|
La infancia del Niño Jesús
Para los primeros cristianos Jesús no es un niño modelo, sino un niño prodigioso, travieso y vengativo: da vida a la materia inanimada, un cráneo se pone a hablar y los pájaros de barro vuelan. Es un niño con poderes mágicos. Pero es un niño con rabietas y caprichos, como todos los niños.
La literatura cristiana comienza a escribirse menos de un siglo después de la muerte de Jesús. Sus seguidores no tardaron en empezar a contar, o a inventar, momentos y anécdotas que los evangelistas obviaron en sus textos ya fuera porque no les parecieron relevantes o, simplemente, porque las desconocían.
-
Te puede interesar
Guaymallén modifica recorridos de colectivos por obras en calle Alberdi
A los primeros cristianos debe haberles parecido imposible que Jesús, el prodigioso, aquel que se decía hijo de Dios, no hubiera tenido una infancia tan admirable como el resto de su vida de adulto
Para honrarlo, para destacar su humanidad y la dimensión de su sacrificio, atribuyeron al Jesús niño actos milagrosos y aventuras plenas de maravillas.
Con el objeto de brindar una versión oficial de la vida de Jesús, de sus contemporáneos –su familia y sus apóstoles-, la Iglesia estableció 400 años después de su muerte una primera versión de la Biblia.
Se trataba de una suerte de antología de los muchos textos religiosos existentes, cuyo contenido inclusive hoy difiere entre las versiones de las iglesias católica, protestante y ortodoxa griega.
Durante aquellos primeros siglos del cristianismo, aquellos textos fueron revisados, estudiados y ampliados en obras devotas para justamente conseguir una historia oficial de la vida de Jesús y se descartaron otros considerados apócrifos, entre ellos algunos evangelios –como el de Judas y el de María Magdalena- y crónicas consideradas dudosas. Siglos después llegaría la literatura para reescribirla desde otras perspectivas, tal como lo hicieran Giovanni Papini, Ernest Renan, George Elliot, Nikos Kazanzakis y José Saramago, entre otros.
Inclusive la teología islámica está llena de referencias a Jesús y a su vida ya que el Corán lo considera un profeta al igual que a Moisés.
El Niño Jesús de los textos no oficiales no es un niño modelo. Es un niño prodigioso y travieso: da vida a la materia inanimada, los ídolos se derrumban a su paso, un cráneo se pone a hablar y los pájaros de barro vuelan. Es un niño con poderes mágicos. Pero es un niño con rabietas y caprichos, como todos los niños. Por ejemplo, en muchas de las historias Jesús fulmina a sus compañeritos con un rayo por negarse a jugar con él.
Esta humanidad de Jesús fue rechazada por muchos fieles que se negaban a asumir la doble condición de “hombre divino” que está en la base de la religión cristiana. De ahí que muchos textos, considerados apócrifos, fueran rechazados y progresivamente olvidados.
Compartamos algunas de las anécdotas del Niño Jesús, portándose bien y mal, como un niño.
La virgen preñada y el nacimiento
Sirat at-Sayyid al-Masih escribe en el siglo XII en su texto La virgen preñada: (…) “Cada vez que estaba sola y que no había nadie conmigo, yo conversaba con él y él conmigo, mientras todavía estaba en mi seno”.
En el Protoevangelio del siglo II se cuenta que José buscó a una comadrona hebrea para ayudar a parir a María. Al encontrarla le dijo que era su prometida, no su esposa y le contó que ella había concebido por el Espíritu Santo. La mujer lo acompañó a la cueva donde María esperaba y cuando llegaron vieron que una nube “se convirtió en una intensa luz en la cueva, tan intensa que sus ojos no pudieron soportarla. Pero la luz disminuyó poco a poco hasta que apareció el Niño y mamó del pecho de su madre”. La matrona arrebatada salió de la cueva y se encontró con Salomé, quien no le creyó lo que la matrona le contaba y demandó una prueba. Juntas regresaron donde estaba María con el Niño, y Salomé obtuvo la prueba de la virginidad de María pero una de sus manos se secó. Al implorar, un ángel le dijo que tocara a Jesús; así lo hizo “y de inmediato Salomé fue curada”.
