Presenta:

Elsa, los osos y el comisario

"La recién llegada se incorporó y, como una verdadera artista, retrocedió un par de pasos para contemplar su obra. Inmediatamente, al alzar la vista, advirtió, por la ventana aún sin cortinas, que a escasos tres metros, desde la ventana de la cocina del departamento vecino, una anciana, inamovible, la observaba".
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La tan ansiada mudanza había llegado. Valeria, Santiago y la pequeña Sofía estaban ya desembalando cajas en el quinto piso de una de las tantas torres de Mitre y Pellegrini. Sin finalizar esta tarea, al segundo día, Valeria comenzó con la primera mano de pintura a la bajo mesada, “algo viejita pero sólida, de las que ya no vienen”.

Con el mueble de cocina renovado casi en su totalidad, la recién llegada se incorporó y, como una verdadera artista, retrocedió un par de pasos para contemplar su obra. Inmediatamente, al alzar la vista,  advirtió, por la ventana aún sin cortinas, que a escasos tres metros, desde la ventana de la cocina del departamento vecino, una anciana, inamovible, la observaba.

Con el pincel aún en alto, Valeria atinó apenas a un incómodo hola.

- Hola mijita. ¿Son nuevos?
- Sí, nos mudamos ayer…
- Ah, yo vivo acá desde hace mucho, sola. Me llamo Elsa
- Yo Valeria, mucho gusto
- Y ese que está atrás suyo, ¿es su marido? ¿Usted es casada?
Luego de voltear la cabeza:
- Detrás de mí no hay nadie, pero sí, vivo con mi marido, Santiago y mi hija Sofía, la que, precisamente, ya tengo que ir a buscar al jardín.
- Yo, a usted, la voy a querer mucho mijita. El otro día había unos osos en su ventana.
- ¿Cómo dice? ¿Osos?
- Si, a veces son osos, a veces hombres. Acá, en mi casa, aparecen siempre.

 Apurada, pero en un tono cálido y comprensivo,  Valeria  le devolvió:

- Bueno abuela, no se haga problema; ya voy a avisarle a mi esposo para que esté atento. Voy a seguir con lo mío, sino no voy a llegar a tiempo a retirar a Sofi. Nos vemos después.

Durante la improvisada cena, aquel diálogo con Elsa fue apenas una anécdota a la que Santiago, entre risas, atribuyó al mal uso de los medicamentos, en ambas.

Al día siguiente, la joven pareja continuó desempacando, abriendo cajas y buscando el mejor lugar para sus pocos muebles. La pausa, que llegó entrada la noche, fue interrumpida por unos golpes a la puerta. Al abrir, Elsa estaba allí, luciendo una postiza y enorme sonrisa para su anguloso rostro, notoriamente delgada, pero con la energía suficiente para empujar su bastón, que finalizaba en tres patas, al interior de la vivienda

- Hola mijita, ¿Puedo pasar? ¿Me puedo sentar? Con 88 años, entenderá, no puedo estar mucho tiempo parada.

- Hola Elsa. Si…, adelante, siéntese– soltó Valeria mientras, sin salir de la sorpresa, acompañaba a la visitante en su recorrido hasta la silla más próxima.

Sofía, sin parpadear ni dejar de sorber la cañita de su vaso de jugo, seguía cada lento movimiento de la anciana. La dueña de casa, rápidamente, le ofreció algo de beber y comer.

- No gracias. En realidad he venido porque a mi cocina han vuelto todos esos hombres y temo que me hagan algo, están siempre moviendo cosas de la casa. Me gustaría que su marido me acompañe y los eche. Al que más odio le tengo es al que silba esa música horrible, esos tangos. A mi finado marido y a mí nunca nos gustó el tango. Somos gente buena, yo soy buena.

Sin dejar de cruzar inquietas miradas con los otros dos habitantes del hogar, Valeria preguntó:

- Elsa, ¿no tiene usted alguien que la cuide?
- Mi hijo de vez en cuando me manda una chica, pero no me duran.
- No debería estar sola.
- Prefiero,  esas son todas iguales, no son buena gente. ¿Me puede acompañar su marido Desearía que me ayude a correr la lona del balcón. Está como agarrada y yo no tengo fuerza. Además hay unas macetas que debería correr, para que les diera el sol, pero con ellos ahí no me animo.

