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La chispa y el fuego, en el callejón del límite entre los desarraigados y el campo

Una anécdota común y corriente, ocurrida en la tarde de un lunes, cuando el sol apenas se ocultaba, a 11 kilómetros de la Ciudad de Mendoza, pinta de cuerpo entero como un roce puede generar un desastre. Una historia que se salvó de milagro ser la portada de las secciones policiales. Una de tantas, seguramente.

Todo indicaba que sería una tarde de caminata entre viñas y olivos, buscando sombra en una de las jornadas más cálidas de los últimos días. Y de hecho lo fue, hasta que la realidad se plantó de cuerpo presente, de golpe y sin aviso, transformando al footing en un reportaje.

De un lado urbanizado, del otro fincas

Desde el rancho de los trabajadores de la finca que acompañaba la caminata desde el costado derecho del camino, un grupo de 3 niñas se turnaba en una bicicleta. Se mostraban felices y ansiosas por subirse y dar una vuelta por ahí no más. Varias veces saludaron, con la gentileza propia del campo. Lo mismo hizo un tomero que llevaba una zapa al hombro y que hasta se sacó el sombrero. Y una mujer, que regaba con uno de esos regadores hechos con un palo largo y un tarro de aceite de cinco litros (¿mate le llaman?).

- Le cambié la cubierta, ¿sabés, mamá?

- ´Ta bien, papito. Dale nomás.

Un chico de 15/16 años se subió al rodado y emprendió el camino rumbo a la zona más poblada, probablemente –atento a que eran como las 7 de la tarde- para comprar algún complemento para el pan casero.

Desde las viñas salieron dos pibes, muy pibes: 10, 12 años a lo sumo. Lo bardearon, como se dice, al de la bicicleta.

- ¡Eh! ¡Güevón! ¿Sos puto?, le gritó uno.

- ¡Qué te pasa!, exclamó el ciclista, girando la cabeza.

- ¡A vos te digo, chacarero..!, insistió el otro de los más chicos, y le tiró una piedra.

El de la bici, se volvió sobre el camino, amenazante: “¡Vení, vení, decímelo en la cara!”.

En ese momento, los pequeños matones salieron corriendo. Cruzaron de la viña al otro lado de la calle, en donde el alambrado de lo que antes era finca ya está roto y da paso a los habitantes del barrio, producto de la erradicación de un asentamiento, con gente que fue desarraigada de sus lugares de origen.

Corrieron y se refugiaron entre los yuyos.

El de la bici sólo los escudriñó y reprendió a su hermana, la que jugueteaba con su bicicletita, para que rápidamente se volviera a la finca.

- ¡Más vale que se dejen de hinchar!, gritó.

- Jajajajá –rieron, burlones- ¡Te vamos a incendiar el rancho!, le gritaron los pibes.

Miró a sus hermanitas que ya entraban, asustadas, al callejón que da, justamente, a ese rancho que mencionaron.

Y siguió su camino.

……

La caminata se había vuelto inquietante. Los desarraigados habitantes de ese barrio estaban haciendo todo lo posible por provocar el desarraigo de los que todavía resisten al pie de una viña, del otro lado de la calle.

Caminé mirando mi sombra proyectada sobre el lado cultivado de la zona, agigantada por las luces del lado en el que asentaron cemento y viviendas rápidas sobre lo que antes eran surcos.

Vi que el joven de la bici, el hermano, el acusado de “chacarero”, volvía a gran velocidad. Apurando el tranco, me hice tiempo para llegar lo antes posible a mi propia casa y montar el auto.

Habría pasado una hora y algo desde los chispazos.

De 37 grados de temperatura, en esa zona el termómetro ya regalaba 24 y una brisa húmeda y fresca.

Volviendo sobre mis pasos, ahora en auto, el aire y los mosquitos se empezaron a mezclar con humo y unos gritos.

No era la madrugada, ni la medianoche; tampoco las 11 de la noche. Todavía no eran las 9 y las llamas esparcidas a lo largo de unos 50 metros, frente a la casa de los chicos que se apretujaban junto a su madre, eran sofocadas por el pibe de 15/16, un hombre mayor, que podría ser su padre, agitando ramas arrancadas de un olivo.

No era en la casa, sino en el terreno de enfrente. Todo un amedrentamiento.

El callejón y las llamas

- ¿Qué pasó?, pregunté.

- Nada -respondió el mayor- lacónico.

Esperé un rato en silencio, intentando registrarlos.

- Le dije que no pasó nada; le pido que no…por favor…

- No hay problema –dije, pero pregunté: ¿fueron los del barrio?

- Así es todos los días. Hasta que nos vayamos.

La chispa había encendido el fuego, sin llegar a mayores en el callejón que divide el desarraigo de la resistencia campesina y, estúpida y violentamente, los enfrenta, como si fuesen parte del mismo círculo vicioso de la desesperanza.