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El sótano

Cuando entraron a esa habitación, los niños ignoraban qué poderosas fuerzas habían despertado con su curiosidad. Eran demasiado pequeños como para entenderlo pero no tanto como para olvidarlo. Vivían en una casa de la Sexta Sección, iban a la escuela Vergara y eran felices.
Una historia increíble con escenario en la Sexta. Foto: web
Una historia increíble con escenario en la Sexta. Foto: web

Eran demasiado pequeños como para entenderlo pero no tanto como para olvidarlo. Vivían en una casa de la Sexta Sección, iban a la escuela Vergara y eran felices. El caserón de la esquina era viejo, de paredes que a ellos se les antojaban interminablemente altas, macizas, pesadas.

Los tres hermanitos compartían una gran habitación que tenía una ventana con un balcón. Tras las rejas de hierro forjado la calle Martínez de Rosas significaba la promesa de cientos de juegos compartidos con los otros niños de la cuadra.

La casa era pequeña pero tenía un patio con galería y una zona misteriosa: el sótano que estaba debajo de la cocina.

El sótano era zona prohibida. Para los hermanitos Forn significaba una tentación irresistible. Después de semanas de especulaciones y de planear una incursión que ellos imaginaban como un verdadero asalto, una siesta de verano, llenos de valor, levantaron la tapa de madera del sótano e iluminándose con una vela descubrieron una desvencijada escalera que bajaba hasta las mismas tenebrosas profundidades de la Tierra.

Al día siguiente se animaron a más y no sólo lograron descender cuatro escalones y superar la vaharada de humedad que escapó como un grito del pozo casi sellado, sino que ya, con una linterna escamoteada a su padre, alcanzaron a vislumbrar el interior de esa habitación subterránea. Vieron que tenía las mismas dimensiones que la cocina, que las paredes eran de tierra y que estaban llenas de pequeños huecos.

Como arrojados exploradores, volvieron al sótano todas las siestas durante una semana y descubrieron miles de cosas maravillosas: que en las paredes había cientos de extrañas marcas, que los huecos estaban llenos de paquetitos, fotos de personas, pedazos de tela, cabos de velas consumidas, manojos de cabello atados con un lazo, cintas rojas, huesos de animales, patas de gallinas, juguetes, dientes, anillos, pañuelos anudados, recortes de diarios, frasquitos, platitos con sal y hasta un ramo de novia. Todo olía a tierra, a encierro antiguo, a tiempo desmelenado; la baba de los caracoles brillaba con sigilo ante la luz de la linterna y se podía escuchar el corretear de unas descomunales arañas.

Para entonces, el poco valor que les quedaba se les escurrió cuando al cumplirse el séptimo día de exploración un crujido fuerte que venía del piso los hizo gritar, tirar la linterna, salir corriendo y cerrar como pudieron la tapa del sótano.

Y empezaron los ruidos en las paredes, los golpes, las voces. Eran cadenas arrastrándose adentro de las paredes de su dormitorio; golpes de madera retumbando en la mampostería; murmullos, palabras susurradas, conversaciones ahogadas que parecían salir de adentro mismo del adobe.

Sus padres también empezaron a oír el concierto asordinado que resonaba en toda la casa a toda hora. Preguntaron a los vecinos con quienes compartían la pared más ruidosa. Y nada, también hacía poco que se habían mudado, la pared daba a un patio y sus hijos eran más pequeños que los hijos de los Forn por lo que no podían hacer esos ruidos.

Consultaron a un ingeniero, a un arquitecto, a una curandera, a un cura, a una medium, a un exorcista, a una monja, a un rosacruz, a un albañil y a un fotógrafo. Cada uno repasó la casa con mirada profesional y munido de sus artefactos de trabajo. Y nada. Hasta que los chicos, dos veces muertos de miedo, confesaron lo que habían encontrado en el sótano.

Volvieron todos: el ingeniero, el arquitecto, la curandera, el cura, la medium, el exorcista, la monja, el rosacruz, el albañil y el fotógrafo. Plomadas, reglas T, latas de incienso, crucifijos, agua bendita, más agua bendita, biblias, estacas de madera, más crucifijos, balas de plata, azadas filosas y flashes se mezclaron subiendo y bajando la desvencijada escalera.

Palabras más, palabras menos, el veredicto fue unánime: la casa estaba embrujada; las marcas en las paredes del sótano eran signos mágicos; los huecos contenían las prendas que alguien había usado para hacer “el mal” a otras personas; los ruidos de cadenas, golpes y voces en las paredes eran señales inequívocas de la presencia de las víctimas de los hechizos.

El ingeniero, el arquitecto y el albañil sentenciaron que había que demoler; la curandera, el cura, la medium, el exorcista, la monja y el rosacruz dictaminaron que había que tirar toda esa “porquería” y curar y bendecir la casa todos los días durante veinte años; y el fotógrafo dijo que lo más práctico era mudarse.

Los Forn tomaron este último consejo. Días antes de la mudanza tocaron el timbre. Una señora rubia les preguntó por sus padres a los tres hermanitos que habían corrido excitados a abrir la puerta. “Soy Miriam de Mendoza. Dirijo la Escuela Científica Basilio. La de los espiritistas que está en la otra cuadra. Quería decirles que se vayan de acá. No puedo ni pasar por la vereda de enfrente. Esta casa está llena de muertos”.

Nota del autor: Se preserva la dirección exacta y los nombres reales de los miembros de la familia, por especial pedido. La historia es tal cual la relataron sus miembros. Las fotos son meramente ilustrativas.