El piadoso gesto de Valeria convenció a su marido, el que, con Elsa del brazo y disimulando su fastidio, emprendió la lenta vuelta al departamento contiguo. En el trayecto, el involuntario caballero vio como desde otra puerta, sin quitar la cadenita que la une al marco, otra vecina  observaba la escena.

Una vez dentro de la vivienda, el acumulado olor a encierro y el monocromático ocre oscuro del ambiente impusieron a Santiago la necesidad de acelerar su misión, sin reparar en detalles.

- Elsa, no se preocupe, si acá hubo alguien ya se fue. Veamos el asunto del balcón.
- Ya van a volver…y ese que silba…
- Si llega a suceder me avisa. Abramos el balcón.
- Ahora se esconden porque está usted ¿Quiere galletas? Yo soy buena.
- No Elsa, Gracias, quiero echarle un ojo a esa lona y volver a cenar.

Efectivamente, una de las argollas de la descolorida y resquebrajada lona estaba trabada por un alambre. Para facilitar el trabajo, dejando de lado su histórico vértigo, Santiago subió a una banqueta y comenzó a forzar.  A los pocos segundos escuchó la voz de Elsa.

- ¿Quiere galletas? Yo soy buena.

Al voltear para ofrecer un nuevo y rotundo no, advirtió que la anciana estaba a pocos centímetros de él, volcando el peso de medio cuerpo sobre su bastón, mostrando su excesiva sonrisa marfil y alcanzándolo, desde abajo, aunque sus ojos parecían erráticos como los de un ciego, con una asertiva mirada. El brusco tirón de Santiago alcanzó para destrabar la cortina y, al mismo tiempo, pegar el salto que lo devolvió a tierra firme.  Luego, un pequeño y rápido esfuerzo con el pie fue suficiente para reacomodar las macetas con mustios malvones y emprender, por fin,  la vuelta a casa.

Ya en el pasillo, a sus espaldas,  otra voz sonó:

- Evítese un disgusto. No entre más a lo de esa vieja loca. Ya hemos tenido problemas con ella en el piso. Uno va ayudarla y después dice que le han robado alguna cosa.

Se trataba de Norma, la vecina curiosa que, desde su puerta, había espiado el paso de Elsa y Santiago. Algo irritado y ya hambriento el joven preguntó:

-¿No hay alguien que se haga cargo de esta señora? ¿Nadie viene a verla?
- Si, su hijo. Ahora está retirado, pero fue comisario en los buenos tiempos.
- ¿Qué buenos tiempos?
-  El de los milícos, nene, ¿cuál va ser?
-  Ya veo. Gracias por la advertencia. Buenas noches.

Sin devolver el saludo y  abandonando el repentino tuteo:
-  Dígame ¿usted alquila o….?
- Buenas noches.

Fue precisamente Norma la que, un día después golpeó la puerta de los nuevos vecinos con la fresca y buena noticia. El hijo de Elsa, en una de sus esquivas visitas, trajo una joven para que, “de hoy en más”, se haga cargo de los cuidados de la anciana.  Valeria y Santiago respiraron aliviados.

A la mañana siguiente, mientras Valeria ponía el agua para unos mates, desde la cercana cocina de Elsa llegó el grito de la joven.

-Vieja de mierda ¿Cómo me hacés una cosa así? ¿Sos loca?  A mí no me ves más el pelo.
 
A los pocos minutos, el fuerte y seco portazo, además de inaugurar preguntas, auguró días difíciles. Durante un par de noches de esa misma semana, pese a las advertencias de Norma, y con la sola intención de que la ya molesta y casi diaria presencia de Elsa no se extendiera en su hogar hasta tarde, Santiago tuvo que acercarse a la casa vecina para marcar presencia frente a “unos hombres que, luego de mover algunos objetos,  desaparecían  bajo el sillón, un par de osos y el siempre molesto silbador de tangos”.