El cráneo que habla y los tres soles
Otro comentarista árabe, Siraj al- Muluk, escribe el siglo XII esta bella escena: “En uno de sus viajes, el Jesús niño pasó junto a un cráneo en descomposición. Le ordenó que hablara. Dijo el cráneo: `Espíritu de Dios, mi nombre es Balwan ibn Habs, rey de Yemen. He vivido mil años, he engendrado mil hijos y he desflorado mil vírgenes, he puesto en fuga mil ejércitos, he matado mil tiranos y he conquistado mil ciudades. Que quien escuche lo que digo no se sienta tentado por el mundo, pues éste no ha sido otra cosa que el sueño de alguien que duerme´. Jesús lloró”.
Imaginativo pero convencido, Jacopo de Voràgine cuenta en La leyenda dorada (siglo XIII) que el nacimiento de Jesús se produjo 6.000 años después del de Adán; ofrece cinco pruebas irrefutables de la virginidad de María, entre ellas la de que tal como lo profetizó el oráculo de Apolo, la estatua de Rómulo en Roma se desmoronó el día del nacimiento de Jesús y detalla la caída de otras estatuas de dioses paganos en todo el imperio romano; argumenta cómo se unieron Dios y el hombre, la maternidad y la virginidad después del parte y la fe con el corazón para explicar el milagro del nacimiento del niño; desarrolla cómo su llegada a este mundo fue inmediatamente conocido por las piedras, plantas, animales, hombres y ángeles. Y soles, claro. “Ese mismo día tres soles aparecieron en el Este y gradualmente se unieron en un solo cuerpo solar”.
Lucas narra en su Evangelio que José, María y Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Pascua, pero cuando Jesús tenía doce años se les escabulló, lo buscaron tres días hasta que “lo hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles”. Ante la demanda de su madre él le dijo con toda la despreocupación de un adolescente: “¿Qué hay? ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de son de mi Padre me conviene estar?”.
Alá habla con Jesús
En el Sura 5 de El Corán, Alá habla con Jesús y le pide que recuerde que la gracia de predicar a los hombres estando en la cuna, la sabiduría que adquirió mediante la escritura y la lectura de la Torá y el Evangelio, el darle vida a los pájaros de arcilla con un soplo, la curación de ciegos y leprosos y el poder de resucitar a los muertos son dones que posee sólo por su anuencia.
Y el Sura 19 se relata la concepción divina de María, el parto sola y debajo de una palmera. Cuando se presenta ante el pueblo llevando a su hijo en brazos, es interrogada y ella señala al niño, quien habla y dice: “Soy el siervo de Dios. Él me ha dado el Libro y hará de mí un Profeta. Seré bendecido por Él dondequiera que me encuentre (…). Fui bendecido cuando nací y bendecido seré cuando muera; y que la paz esté conmigo cuando sea resucitado”.
En Historia de José, el carpintero, un relato anónimo del siglo VII, se cuenta que Jesús resucitó a otro niño que había sido mordido por una serpiente. José tomó por la oreja a su hijo y lo retó diciéndole. “Sé prudente, hijo”. Y Jesús le reprochó: “Si no fueses mi padre según la carne, te haría ver lo que acabas de hacer”.
De pañales y aguas milagrosos
La historia de la infancia de Jesús, el primer evangelio de la infancia de Jesucristo, del siglo IV, traducido y publicador por Henry Sike en 1697, y La vida de Jesús en árabe, documento anónimo del siglo XIII, tienen centenares de anécdotas en común y ambos son pródigos en escenas de la vida del Jesús Niño.
Por ejemplo, entre las muchas historias de demonios acorralados por el Niño, se relata que apenas iniciada la huida a Egipto de José, María y Jesús pasaron por un pueblo donde el hijo de tres años del sacerdote estaba poseído por varios demonios, pero el niño en plena crisis tomó uno de los pañales de Jesús, se lo puso sobre la cabeza y “en ese mismo instante los demonios abandonaron su cuerpo como cuervos y huyeron”.
El Niño Jesús es infalible tanto en lides demoníacas como en metamorfosis y sanaciones de todo tipo. En este mismo se cuenta cómo volvió a su forma humana a un hombre que había sido convertido en mulo al sentarse sobre él; cómo moribundos, ciegos, mudos y leprosos se curaron, en distintos episodios, con sólo tocar el agua en que María había bañado al bebé, la túnica o los pañales del lactante; y cómo un hombre impotente recuperó su virilidad después de que la familia durmió en su casa.
