El "26 de Enero", a un cuarto de siglo del terremoto que dio nombre al barrio
Hoy se cumplen 25 años del terremoto del 26 de enero de 1985 que afectó a miles de mendocinos y por el cual se realizó el plan de viviendas más importante de Mendoza, con Santiago Felipe Llaver a cargo de la provincia y de Juan Carlos Jaliff como titular del Instituto Provincial de la Vivienda (IPV).
Cristina Pareja fue una de las damnificadas por la catástrofe. Su precaria vivienda donde vívia con su hijo pequeño en ese entonces quedó totalmente destruida y terminó refugiada en un espacio común, en el predio del Oratorio José María Videla, ubicado en el límite de Las Heras y Capital.
Nueve meses después, recibió junto a otras 600 familias un llamado habitat básico que se transformó en un populoso barrio.
Más allá de las calamidades se siente una afortunada como si hubiera salido del infierno de ese enero de 1985. "Vivo con mis hijos y tengo la fortuna de no tener una familia dividida. Tengo trabajo al igual que mi esposo y mis críos están sanitos. Estamos en una casa precaria que cuidamos mucho pero lamentablemente no podemos arreglarla porque para hacerlo habría que tirarla prácticamente abajo", confiesa.
Aquella noche del 26 de enero en primera persona
“Yo estoy agradecida porque nos regalaron una ilusión en un momento en que la estábamos realmente pasando muy mal. Cuando fue el terremoto yo vivía solita con mi hijo mayor que era muy chico en una pieza, también en Las Heras", recuerda.
"Esa noche estábamos en Dorrego y cuando llegué a lo que era mi pequeño hogar estaba la pieza toda abierta. No sabía qué hacer. Estaba desesperada”, insiste aún con cierto dolor.
Después de esa noche vinieron los días en un refugio comunitario: “Éramos 13 familias en el complejo Ceferino, de la calle doctor Moreno y José María Godoy. Allí tuvimos que hacer módulos porque en la primera época se dividían las familias por unos banquitos y por algunas cortinas. La verdad es que fue muy duro y feo. A los hombres los habían separado de las mujeres y eso comenzó a dividir las familias”, describe como una experiencia común a la que padecen todos los daminificados del azote natural en cualquier punto del planeta.
Cristina señala: “Y digo que estoy agradecida porque cuando recibimos la casita estábamos tan angustiados que fue un soplo de aire fresco en nuestras vidas. A mi me entregaron la vivienda de la manzana 21, casa 10, y ahí sigo, a pesar de todo lo que tuvimos que remar para poder vivir allí dentro”, manifiesta.
Después del terremoto hoy
Cristina Parejas hoy es una de las madres “del 26 de Enero” que considera que las casas que recibieron en su momento “son un desastre”.
Techos de chapa, piso llaneado, terrenos que con el tiempo comenzaron a hundirse, cielos rasos agujereados y corregidos con la humildad que caracteriza a los moradores de las 603 casas que componen a la barriada, baños que se conectan con las cocinas, porque parte de la pared divisoria se cayó, patios que están más altos que las casas, caños para agua que fueron utilizados para la conducción de gas natural y cocinas y calefones que nunca llegaron a las manos de los damnificados, componen la lista de las cosas por las cuales hoy se queja la mayoría de los vecinos del populoso paraje lasherino.
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“Un ingeniero de la Municipalidad de Las Heras, hace mucho tiempo me confesó que, por lo menos mi casa, tiene un 85% de vicios ocultos y que el este barrio nunca se tendría que haber construido en estos terrenos. Porque las napas están tan cerca de la superficie que tenemos agua a seis metros nada más”, se queja.
Cristina además repasa los primeros meses que vivió en el barrio: “Eran tres empresas que construyeron en unos seis meses las casas. Todo fue rapidísimo pero así también hicieron cosas mal. Fue terrible. De las tres empresas recuerdo una de nombre Bravín que se quedó con las cocinas y los calefones. Porque todas las casas que entregaba el IPV por ese entonces venían con los artefactos. Bueno, a nosotros nos las entregaron sin nada, después nos enteramos cómo había sido todo, que se habían quedado con las cocinas y los calefones”, remarca.
