San Martín sin servicio eficiente de atención pediátrica
El viernes por la noche la niña de tres años comenzó a levantar temperatura antes de la medianoche. Por eso la madre le suministró cinco mililitros de Ibuprofeno, tal como ordena la experiencia de algunos años al servicio de una menor que aún no se desprende de la teta.
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Pero fue en vano, ya que el dependiente sonriente le contestó que la guardia pediátrica “está sólo hasta las doce de la noche”, le dijo. “Entonces no es guardia”, pensó para sus adentros la madre.
Entonces debió atinar a dirigirse hasta la guardia del Hospital Perrupato. Allí debió intervenir el padre para solicitar que la atendieran rápidamente a la niña que la madre seguía llevando en brazos.
Una amable enfermera se asomó y fue informada: “La niña vuela de fiebre”, apuntó. Luego de unos breves minutos una doctora, después se supo que era la doctora Paladini, se asomó y labró una receta, antes de atenderla.
“No grite”, le dijo al padre atónito, quien le ofreció con llamar al doctor Patti, actual director del Hospital Perrupato. “Tome”, le dijo y le extendió una receta para que fuera a comprar una ampolla de Novalgina.
Mientras el padre fue hasta la farmacia de turno, la madre ingresó y se encontró con el mal humor, o el estrés, el ataque de caspa o el mal de amores de la doctora Beatriz Paladini.
“¿Usted es la que la cuida o la madre?”, le preguntó a la madre. La madre obviamente respondió.
“Esta niña está llena de mocos”, lanzó la doctora Paladini.
La madre entonces le explicó que la niña había estado el día anterior y ese día jugando “con el agua por el intenso calor que hubo”. Y que hacía dos días la niña había tenido su control médico habitual con uno de sus médicos de cabecera y que no le había detectado nada parecido a lo que ella decía.
“¿Quién es el médico que la atiende?”, preguntó la doctora Paladini socarronamente.
“Los doctores Colombi y Birbaum, de Mendoza”, le respondió la madre.
“Ahhhh”, contestó la doctora Paladini y no dijo más nada como entendiendo que estaba por meter la pata.
Entonces llegó el padre con la Novalgina y un ducho enfermero le aplicó la inyección casi mágicamente. La pericia del señor enfermero y su mano de seda hizo que la niña casi no sintiera el pinchazo. Claro, la doctora Paladini a esas alturas brillaba por su ausencia, tal vez tratando de manejar su mal humor, su ataque de caspa o su mal de amores.
Hoy sábado por la mañana, ya con más tiempo, la madre se dedica a ubicar a un diestro médico pediatra de San Martín, sin el apuro del caso y con la consigna de olvidar a la señora Paladini, que no es una mortadela y sí una doctora que atiende a los niños un viernes por la noche con toda la impresión de que la están molestando. Tal vez por haber olvidado su juramento hipocrático o porque en el ex Agnessi no hay nadie que acepte Swiss Medical para un caso como el descripto y tampoco en el Sanatorio Argentino.
Claro, el padre y la empres de su padre pagan por mes casi mil pesos para que estas cosas obviamente no ocurran y no termine siendo el botín del mal humor, o del ataque de caspa o del mal de amores, de una doctora Paladini, del Hospital Perrupato, que juró en algún momento por Hipócrates.