Quizá uno de los relatos más llamativos por su violencia y su cuota de venganza es el que describe cómo una mujer, cuyo bebé había muerto, intenta matar a Cleofás, el hijo de otra que se había salvado gracias a la acción del agua del baño de Jesús. La madre asesina arroja a Cleofás a un horno encendido primero y al pozo de agua después; en las dos ocasiones el niño flotaba sobre el fuego sin quemarse y sobre agua sin ahogarse, “tocado por Jesús”. Ante los reclamos de la madre buena, María le dice: “Cállate, Dios te vengará”. Horas después, encontraron a la mala madre ahogada, con la cabeza rota, adentro del pozo. Dios es eficaz cuando quiere, parece.
Metamorfosis y magia
También en ambos textos anónimos se relata que a los siete años Jesús hacía figurillas de animales con arcilla junto a sus amigos y dijo, refiriéndose a sus estatuillas: “Si les ordeno que caminen, caminarán”. Y cuando lo hizo, las figuras cobraron vida: corrieron, volaron y hasta comieron de sus manos. Los demás niños recibieron la recomendación de sus padres de que no se juntaran con Jesús, porque era un mago.
Pero el día que los niños se escondieron de él y sus madres mintieron diciendo que eran cabritos, los convirtió en cabritos y le ordenó jugar con su pastor, o sea, él. Las mujeres, atónitas, se arrodillaron ante Jesús y le pidieron perdón, quien las amonestó, les devolvió la forma humana a sus amigos y se fue a jugar con ellos.
Otro acto de magia es el que hizo el Niño Jesús con las telas del tintorero Salem. Jesús, de pura travesura, tomó todas las telas y las tiñó del mismo color índigo. Al quejarse amargamente el hombre, el niño le dijo que lo arreglaría y le entregó al tintero paño por paño con el color adecuado.
Más magia divina: cuando José, el carpintero, necesitaba cortar, alargar o manipular una pieza de madera, Jesús tocaba la madera y obtenía el resultado deseado por su padre ya fuera que se tratase de una puerta, de un balde para ordeñar o del trono del rey.
La ira de un niño
La ira del Niño es letal. La historia de la infancia de Jesús cuenta por igual hechos generosos y vengativos ejecutados por el hijo de María. Por ejemplo, relata que un día Jesús jugaba junto al río con sus amigos haciendo charcos de agua, que él había modelado gorriones de arcilla y que los había puesto junto a su charco. Otro niño se burló y cuando se lanzó sobre los pájaros, Jesús golpeó sus manos y éstos salieron volando y al decir “Así como esta agua desapareció, así desaparecerá tu vida”, el niño agresor murió.
Otros niños murieron súbitamente ante la ira de Jesús, uno que lo empujó y lo derribó; una suerte semejante corrió un maestro que cuando levantó su mano para fustigarlo ante una irreverencia de Jesús, ésta se le secó y cayó muerto. Los hechos de este tenor fueron tantos que José le dijo a María: “Desde ahora en adelante no le permitiremos salir de casa porque cada persona que le disgusta resulta muerta”.
También el Evangelio de Tomás de la infancia de Jesucristo, del siglo I, narra numerosas escenas del Jesús Niño violento. Y suscribe los momentos que cuenta con las palabras airadas de los padres de los niños que resultan muertos o enfermos a causa de la ira de Jesús: “No puede vivir con nosotros en nuestra ciudad, teniendo un hijo como ese. O le enseñas a bendecir y no a maldecir, o vete de aquí con él, pues él mata a nuestros hijos”, increparon a José. Cuando José se le reprocha, Jesús hizo que quienes lo acusaron ante su padre quedaran ciegos de inmediato.
“Y todos los que vieron aquello quedaron muy asustados y confundidos. Decían de él: `Sea bueno o sea malo, todo lo que él dice se vuelve realidad´. Y no salían de su asombro”, escribe Tomás.