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El techo en el interior de la casa tiene conexión directa al exterior, si no fuera por un nylon negro.
Por ello es que con un grupo de vecinos, varios meses después de que recibieron las viviendas en octubre de 1985, fueron a reclamar al IPV: “Allí nos dijeron que primero pagáramos las cuotas, claro, muchos no las pagaban porque estaban enojados, y que después iban a atender los reclamos sobre los problemas que tenían las casas desde el primer día. La verdad es que muchos no pagaron pero yo sí. Porque no quería perder lo poco que tenía y que con esfuerzo pude recuperar después del terremoto. Pero la verdad, es que ni a los no pagaron ni a los que pagaron el IPV atendió nos dio una solución”, apunta Cristina señalando con la mano un hueco en el interior de la casa en el techo desde donde se puede ver un pedazo de nylon negro que ha debido colocar para que no se le llueva la casa.
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“Esto”, dice mientras toca con el dedo índice el borde de un hueco donde se puede ver una fina capa de yeso, “está mal hecho, mire, es una tela con yeso encima y, claro, con la humedad del baño se vino abajo, por eso he tenido que poner una cortina en el medio para que desde la cocina no se vea el interior del baño”, comenta molesta.
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Detalle del hueco en el sector de la cocina donde se pueden ver los caños que también se pueden observar desde el baño.
Una vez en el patio, vuelve a señalar con la mano, primero hacia donde está el tanque de agua y después hacia el nivel del patio: “Mire allá arriba. Ese caño se salió hace rato y lo tuvimos que arreglar nosotros. Pero mire, ese caño es para el agua y ese otro es para el gas. Mire, los dos son iguales”, sostiene riendo.
Camina unos metros, juguetea un poco con los perros y vuelve a expresar su impotencia: “Esta grieta que va desde el piso hasta el techo es en la pieza de mis hijos. Mire aquí, donde termina la pared de mi casa, aquí es donde me dijo el ingeniero que la casa del vecino se sostiene con mi casa. Porque el terreno de mi casa ha cedido unos centímetros y está más baja que la del vecino, por eso está apoyada”, comenta.
Ahora, ya en el medio del patio, manifiesta: “Mire el nivel donde termina la parte de atrás de mi casa y mire hacia el fondo del otro vecino. Ve? Esa diferencia entre las alturas. Mi casa está mas baja que mi patio. Esto es un ejemplo de que lo que digo no es mentira. Ve?”, defiende.
Sobre la falla y otras fallas...
Según Cristina, “el barrio fue construido sobre la falla de San Andrés (sic), eso fue lo que me dijo el ingeniero”, remata mientras se encoje de hombros.
Ya con la mente puesta lejos de las fallas de su casa Cristina aprovecha y reclama ayuda para el centro de salud del barrio, “porque yo conozco los problemas de cerca debido a que fui promotora de salud en un tiempo”, expresa.
“El centro de salud fue donado totalmente por Italia. Por esos días nos donaron camillas, sanitarios, elementos para primeros auxilios, todo de todo. Pero nunca más tuvimos ayuda. Ahora ni los médicos quieren venir a trabajar acá. Porque es cierto que es un barrio difícil pero hoy la inseguridad está en todos lados y en este barrio los malos elementos incluye a una pequeña minoría de los vecinos”, analiza.
“No somos todos malos, la mayoría de la gente aquí es muy trabajadora y no está ni cerca de querer lo ajeno. Todos tenemos lo nuestro y por eso lo defendemos. Pero la verdad, es que en pleno siglo XXI, acá siguen viniendo los políticos para los tiempos de elecciones. Ya los estamos esperando”, completa mientras vuelve a sonreír, con una fuerte impronta de desengaño ante las promesas que espera escuchar en pocos meses más.
“Seguro que nos van a prometer muchas cosas. Pero ya estamos curados de espanto. Ahora nos estamos organizando con los vecinos para analizar a quién votar. Seguro se van a llevar una sorpresa muchos de quienes creen que somos tontos”, cierra y se despide.