carne y hueso sucumbieron a la tentación de tener más sin que les sudara la frente.

A medida que aparecen en privado sus nombres, queda en claro que se trata de los integrantes de una generación de la que muchos esperamos ver nacer a la futura dirigencia empresarial, política y deportiva que sacara a Mendoza de la permanente decadencia.

Erróneamente, pensamos que con borrar del mapa electoral a quienes importaron por “un peso igual a un dólar” la cultura del individualismo exacerbado, estaríamos inoculando su siembra. Pero aquí está la cosecha. Fue una siembra a largo plazo.

Estos jóvenes no fueron tentados a poner su dinero para hacer girar los engranajes de la producción ni lo invirtieron en proyectos que pudieran ponerle un freno a la miseria. Lo hicieron parte de la miseria y lo colocaron  a multiplicar la “plata dulce”, esa que empalaga solo al que la tiene mientras le amarga la existencia a mucha otra gente.

Malvenida sea la tremenda estafa si se comprueba judicialmente que de eso se trató, finalmente.

Pero adviértase, por la salud de una Mendoza que no sólo no logra salir a flote sino que cada vez parece estar peor, la orfandad de esperanza que genera el conocer a qué menesteres estuvo dedicada una generación de jóvenes encandilados y equivocados, mientras aguardábamos su presencia en otro lado, en proyectos distintos, con objetivos bastante más colectivos.

Hay un efecto físico cuyo término es muy usado en la educación: resiliencia. Define a la capacidad de salir del pozo, de la crisis, aunque sea su profundidad amenace con dejarnos enterrados.

Esa es la capacidad a la que deben aspirar los engañados de esta maniobra financiera y, al recapacitar, darse cuenta que Mendoza necesita hoy más que nunca a gente despierta y con capacidad de mirar a su alrededor con las ganas de tender una mano, solidariamente.