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Los animales empiezan a morir en Mendoza y la ayuda no llega

Ya se ven animales muertos a la orilla de la ruta, cuando uno transita por el desierto lavallino, al Norte de Mendoza. Los puesteros se quejan de un subsidio nacional por la emergencia caprina que nunca llegó. Se les está muriendo el ganado.

Hace tres meses debería haber llegado un subsidio del Gobierno nacional que los puesteros del Norte mendocino utilizarían para comprar fardos de pasto, pero no llegó.

Desesperado, Carlos Sosa, nos recibe en el puesto La Querencia, en el distrito lavallino de San Miguel, y nos cuenta eso y que el fardo lo consigue a 12 pesos (“¡una fortuna!”, exclama) en Costa de Araujo, a 50 kilómetros de allí.

“Acá –en el desierto, dice Sosa- siempre falta agua; pero nunca tanto como ahora; se están empezando a morir los animales”.

Más al Norte, en el paraje La Majada está el puesto de Isidro Mayorga, un descendiente huarpe, igual que Sosa, que se ve a sí mismo en una encrucijada, a pesar de ser nieto de nietos de habitantes del lugar. Ya se le han muerto cuatro vacas y las que le quedan, están pariendo y no tienen fuerza –por falta de follaje en las plantas del lugar y forraje al alcance del bolsillo- para amamantar a sus terneros.

Una de las vacas de La Majada, que apenas puede sostenerse en pie.

Las cabras son las que mejor lo pasan, pero según el relato de Sosa “no tienen nada de grasa, no rinden, no han florecido las algarrobas y no tenemos qué darles de comer”, enumera, en un ejercicio de repaso de la crisis por la que atraviesan que suena extraño en un lugar de tanta paz y silencio.

Ya a lo largo de la ruta a San Juan por Encón pueden verse animales muertos. Uno de los docentes de la escuela de El Cavadito nos cuenta que los padres de sus alumnos empiezan a mostrar rasgos de desesperación: “¿Qué otra cosa pueden hacer en medio del desierto, rodeados de esta realidad que los hunde, sin tener dónde echar mano mágicamente?”, reflexiona en el alero del establecimiento, a punto de salir a hacer dedo para volver a su casa.

En La Majada calculan que hace entre 6 y 8 meses que no llueve; más aquí, volviendo hacia Mendoza, en la zona de los Altos Limpios, sostienen que el agua no cae del cielo “desde hace por lo menos un año”. Sosa se atreve a tirar una fecha: “El último aguacero fue el 8 de marzo pasado”, sostiene con la firmeza que sólo puede soportar quien le cuenta las horas a la sequía, cual preso que marca los días que le restan para salir del encierro.

No saben cuantificar a ciencia cierta y espontáneamente las pérdidas. Pero de lo que dan testimonio es que, muy probablemente, cuando les llegue la plata necesaria para que salgan a comprar pasto para que no mueran sus animales –su único sostén económico- tal vez sea demasiado tarde.