Algo más que literatura
Renan describe en su Vida de Jesús, de 1863, la ciudad de Nazaret, sus habitantes provenientes de diversas etnias, las características de su población, sus calles y sus casas; refiere que José y María eran “gente de nivel medio o bajo”, artesanos que vivían de su trabajo e imagina la casa donde creció Jesús, “que sirve tanto de lugar de trabajo como de cocina y de dormitorio, cuyo mobiliario consiste en una estera, algunos almohadones en el suelo, una o dos vasijas de arcilla y un arcón pintado”. Asegura que la familia era numerosa y que Jesús “tenía hermanos y hermanas de los que parece haber sido el mayor” y se extiende en la no tan fraternal relación que mantuvo con ellos, mientras que destaca que fueron sus primos sus primeros discípulos.
Fuentes: Grandes maestros de la religión, de Gabriel Sánchez Sorondo; Las aventuras del Niño Jesús, de Alberto Manguel; El nacimiento del cristianismo, de John Dominic Crossan.
Patricia Rodón
Durante aquellos primeros siglos del cristianismo, aquellos textos fueron revisados, estudiados y ampliados en obras devotas para justamente conseguir una historia oficial de la vida de Jesús y se descartaron otros considerados apócrifos, entre ellos algunos evangelios –como el de Judas y el de María Magdalena- y crónicas consideradas dudosas. Siglos después llegaría la literatura para reescribirla desde otras perspectivas, tal como lo hicieran Giovanni Papini, Ernest Renan, George Elliot, Nikos Kazanzakis y José Saramago, entre otros.
Inclusive la teología islámica está llena de referencias a Jesús y a su vida ya que el Corán lo considera un profeta al igual que a Moisés.
El Niño Jesús de los textos no oficiales no es un niño modelo. Es un niño prodigioso y travieso: da vida a la materia inanimada, los ídolos se derrumban a su paso, un cráneo se pone a hablar y los pájaros de barro vuelan. Es un niño con poderes mágicos. Pero es un niño con rabietas y caprichos, como todos los niños. Por ejemplo, en muchas de las historias Jesús fulmina a sus compañeritos con un rayo por negarse a jugar con él.
Esta humanidad de Jesús fue rechazada por muchos fieles que se negaban a asumir la doble condición de “hombre divino” que está en la base de la religión cristiana. De ahí que muchos textos, considerados apócrifos, fueran rechazados y progresivamente olvidados.
Compartamos algunas de las anécdotas del Niño Jesús, portándose bien y mal, como un niño.
La virgen preñada y el nacimiento
Sirat at-Sayyid al-Masih escribe en el siglo XII en su texto La virgen preñada: (…) “Cada vez que estaba sola y que no había nadie conmigo, yo conversaba con él y él conmigo, mientras todavía estaba en mi seno”.
En el Protoevangelio del siglo II se cuenta que José buscó a una comadrona hebrea para ayudar a parir a María. Al encontrarla le dijo que era su prometida, no su esposa y le contó que ella había concebido por el Espíritu Santo. La mujer lo acompañó a la cueva donde María esperaba y cuando llegaron vieron que una nube “se convirtió en una intensa luz en la cueva, tan intensa que sus ojos no pudieron soportarla. Pero la luz disminuyó poco a poco hasta que apareció el Niño y mamó del pecho de su madre”. La matrona arrebatada salió de la cueva y se encontró con Salomé, quien no le creyó lo que la matrona le contaba y demandó una prueba. Juntas regresaron donde estaba María con el Niño, y Salomé obtuvo la prueba de la virginidad de María pero una de sus manos se secó. Al implorar, un ángel le dijo que tocara a Jesús; así lo hizo “y de inmediato Salomé fue curada”.
El cráneo que habla y los tres soles
Otro comentarista árabe, Siraj al- Muluk, escribe el siglo XII esta bella escena: “En uno de sus viajes, el Jesús niño pasó junto a un cráneo en descomposición. Le ordenó que hablara. Dijo el cráneo: `Espíritu de Dios, mi nombre es Balwan ibn Habs, rey de Yemen. He vivido mil años, he engendrado mil hijos y he desflorado mil vírgenes, he puesto en fuga mil ejércitos, he matado mil tiranos y he conquistado mil ciudades. Que quien escuche lo que digo no se sienta tentado por el mundo, pues éste no ha sido otra cosa que el sueño de alguien que duerme´. Jesús lloró”.
