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Mendoza: Dramática odisea de una mujer por atención médica

La crisis parece ser hoy el pretexto para todo. El “no” está antes de cualquier respuesta. El ministro de Salud Sergio Saracco, hace poco, aseguró que trabajará para que se cumplan las prestaciones esenciales de salud. Aquí una historia para atender, antes de que se transforme en una mala noticia. Mirá el video.
Sandra Scala, junto a su marido Hugo Sebastián Castillo.
Sandra Scala, junto a su marido Hugo Sebastián Castillo.

Muchos mendocinos están orgullosos de poder vivir con el moderno estilo montañés. Las mañanas no son las mismas que en la Ciudad, ni en invierno ni en verano y es un placer despertar con el céfiro corriendo desde el sur y frente a un escenario que, cuando arma el alba, casi estremece por los colores que cambian del rojo al azul y del azul a distintos matices de grises y verdes. Por la altura, los primeros rayos de sol que emergen desde el oeste siempre chocan en la pre-cordillera mientras la ciudad aún no despierta. A esa hora el golpe de los primeros rayos vitalizan y no molestan, todo lo contrario, vaticinan casi siempre buenos presagios de que el día será ideal.

Pero los matices de sus habitantes obliga realizar observación cautelosa de lo que sucede en el tejido social instalado al pie de la Cordillera de Los Andes. No todo es Dalvian o Maristas, no estudiantes universitarios caminando por los alrededores de la UNCuyo. A veces cuesta no fijar la mirada en los esculturales cuerpos trotando cuesta arriba.

Las historias, donde la cabra tira al monte, se suceden, mientras se gana en altura. Allí los habitantes no pertenecen a clases acomodadas y muchos barrios del oeste cargan con la pesada queja de los que viven abajo. “Allá”, dicen estirando la mano hacia poniente, “viven los delincuentes”, condenan los que viven abajo que alguna vez sufrieron las consecuencias de la falta de oportunidades, de atención y del respeto que han perdido de parte de terceros quienes “sobreviven” en la arena del trabajo y la honestidad.

La siguiente es la historia de una trabajadora que sufre, ex albañil, de jóvenes 44 años y que hoy al haber perdido la energía siente que está muriendo, desde hace cinco meses, sólo alimentándose con unos mates y un poco de agua todos los días.

Viernes 27 de marzo, Barrio Cerro de la Gloria, 15.50

En una esquina frente a la calle de ingreso al Barrio La Favorita, pero en el nuevo Barrio Cerro de la Gloria, esperaba en la puerta de su casa, bajo el sol soplete mendocino, José Lecaro, un viejo conocido de los barrios del Oeste. Ex titular de la Unión Vecinal La Favorita, el veterano de la lucha social de los pobres pobladores de la altura capitalina recibió a MDZ con una sonrisa, dejando entrever una dentadura imperfecta, plena de anécdotas.

“Vieja, llegó el periodista”, dijo antes de confesar estar orgulloso de haberse casado hace quince días. “Hemos vivido toda una vida juntos y ahora estoy hasta las manos”, dijo entre risas, mientras su esposa salió para saludar.

“Por aquí –señalando hacia el oeste- vive Sandra. Que el chofer ponga el auto en la sombra y que nos espere. Ahí se va a cocinar”, aconsejó Lecaro.

La casa del dolor

“Buen día”, dijo la madre de Sandra. A pesar de que eran más de las tres de la tarde la situación por la que atraviesa la familia forzó la realidad de la normalidad y los tiempos fueron los propios de un hogar donde lo importante son otras cosas, como la salud. Al menos un poco, para que la dolencia afloje y la familia pueda descansar y dejar de disimular. En la casa donde hace tiempo domina el dolor físico, moral y psicológico, vive un niño de tres años que sufre de cardiopatía congénita y que aún no puede ser tratado, porque la salud de la madre pende de un hilo.

Sandra Scala es una mujer que ha sido fuerte. “Yo era la jefa de la cuadrilla de mujeres albañiles que construyó este barrio. Ahora no puedo ni subirme al techo para ayudar a mi marido en una changa, ya que no tiene trabajo. Imagínese que me maree y en vez de clavar una madera me caiga y me muera”, ironizó al inicio de la entrevista.

Sandra sufre una dolencia que aún no ha podido ser determinada por los expertos médicos. No porque no lo sepan diagnosticarla sino porque no se han ocupado, “porque me dijeron que no tenía nada y que me fuera a mi casa”, inició el relato contando una experiencia en el Hospital Lagomaggiore.

Evidentemente, para Sandra, la salud es un precioso regalo que sólo puede cuidarse con medios y recursos. Algo que ella no posee y que ahora que ha perdido las fuerzas, podría cortarse en un descuido o en un accidente.

Una cirugía con resultados dudosos

El 29 de noviembre pasado, Sandra Scala ingresó a una de las salas de operaciones del Hospital Lagomaggiore.

El diagnóstico a corregir giraba en torno a “una hernia inguinal estrangulada”, contó Sandra. Y apuró: “Fue muy raro, porque a las siete de la tarde me operaron y a las ocho de la mañana del otro día me dieron el alta”, aseguró.

“Desde ese día comenzó mi calvario”, dijo soltando el primer signo de emoción por el cual se le nubló la mirada un instante.

