ver más

Historias de familias mendocinas

Hubo cenas donde ella, con una bronca acumulada de semanas, le terminaba partiendo una botella de cerveza en la cabeza ante la impávida mirada de los invitados. Era el momento en que había que retirarse, de lo contrario uno también la ligaba.

El francés caminó decidido hacia la cocina y fue, con sus ojos inyectados en sangre, a ganar del aparador la Hesperidina. Se sirvió un trago largo puro, tibio, y se lo tomó de un solo saque. Ya estaba borracho, había llegado del casamiento de su amigo Hilario Costas, un puestero de Lavalle, luego de 3 días de juerga. El problema es que el francés fue solo a esa pantagruélica fiesta, y su mujer, La Matilde, ni siquiera sabía dónde hallarlo. Es que el francés era así, un tipo testarudo, ansioso y bastante egoísta con su pareja, pero de buen corazón con sus relaciones amistosas. Se escapó, eso hizo el francés, escaparse por tres días de su casa, de su cotidianeidad, de su infierno. No era la primera vez que lo hacía, pero sí la última.

La Matilde, era una mujer más bien condescendiente –de esas que su bronca peregrina por dentro como un tornado hasta que detona-, generalmente nunca lo contradijo al francés, un karma que llevaba desde aquel día que lo conoció en un recital de los Kinder Videla Mengüele en el SARCU, a fines de los ochenta. No puedo decir que vivieron siempre a los palos porque tuvieron sus momentos felices, como toda pareja, sobre todo cuando se perdían de la ciudad y se refugiaban en una carpita en la montaña, por varios días. Sin embargo la estructura de la relación tenía una base conflictiva; él con sus adicciones a las drogas y al alcohol, y ella, especialmente al alcohol. Se peleaban, discutían y se cagaban a trompadas. Los dos se pegaban. Así resolvían sus pareceres contrapuestos.

Hubo cenas donde ella, con una bronca acumulada de semanas, le terminaba partiendo una botella de cerveza en la cabeza ante la impávida mirada de los invitados. Era el momento en que había que retirarse, de lo contrario uno también la ligaba. Eso le pasó a Paco –un amigo en común- la noche que intentó separarlos de una peleona de aquellas, agarrados de los pelos ellos, completamente ebrios; y Paco, por gritarles y tironearlos, terminó cual gato apaleado en el piso por los dos, por meterse en lo que ellos sacramentaban “la intimidad de la pareja”. Por pegarle a Paco esa noche, el francés y La Matilde terminaron abrazados y perdonándose, cogiendo bajo las estrellas en el colchón que subían los veranos al techo de la casa, ubicado al lado del tanque de agua, prometiéndose que “nadie se metería en su vida privada”, y claro, “amor eterno”.

Estaban bien locos los hijos de puta. Pero en su locura el francés siempre terminaba girando el destino de las horas a su favor, y La Matilde -tal vez por su baja autoestima o por no cortar con la relación definitivamente-, confirmando bajo palabra jurada. Nunca tuvieron hijos, según decía él: “Matilde no podía”; según decía ella: “el francés era infértil”. Típico. Matilde era una buena trabajadora como cajera del supermercado Camenforte. Tenía, a pesar de sus locas noches con el francés, una admirable disciplina con los horarios. No fallaba, no faltaba nunca a su trabajo. Mientras, el francés, siempre fue un bardo. Se bandeaba en los trabajos y por faltar lo echaban a los quince días. Tenían la suerte de alquilarle, por poca plata, a una tía del francés que quedó viuda sin hijos y con un par de propiedades demás, una gran casona en Dorrego bastante derruida. El francés fue huérfano cuando niño, criado por sus abuelos y sin hermanos, la tía lo tuvo siempre en cuenta y le daba una mano económica cuando al francés se le venía la noche. “Por lo menos que no le falte un techo”, decía, su tía viuda.

La malaria perseguía al francés porque con sus changas no alcanzaba para bancar siquiera la comida mensual. Pero La Matilde cubría. Tenía espaldas y siempre, con imaginación y haciendo economía, había un plato de carbonada caliente, unas lentejas o una sopa con huesos. Eso sí, nunca faltaba la damajuana de 10 litros en la casa. El vino era calmante a eso de las 7 de la tarde pero pendenciero llegando a las 10 de la noche. Y así, se fueron consumiendo la vida que les duró una efímera temporada de 13 años hasta que llegó la mañana fatídica que cambió para siempre el rumbo de sus vidas.

Como rezaba Atahualpa, “En las arenas bailan los remolinos” y el francés encajaba en esa metáfora cuando se escapaba para Lavalle a visitar a su amigo Hilario. Asando chivos y chanchos, bebiendo vino patero del olvido, el francés terminaba bailando entre remolinos de arena. Y cuando el sol caía sobre la planicie Huarpe, solía caminar hacia la nada hablando solo, en compañía de su peor enemiga: su mente. Torpe al andar terminaba boca abajo como si un rayo lo hubiese fusilado en plena noche de tormenta. Y hacia allí iba Hilario, a rastrearlo para que no se lo comieran los caranchos y devolverlo a la vida arriba del caballo, como un Cid Campeador que ya no asustaba ni a los árabes.

La Matilde quería darle un hijo al francés y no tuvo la mejor idea que embarazarse de Paco, uno de sus amigos que visitaba día por medio la casona de Dorrego. No sabremos nunca si fue una forma de venganza o un sentimiento genuino el de La Matilde, pero lo hizo. En una de las escapadas del francés a Lavalle, que siempre duraban tres días cuanto menos, La Matilde se encamó con Paco, sin decirle el fin de su acto. Paco cayó bajo trampa. La Matilde era una morocha hermosa de tetas prominentes y un culo regordete, excitante. Era difícil resistir a mirarle su andar de espalda. Esa noche, la del encame con Paco, La Matilde tuvo que emborracharse para animarse y Paco la acompañó con gusto en los tragos. Pero no se percataron que si se quedaban dormidos, a la mañana siguiente, el francés podía aparecer por la casona. Y eso fue lo que sucedió. A eso de las 12 del mediodía de un domingo crudo, el francés llegaba mal dormido y de resaca de Lavalle del casamiento de Hilario Costas. La puerta estaba sin llaves y ello tornó más silenciosa su entrada. El francés se dirigió a la pieza a morir por unas horas y vio lo que nunca habría querido ver.

Entonces fue que el francés caminó decidido hacia la cocina y fue, con sus ojos inyectados en sangre, a ganar del aparador la Hesperidina. Se sirvió un trago largo puro, tibio, y se lo tomó de un solo saque. Luego se dirigió al estante de los cuchillos a elegir uno de los que su amigo Hilario le había regalado para los asados, ¡Ojo! le había advertido en aquella oportunidad como si de una premonición se tratara, “a los cuchillos los carga Hilario”.

Destrozado su corazón, guió sus pasos a la habitación donde yacían los cuerpos, y en un aluvión desenfrenado acuchilló a Paco y La Matilde que no pudieron ni reaccionar. Y, para cerrar la trágica mañana, roció con kerosene toda la pieza y la prendió fuego, ardiendo, el francés, con ellos.