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Pequeño alguien

El psicólogo Gastón Cottino reflexiona en esta columna sobre las formas de la violencia y los casos que se dan durante la edad infantil.
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“Nos portamos mal” dicen los chicos; “pórtense bien” les dice un grande; “violencia escolar” denuncia otro grande e incluye a los adolescentes en el asunto; “vivimos en zozobra” se lamenta un argentino medio. “La violencia gana las calles” se lee en un periódico que confunde la fecha de emisión en algo más de veinte años y que grita hoy lo que silenció entonces… tan lejos y tan cerca. “Es un trastorno de conducta”, el niño, “es un trastorno de conducta” decimos los psicólogos; “es un TDH” dice otro colega con ojos de cápsula.

Las ficciones de la violencia, las del amor, así como las de cualquier pasión, admiten ser escritas no sólo en lo individual sino también en otras formas del lazo, sea una pareja, una familia, un grupo e, inclusive, toda una sociedad. Esta vez el protagonista puede ser un niño pero, si siguen un poco el relato, verán que la diferencia entre niños y jóvenes, en lo que respecta a este tema, tiende a hacerse porosa en algunos momentos.

Conocemos a Pequeño Alguien. Entonces contar su historia no presenta complejidades: Pequeño Alguien hace cosas que no se hacen en la escuela, ni en la casa, no se queda quieto, molesta, golpea, usa indebidamente la cuchilla del sacapuntas y es contestador cuando se lo reta. Pequeño Alguien se siente libre en una plaza o en una esquina y  lo juzgamos demasiado chico para algunas cosas. Pequeño Alguien libre en una plaza, desatado, dejando corretear las ansias que le explotan cuando está entre paredes.

Un adulto llamado Responsable le hace pisar el palito y Pequeño Alguien llega a otras cuatro paredes, en este caso un consultorio, se sienta y nos mira. El adulto llamado Responsable pasa lista a todo lo enumerado en el párrafo anterior y mientras nos habla mira a Pequeño Alguien, con el dedo índice un tanto inquieto. Pero como era de esperar, el inquieto es el niño, entonces se levanta, pide ir a jugar al fútbol, a lavar sus culpas con la pelota. El patio de la Institución se convierte en el Purgatorio.

Pero la nube del patio se ahueca y el niño cae al asfalto de sus diabluras con las que fastidia al prójimo. Volveremos a verlo pero esta vez intentaremos escucharlo. Escucharlo a él, aunque le eche la culpa al otro, aunque niegue antes de hablar, aunque enmudezca antes de ser callado. Sentados, frente a él prestaremos la oreja para otra historia. Historia en la cual seguramente los adultos llamados Responsables iremos cobrando cada vez más protagonismo.

Así la ostentación de la cuchilla del sacapuntas y las trompadas pasan a ser menos un asunto de códigos que mensajes dirigidos a un otro, compañero, hermano, amigo y enemigo. Y las contestaciones dejarán de ser meras irreverencias para convertirse en palabras que descubran las fallas en las funciones que ejercemos los padres, maestros y demás encargados de su bien-crecer.

Si le hacemos suficiente lugar a la historia de Pequeño Alguien, de a poco, como susurrado, iremos escuchando otro relato. Ya sabemos que historizar las pasiones puede enlazar lo individual a lo colectivo y que los jóvenes se permiten soñar como si fuesen niños, aquellos sueños con los cuales transformarán la realidad, como si fuesen adultos. 
Otro relato surge con la fuerza de los gritos pero que son voces, miles de voces en las calles, en las universidades, en los colegios, en las fábricas, en las plazas, discutiendo, acordando, ardiendo de vida.

Miles de jóvenes escondiendo sus suspiros, declarando sus ganas, jugándose el amor a las corridas.

Pequeño Alguien recordará entonces que un posible amigo, otro Pequeño Alguien, lo imaginó hace más de veinte años, viviendo sin tener que soportar lo siniestro de un Estado cuando ejerce “una violencia que gobierna”, como diría Walter Benjamin. Un Pequeño Alguien que se declara fervientemente Responsable de haber militado contra una violencia que se ejerce en los múltiples puntos de un sistema profundamente injusto.

Diversas violencias y diversas heridas hechas por un mismo cuchillo, y los mismos puños de siempre. Hoy la historia no se repite. Los Grandes y “Pequeños Álguienes” tienen la palabra. De pie y con la voz en alto, sentados junto a ellos, nuestras orejas, nuestra memoria y nuestro corazón comienzan a tejer una trama en el mudo vacío, también llamado Terror.

Y vaya este cuento como addenda o final en cajas chinas. Dice Slavoj Zizek en su libro “Sobre la violencia”: “Hay una vieja historia acerca de un trabajador sospechoso de robar en el trabajo: cada tarde, cuando abandona la fábrica, los vigilantes inspeccionan cuidadosamente la carretilla que empuja, pero nunca encuentran nada. Finalmente se descubre el pastel: ¡lo que el trabajador estaba robando son las carretillas!”. 

Así entonces, al ojo atento a las transgresiones de nuestro Pequeño Alguien siempre le corresponderá una ceguera ante aquello que de tan evidente no se deja ver. Será tarea de cada uno el percibir las carretillas que día a día pasan frente a nosotros.