“A los tres días, comencé a sentirme muy mal y empezaron los vómitos. Por eso fuimos al hospital de vuelta y me atendió el doctor Maglonia”, dijo mientras su marido, recién incorporado a la entrevista asentía con la cabeza.

“Magliona me dijo que lo que tenía podía ser producto de la anestesia y me mandó a la casa sin calmantes y diciéndome que si sentía algún malestar que tomara una Novalgina”, prosiguió Sandra.

En ese momento, la madre de Sandra se escabulló en la cocina con los ojos llenos de lágrimas. No quiso interrumpir con sus miedos o su debilidad y se ocupó de preparar el mate. Más tarde salió de la cocina con la bandeja armada y los ojos enrojecidos. Desde la cocina se escuchaba todo el reportaje.

Una vez en su hogar, Sandra que es no una persona de quejarse por banalidades o malestares que a otra persona la llevaría hasta consultar a un psiquiatra, aguantó. Hasta que no pudo más. Día tras día, las descomposturas prosiguieron y la alimentación de ella fue disminuyendo.

“Al principio comía la dieta que me habían dado en el hospital. De apoco fue eliminando los alimentos sólidos. Ya que me provocaban vómitos y dolores fuertísimos de estómago. Poco a poco, los días fueron pasando y mi condición empeoró. Cuando llegué a perder 12 kilos me decidí y fui al centro de salud del Barrio La Favorita”, añadió.

La visita de Sandra Scala al centro de salud fue hace “unos dos meses”. Allí “la doctora” le dijo que debía internarse. Por ello le llenó una orden y la mandó de urgencia al Hospital Laggomagiore.

“Cuando llegué el hospital me revisaron y me dijeron que no era tan grave. Me suministraron una Dipirona y me pusieron un suero en la guardia del hospital porque me vieron deshidratada y me pidieron unos estudios”, amplió.

Tras los estudios, que incluyeron la realización de una ecografía, se descubrieron perforaciones en el estómago: “Mire estos agujeros que tengo en el estómago. No sé qué es lo que tengo. Nadie me lo dice”, soltó en su primer estallido de llanto. La madre, dejando el mate en la mesa, se escondió nuevamente en la cocina para no molestar. Ya era demasiado con una mujer llorando.

Dolor, impotencia y bronca, los sentimientos que más conoce Sandra Scala.

Luego vinieron análisis de Hepatitis. “Me hicieron los reactivos para ver si tenía Hepatitis A, B, C o D”, expresó.

Para completar los estudios médicos ordenados tardó casi un mes más y luego llegó el momento de presentarse nuevamente en el hospital.

“Fui el lunes 23 de marzo pasado. No me atendieron a pesar de que les conté que ya casi no podía comer. Sólo tomo dos mates y unos vasos de agua, les dije. Pero no me atendieron porque estaban de paro. Yo los entendí y busqué un cirujano y me los vio el doctor Oviedo”, dijo repasando uno a uno los papeles y papelitos que ha reunido en una carpeta ajada.

“Entonces el doctor Oviedo me pidió otro estudio. Este que no puedo leer porque no entiendo”, comentó mientras mostró el turno para el próximo martes. “ESOFAGODUODENOSCOPIA”, decía el título de un pequeño trozo de papel donde Sandra clavaba la mirada como si fuera a ocurrir un milagro que la salvase, “porque yo ya no tengo más fuerzas”, sentenció, rompiendo en llanto por segunda vez.

Fue en ese instante que se quebró por completo y la casa tembló de dolor. “Tengo un hijo hermoso de tres años. Está durmiendo y no quiero que se entere pero se da cuenta. Ya no lo puedo ni llevar a la guardería. Por eso lo hemos sacado de ella, porque mi marido hace changas y tengo que apoyarlo. Mi hijo me necesita y mi familia también. Tengo ganas de hablar con el ministro pero sé que no me va a recibir. Ya no puedo más. Quiero que me digan lo que tengo. Si tengo cáncer que me lo digan pero que no me den más vueltas. Que me ayuden por favor”, soltó.

Además del dolor físico y letal de Sandra, si pequeño hijo padece una cardiopatía vascular congénita y necesita “un aparato que lo debe llevar como tres días para ver qué tratamiento debe realizar, también necesita plantillas ortopédicas y como ahora yo soy la peor de salud en la casa eso ha quedado relegado, porque el poco dinero que tenemos no nos alcanza para todo”, sostuvo quien en otros tiempos cavaba zanjas entre las piedras que dominan el suelo del piedemonte cordillerano.

Sandra Scala vive con su marido, su hijo y su madre y se la puede localizar fácilmente en el Barrio Cerro de la Gloria de la Ciudad de Mendoza. Claro, es famosa porque fue una de las que hizo posible el sueño de la casa propia de muchos vecinos del lugar.

Video: Mensaje de Sandra Scala para el ministro de Salud, Sergio Saracco

Domingo 29 de marzo, 12.14, Barrio Cerro de la Gloria

"Escuche Fernández, anoche -sábado 28- la llevaron de urgencia a Sandra, otra vez al Hospital Lagomaggiore. No la querían atender. Se tuvo que pelear el marido y la vieron por arriba. Sólo le dieron unos calmantes y la mandaron a la casa", dijo en comunicación telefónica José Lecaro, quien sigue de cerca el angustiante caso de Sandra Scala.