El juego de la copa
Cuando se sentaron a jugar alrededor de la mesita de vidrio, no imaginaron jamás lo que sucedería. Había que probar el famoso juego. Es más: había que desafiarlo.
Eran cuatro parejas de novios, tenían alrededor de 25 años y presumían de escépticos, universitarios, intelectuales. Esa noche de enero en el barrio Infanta era particularmente calurosa, los padres de Carlos estaban de vacaciones y la casa era para ellos. Eso significaba un poco de juego y un mucho de sexo.
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“¿Y si jugamos al juego de la copa?”, preguntó Claudia. Todos accedieron. Escribieron las letras del abecedario en una cartulina y las recortaron. Eligieron una copa de vino del modular, sacaron el elefantito de cerámica y el tapete de crochet de la mesa de vidrio del living y se dispusieron para el juego.
Nadie sabía, más que por vagas referencias, cómo empezar. José fue el primero en interrogar a la copa con un “¿Hay alguien aquí?” Ante la inmovilidad del objeto cuestionado, las bromas no se hicieron esperar. Pero José insistió un par de veces. Y la copa se movió desde el centro de la mesa primero hasta la S y luego hasta la I. Los chistes aumentaron y los dedos temblaron de risa sobre el pie de la copa y alrededor del descuartizado abecedario.
“¿Cómo te llamás?”, fue la segunda pregunta de José, que no se dejaba intimidar fácilmente. Y la copa fue perezosamente de una letra a otra hasta escribir “Pedro”. Sintiéndose audaz, Inés preguntó “¿Cómo me llamo yo?” Fue una pregunta fácil: la copa contestó “Inés”. Las risas de los ocho amigos habían ido subiendo de tono y los chistes salían rápidos, especulativos y levemente nerviosos.
La próxima pregunta fue de Sergio: “¿Cómo nos llamamos nosotros?” Sergio, Claudia, Carlos, Inés, José, Gabriela, Orlando y Virginia fueron claramente señalados, uno a uno y letra por letra, sobre la superficie de la mesa. “¿Yo que hago?”, repreguntó. Sin vacilar la respuesta llegó rápido: “artesano”, “estudiante”, “ajedrez”.
Fue entonces cuando empezaron las acusaciones de alguien está moviendo la copa, déjense de joder, esto es una estupidez, esto es cosa de las chicas, no puedo creer que estemos haciendo esto y las teorías de que la fricción de los dedos sobre la copa es la que la hace moverse, de que el vidrio estaba muy limpio y por eso la copa se deslizaba con rapidez, de que Claudia que había sido la de la propuesta la guiaba con un dispositivo oculto.
Mientras se decían decenas de tonterías y las risas se ponían francamente histéricas, Orlando preguntó “¿Cómo sabemos que esto es real?” Fue como una bala dando en el blanco. Los movimientos de la copa se hicieron más ágiles, claros, inequívocos: “Estoy muerto”, “vivos”, “suicidio”, “me dejó”, “la amaba”, “no me escuchó”, “prometió”, “otro”, “espada”, “maté”, “ espera”, “perdón”, “separados” fue escribiendo para Virginia, con quien había entablado una extraña conversación.
Era increíble pero estaba sucediendo aquello de lo que tanto se habían burlado, que habían descartado como posibilidad lógica, que consideraban mera superstición popular los tenía como testigos y asordinados protagonistas.
Ya nadie se reía. Ni siquiera las mutuas acusaciones de fraude tenían cabida. Elaborar una teoría era imposible. Todos estaban más serios que el elefantito de cerámica cuando de pronto la copa tomó vida propia y sin que ningún dedo la tocara, enloqueció. En un ir y venir desenfrenado entre las agobiadas letras, en una danza alfabética apenas legible, Pedro gritaba “ella está aquí”, “ella está aquí”, “ella está aquí”. Un aire helado llenó la habitación y la copa se detuvo en el aire, anhelante.
Los hermanos del miedo son numerosos y todos se apropiaron de los rostros y los ojos y las manos y las voces y los cuerpos de los ocho amigos. Quisieron correr y no pudieron, quisieron gritar, llorar y no pudieron. Trataron de abrir las puertas que daban a la calle y al patio pero comprobaron que se habían trabado. Abrazados en un rincón del living, hechos un montón de carne trémula, Pedro y “ella” los obligaron a contemplar un amoroso y frenético encuentro sobre la mesa, un diálogo absurdo desde la carne y la muerte en un alboroto de letras que iban y venían en una babel muda.
Cuando la copa estalló ante sus ojos, pudieron gritar, llorar, correr, huir. Nadie volvió a visitar a Carlos, nadie volvió a jugar al juego de la copa, todas las parejas se separaron.
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Mientras se decían decenas de tonterías y las risas se ponían francamente histéricas, Orlando preguntó “¿Cómo sabemos que esto es real?” Fue como una bala dando en el blanco. Los movimientos de la copa se hicieron más ágiles, claros, inequívocos: “Estoy muerto”, “vivos”, “suicidio”, “me dejó”, “la amaba”, “no me escuchó”, “prometió”, “otro”, “espada”, “maté”, “ espera”, “perdón”, “separados” fue escribiendo para Virginia, con quien había entablado una extraña conversación.
Era increíble pero estaba sucediendo aquello de lo que tanto se habían burlado, que habían descartado como posibilidad lógica, que consideraban mera superstición popular los tenía como testigos y asordinados protagonistas.
Ya nadie se reía. Ni siquiera las mutuas acusaciones de fraude tenían cabida. Elaborar una teoría era imposible. Todos estaban más serios que el elefantito de cerámica cuando de pronto la copa tomó vida propia y sin que ningún dedo la tocara, enloqueció. En un ir y venir desenfrenado entre las agobiadas letras, en una danza alfabética apenas legible, Pedro gritaba “ella está aquí”, “ella está aquí”, “ella está aquí”. Un aire helado llenó la habitación y la copa se detuvo en el aire, anhelante.
Los hermanos del miedo son numerosos y todos se apropiaron de los rostros y los ojos y las manos y las voces y los cuerpos de los ocho amigos. Quisieron correr y no pudieron, quisieron gritar, llorar y no pudieron. Trataron de abrir las puertas que daban a la calle y al patio pero comprobaron que se habían trabado. Abrazados en un rincón del living, hechos un montón de carne trémula, Pedro y “ella” los obligaron a contemplar un amoroso y frenético encuentro sobre la mesa, un diálogo absurdo desde la carne y la muerte en un alboroto de letras que iban y venían en una babel muda.
Cuando la copa estalló ante sus ojos, pudieron gritar, llorar, correr, huir. Nadie volvió a visitar a Carlos, nadie volvió a jugar al juego de la copa, todas las parejas se separaron.
Nota del autor: Se preserva la dirección exacta y los nombres reales de los miembros de este grupo por especial pedido. La historia es tal cual la relataron sus miembros. Las fotos son meramente ilustrativas.



