El gato lunar
Ponele la lechita al gato, y, si te sobra un poco de molida, tirále, una pelotita, para que se la morfe y haga ese ruidito, ese ronroneo salvaje, esa musiquita de sangre que vibra en tu guarida.
![]() |
Yo, lo miraba, azorado por su blancura que competía con la de la luna que se colaba por el patiecito.
Era muy peludo, y muy blanco. Un gato lunar diría yo. Porque se me ocurre que, se cayó de la luna, y despeñó justo en mi patiecito, medio hambriento; y se animó a entrar a mi casa abierta, confianzudo, el muy gato. El gato lunar pedía más, y sus sonidos típicos se tornaron indigentes que, parecía, nunca se apagaran. Tenía demasiada hambre. Pero yo seguí observando y estudiando cómo buscaba y buscaba entre los papeles pálidos que hasta hace unas horas empaquetaban el fiambre.
Y el gato, luego de porfiar y porfiar, empezó a restregarse con las patas de la mesa, con las patas de las sillas, y vino hacia mi colchón, donde encontró un páramo tibio, y se me acurrucó entre mis piernas y dio unas vueltas, y encontró un hoyo a la altura de mis gemelos. Y allí lo dejé, sin moverme para no despertarlo de su sueño lunar. Y allí me quedé, para acompañarnos bajo el celo de esa linterna, de esa luna bella que se colaba por el ángulo del patiecito.
Sin embargo, por la mañana fresca, el gato lunar ya no estaba. Solo unos pelos blancos dejó en el hoyito que acunó su noche, aquí en la tierra.