Una nueva semana echó a andar y regaló a la pareja cuatro días sin sobresaltos. Llegada la noche del viernes, con Sofía ya durmiendo, el humilde programa consistía en destapar  aquel debido Malbec roble y  ver  “esa de Kim Ki-duk, que tanto promete”. La mesa estaba servida y la película a punto de rodar cuando la puerta pareció caerse abajo por los golpes. Sobresaltada y descalza, Valeria corrió a atender. Era Elsa.

- Mijita, ayer vine y no estaba, ¿adónde fue. Necesito que venga ya a mi casa.
- Elsa, no lo tome a mal pero estoy ocupada, estaba por…
- No, le digo que venga conmigo. Están ahí. Yo a usted la quiero mucho.
- Pero Elsa, no puedo. Por qué no vuelve  a su casa y se tranquiliza
- ¡Puta, te digo que véngas!– mientas, desencajada, comenzaba a golpearle los pies con las tres patas de su metálico  bastón.
- ¡Elsa Basta! ¡Me duele!
- ¡Son todas iguales!

Alertado por los gritos, Santiago llegó rápidamente, apartó a Valeria y, como tantas veces, pero con más fastidio que de costumbre y sin emitir palabra,  se lanzó por el pasillo con Elsa del brazo. La anciana no paraba de hablar, pero poco importó; él tenía una sola cosa en mente: contactar de forma urgente, y como fuera, a aquel esquivo hijo, por más comisario, retirado y “buenos tiempos” que fuera. Era imperioso que éste se hiciera cargo de la situación.

Nada de esto hizo falta. Al día siguiente, durante la siesta, Norma lanzó una primicia que parecía quemarle la boca: “Esta mañana, cuando ustedes no estaban, en el más absoluto de los silencios, vinieron a buscar a Elsa. Se la llevan, parece, a vivir con ellos”. La pareja no lo creyó hasta que dos días después, al salir del ascensor, en medio del pasillo, Norma les presentó al hijo de Elsa, el que, junto a otros dos hombres, “vino por todos los muebles de su madre”. Evidentemente había perdido cabello, cintura y el negro de su bigote, pero el tono de sus indicaciones, que Norma repetía admirada y como si hiciera falta, daba la sensación de que nunca se había retirado. Se fue sin saludar. Era la paz.

Al inicio de ese fin de semana llamó Paula, una entrañable amiga de Valeria,  que quería acercarse a conocer y brindar por el nuevo hogar de la pareja. El encuentro se acordó para la noche de ese mismo sábado. Casi puntual, la invitada golpeó a la puerta. Traía  abrazadas un par de botellas y alguna que otra bolsa “con algo para picar”. Mientras dejaba de a una las cosas sobre la mesa comentó:

- Menos mal que justo venía entrando al edificio tu vecino de al lado, me sostuvo la puerta y me abrió el ascensor.
- ¿Qué vecino de al lado?-  preguntó Valeria, recordando que  pegado al suyo  el único departamento es el recientemente desocupado por Elsa, y del otro lado está sólo la escalera principal del edificio.
- El de acá al lado, mujer- señalando con la cabeza el departamento de Elsa.
- ¿Tan rápido tenemos vecino nuevo?- mirando a Santiago
- Parece que él a ustedes ya los conoce, fue quién me indicó cuál era la puerta
- ¿Cómo es?
- No sé, flaco, alto, cero onda para vestirse, pero muy alegre. Me dijo como en broma que ojalá los amigos que esperaba hoy se acordaran como yo de traer vino. Cuando recién me abriste te hubieras fijado, entraba justo a su departamento. ¡¿Me vas a decir que no lo escuchaste?!; estaba silbando fuerte, creo que un tango.

Santiago no aguantó la curiosidad. Valeria no se animó, se quedó pegada a su puerta junto a Paula, quien volvió a señalar con la cabeza. Sí, no había dudas, era la puerta de Elsa. Frente a ella, Santiago se agachó, de a poco, hacia la cerradura esperando ver algo que corroborara la presencia de alguien. Todo estaba oscuro, sin ruido. Tomó coraje y, volviendo la mirada hacia las dos amigas asustadas, golpeó la puerta, insistió, pero no atendió nadie. Esa noche fue larga y faltó vino.