Imaginativo pero convencido, Jacopo de Voràgine cuenta en La leyenda dorada (siglo XIII) que el nacimiento de Jesús se produjo 6.000 años después del de Adán; ofrece cinco pruebas irrefutables de la virginidad de María, entre ellas la de que tal como lo profetizó el oráculo de Apolo, la estatua de Rómulo en Roma se desmoronó el día del nacimiento de Jesús y detalla la caída de otras estatuas de dioses paganos en todo el imperio romano; argumenta cómo se unieron Dios y el hombre, la maternidad y la virginidad después del parte y la fe con el corazón para explicar el milagro del nacimiento del niño; desarrolla cómo su llegada a este mundo fue inmediatamente conocido por las piedras, plantas, animales, hombres y ángeles. Y soles, claro. “Ese mismo día tres soles aparecieron en el Este y gradualmente se unieron en un solo cuerpo solar”.
Lucas narra en su Evangelio que José, María y Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Pascua, pero cuando Jesús tenía doce años se les escabulló, lo buscaron tres días hasta que “lo hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles”. Ante la demanda de su madre él le dijo con toda la despreocupación de un adolescente: “¿Qué hay? ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de son de mi Padre me conviene estar?”.
Alá habla con Jesús
En el Sura 5 de El Corán, Alá habla con Jesús y le pide que recuerde que la gracia de predicar a los hombres estando en la cuna, la sabiduría que adquirió mediante la escritura y la lectura de la Torá y el Evangelio, el darle vida a los pájaros de arcilla con un soplo, la curación de ciegos y leprosos y el poder de resucitar a los muertos son dones que posee sólo por su anuencia.
Y el Sura 19 se relata la concepción divina de María, el parto sola y debajo de una palmera. Cuando se presenta ante el pueblo llevando a su hijo en brazos, es interrogada y ella señala al niño, quien habla y dice: “Soy el siervo de Dios. Él me ha dado el Libro y hará de mí un Profeta. Seré bendecido por Él dondequiera que me encuentre (…). Fui bendecido cuando nací y bendecido seré cuando muera; y que la paz esté conmigo cuando sea resucitado”.
En Historia de José, el carpintero, un relato anónimo del siglo VII, se cuenta que Jesús resucitó a otro niño que había sido mordido por una serpiente. José tomó por la oreja a su hijo y lo retó diciéndole. “Sé prudente, hijo”. Y Jesús le reprochó: “Si no fueses mi padre según la carne, te haría ver lo que acabas de hacer”.
|
Testigos de la Virgen castigando al
niño, de Max Ernst (1926).
|
La historia de la infancia de Jesús, el primer evangelio de la infancia de Jesucristo, del siglo IV, traducido y publicador por Henry Sike en 1697, y La vida de Jesús en árabe, documento anónimo del siglo XIII, tienen centenares de anécdotas en común y ambos son pródigos en escenas de la vida del Jesús Niño.
Por ejemplo, entre las muchas historias de demonios acorralados por el Niño, se relata que apenas iniciada la huida a Egipto de José, María y Jesús pasaron por un pueblo donde el hijo de tres años del sacerdote estaba poseído por varios demonios, pero el niño en plena crisis tomó uno de los pañales de Jesús, se lo puso sobre la cabeza y “en ese mismo instante los demonios abandonaron su cuerpo como cuervos y huyeron”.
El Niño Jesús es infalible tanto en lides demoníacas como en metamorfosis y sanaciones de todo tipo. En este mismo se cuenta cómo volvió a su forma humana a un hombre que había sido convertido en mulo al sentarse sobre él; cómo moribundos, ciegos, mudos y leprosos se curaron, en distintos episodios, con sólo tocar el agua en que María había bañado al bebé, la túnica o los pañales del lactante; y cómo un hombre impotente recuperó su virilidad después de que la familia durmió en su casa.
Quizá uno de los relatos más llamativos por su violencia y su cuota de venganza es el que describe cómo una mujer, cuyo bebé había muerto, intenta matar a Cleofás, el hijo de otra que se había salvado gracias a la acción del agua del baño de Jesús. La madre asesina arroja a Cleofás a un horno encendido primero y al pozo de agua después; en las dos ocasiones el niño flotaba sobre el fuego sin quemarse y sobre agua sin ahogarse, “tocado por Jesús”. Ante los reclamos de la madre buena, María le dice: “Cállate, Dios te vengará”. Horas después, encontraron a la mala madre ahogada, con la cabeza rota, adentro del pozo. Dios es eficaz cuando quiere, parece.
