Partir de Río: puras saudades
Echar un vistazo por la ventana del taxi al mar furioso, nublado el cielo, en llantito de despedida. Saudades en el final del segundo tramo del viaje. Algunos amigos que uno cosecha y se lleva en el recuerdo. Atrás queda el bar “Garota de Ipanema” donde me sentaba a tomar café expreso y suco de naranja. Atrás queda la playa de Ipanema, su arena blanca y su gente pintada para postales.
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Final de tramo. Nueve días en Río de Janeiro no bastan para meterse todo el oxigeno carioca en el cuerpo. Noches de Lapa, en los Arcos, la samba en las calles del centro, gente que te abraza luego de compartir unas cervezas sin preguntar quién eres. Así es el carioca: pleno, amable, pura entrega. Atrás quedan también mis amigos alemanes, Jan, mi compañero de jornadas en Río, el pibe que deliraba con los asaditos que le hacía antes de yirar juntos por la noche de un invierno sin frío. Porque aquí también es invierno con noches de 23 grados y mediodías de 32. Es así aquí. Atrás el mercado y sus frutas. Chau abacaxí, mango y plátano preto.
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Con Jan hacíamos esto: mediodía al super. Bolsa con frutas y botella de agua mineral. De ahí a la playa, a tirarse en la arena generosa, almorzar, jugar con las olas tibias, la espuma envolvente y cremosa, horas y horas, viviendo a pleno sin que nada ni nadie importe. Natureza y beleza puras. Mirar culos y tetas fulgurantes, fumarse un porro mirando los cerros y respirar pureza, adorable pureza de los dioses paganos de Río. El amor está aquí en Rio de Janeiro esperando, tirado en la playa, suave y fraterno. Repito: natureza y beleza puras.
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Atrás queda esa tarde con Mariann “la suiza”, Oscar “el finlandés” y Larissa, de Minas Gerais, en pleno barrio San Teresa tomando cachaza y comienzo pizza, tocando birimbao, escuchando Marisa Montes, contemplando cómo se prende a las siete de la tarde el Dowtown de Río, atardecer de un domingo medio tristón. Abrazos y chau, moito obrigadao por las invitaciones y los corazones abiertos. Una bossa nova para los recuerdos que serán ya propiedad privada, “posesión del ayer” diría el viejo Borges.
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Es de noche y llueve en Río. Una que otra lagrima cae confundida con la garúa, una mirada profunda de lo imposible, de relaciones imposibles, de utopías imposibles. Un coro de ángeles negros para las barcazas y los pescadores. Un coro de ángeles negros para los bolichones de comida rápida, donde tacheros y laburantes paran y charlan de la vida, unos minutos, los suficientes para una buena cerveza congelada, luego de una dosis de cachaza.
Atrás también quedan las noches de lloriños, cafieras, forrós. Músicas maravillosas que suenan en la memoria, postales cariocas de barcitos acaramelados por el trato de la gente a sus músicos. Los lloriños, esa música tristonga que te mueve cuerpo y corazón, lamentos de derrotas e historias de pobreza y de guerra social.
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Esa tarde en la arena con los hinchas de estudiantes que pasaron por Río antes de su gran final con el Cruzeiro en Belo Horizonte, donde compartimos charlas sobre las memorables jornadas del Enzo Pérez en el Tomba, hoy crack en "el pincha", según sus propias palabras. Y después, la mano abierta del saludo argento, el deseo de triunfo, tras buenos augurios para mi querido Godoy Cruz en la próxima temporada en primera.
La vida breve, la buena vida, se esfuma. Reloj de arena de playa de Ipanema, sin desperdicio, condimentada con buenas dosis de hedonismo. Tal vez existan países así, como Brasil, diseñados para los placeres y la calma, el buen trato y obviamente, acostumbrados a soportar de otro modo las diferencias sociales, las crisis. Pa´ frenche Brasil, lema y bandera de un pueblo que logró por primera vez un presidente obrero metalúrgico sin títulos de nobleza social ni cultural ni académica. Pa´ frenche, siempre pa´ frenche. “I want to go to the beach” me canta Iggy Pop en mi computadora. Decidí acompañarlo.