Metamorfosis y magia
También en ambos textos anónimos se relata que a los siete años Jesús hacía figurillas de animales con arcilla junto a sus amigos y dijo, refiriéndose a sus estatuillas: “Si les ordeno que caminen, caminarán”. Y cuando lo hizo, las figuras cobraron vida: corrieron, volaron y hasta comieron de sus manos. Los demás niños recibieron la recomendación de sus padres de que no se juntaran con Jesús, porque era un mago.
Pero el día que los niños se escondieron de él y sus madres mintieron diciendo que eran cabritos, los convirtió en cabritos y le ordenó jugar con su pastor, o sea, él. Las mujeres, atónitas, se arrodillaron ante Jesús y le pidieron perdón, quien las amonestó, les devolvió la forma humana a sus amigos y se fue a jugar con ellos.
Otro acto de magia es el que hizo el Niño Jesús con las telas del tintorero Salem. Jesús, de pura travesura, tomó todas las telas y las tiñó del mismo color índigo. Al quejarse amargamente el hombre, el niño le dijo que lo arreglaría y le entregó al tintero paño por paño con el color adecuado.
Más magia divina: cuando José, el carpintero, necesitaba cortar, alargar o manipular una pieza de madera, Jesús tocaba la madera y obtenía el resultado deseado por su padre ya fuera que se tratase de una puerta, de un balde para ordeñar o del trono del rey.
La ira de un niño
La ira del Niño es letal. La historia de la infancia de Jesús cuenta por igual hechos generosos y vengativos ejecutados por el hijo de María. Por ejemplo, relata que un día Jesús jugaba junto al río con sus amigos haciendo charcos de agua, que él había modelado gorriones de arcilla y que los había puesto junto a su charco. Otro niño se burló y cuando se lanzó sobre los pájaros, Jesús golpeó sus manos y éstos salieron volando y al decir “Así como esta agua desapareció, así desaparecerá tu vida”, el niño agresor murió.
Otros niños murieron súbitamente ante la ira de Jesús, uno que lo empujó y lo derribó; una suerte semejante corrió un maestro que cuando levantó su mano para fustigarlo ante una irreverencia de Jesús, ésta se le secó y cayó muerto. Los hechos de este tenor fueron tantos que José le dijo a María: “Desde ahora en adelante no le permitiremos salir de casa porque cada persona que le disgusta resulta muerta”.
También el Evangelio de Tomás de la infancia de Jesucristo, del siglo I, narra numerosas escenas del Jesús Niño violento. Y suscribe los momentos que cuenta con las palabras airadas de los padres de los niños que resultan muertos o enfermos a causa de la ira de Jesús: “No puede vivir con nosotros en nuestra ciudad, teniendo un hijo como ese. O le enseñas a bendecir y no a maldecir, o vete de aquí con él, pues él mata a nuestros hijos”, increparon a José. Cuando José se le reprocha, Jesús hizo que quienes lo acusaron ante su padre quedaran ciegos de inmediato.
“Y todos los que vieron aquello quedaron muy asustados y confundidos. Decían de él: `Sea bueno o sea malo, todo lo que él dice se vuelve realidad´. Y no salían de su asombro”, escribe Tomás.
Algo más que literatura
Renan describe en su Vida de Jesús, de 1863, la ciudad de Nazaret, sus habitantes provenientes de diversas etnias, las características de su población, sus calles y sus casas; refiere que José y María eran “gente de nivel medio o bajo”, artesanos que vivían de su trabajo e imagina la casa donde creció Jesús, “que sirve tanto de lugar de trabajo como de cocina y de dormitorio, cuyo mobiliario consiste en una estera, algunos almohadones en el suelo, una o dos vasijas de arcilla y un arcón pintado”. Asegura que la familia era numerosa y que Jesús “tenía hermanos y hermanas de los que parece haber sido el mayor” y se extiende en la no tan fraternal relación que mantuvo con ellos, mientras que destaca que fueron sus primos sus primeros discípulos.
Fuentes: Grandes maestros de la religión, de Gabriel Sánchez Sorondo; Las aventuras del Niño Jesús, de Alberto Manguel; El nacimiento del cristianismo, de John Dominic Crossan.
Patricia Rodón