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Las muertes en Gaza y la maldad de Dios

Para el autor del libro "Dios no es bueno", Christopher Hitchens, es la religión la que "lo emponzoña todo". Dice que la historia es a la inversa de lo difundido: "el hombre crea dioses a su imagen y semejanza". El absurdo asesinato de personas como combustible para el funcionamiento de la maquinaria religiosa.
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Las religiones monoteístas le atribuyen, ya desde sus libros fundacionales, dosis fuertes de bonhomía y maldad a Dios. Una característica siempre es condicionada por la otra. Si sos bueno, Dios es bueno contigo. Es, indudablemente, una buena excusa para sacarse las propias responsabilidades sobre la convivencia, cargándolas sobre algo que se presenta como superior, intocable y, además, todopoderoso.

El problema que está llevando a que la humanidad insista en buscar mecanismos para su propia extinción no radica en esa atribución. Está en que, como dice el periodista inglés Christopher Hitchens, “el hombre ha creado a sus dioses a su imagen y semejanza” y no al revés. De tal manera, cada hombre (o mujer), cada grupo de ellos, creen en un solo Dios, pero bajo designios absolutamente distinto al de otro grupo que hizo lo propio.

El libro en el que este autor pretende refutar a las religiones (y cada lector sabrá luego de leerlo si lo hace bien o mal) se llama “Dios no es bueno” y circula en el país desde hace más o menos dos años, aunque ahora está apareciendo en las vidrieras de verano y como lectura playera.

Viene al caso su texto, especialmente en los capítulos en los que habla de los fundamentalismos religiosos en Medio Oriente, a raíz del enseñoramiento de la muerte sobre Gaza. Sirve, además, para ponerlo de contrapeso a los 60 segundos que, como máximo, le dedica la televisión para pontificar sobre el asunto en cada noticiero y potenciar una dudosa verdad simplona sobre lo que pasa. Los espectadores, asisten a la matanza como si se tratara de un mundial de fútbol y en comentarios de café suelen escucharse los más disparatados análisis, producto de nutrirse de tan solo un flash.

Es necesario aclarar de entrada que tampoco la lectura de un solo libro sirve para sustentar acabadamente posiciones. Pero esto último no es nuestro objetivo. Es, sencillamente, comentar cuán simple se ve la solución del problema si fuera tan solo político y cuán difícil lo hacen las creencias y fundamentalismos. Si siguiéramos el hilo de Hitchens podríamos decir: “qué difícil que es acordar frente a tanta maldad de Dios”.

Es increíble que la diplomacia no logre poner en negro sobre blanco lo que, por ejemplo, este libro y la última edición de Newsweek ven como una fácil resolución del conflicto que enfrenta a Israel con Palestina, a Oriente con Occidente, tal como lo advertía a los líderes del mundo el recientemente fallecido Samuel Huntingnton hace más de diez años en “La guerra de las civilizaciones”.

Se trata de decidir, finalmente, ser dos países diferentes en territorios diferentes.

Pero hay una complicación grave: como Hitchens dice, “la religión lo emponzoña todo”.

Abba Eban (nacido en Sudáfrica como Aubrey Solomon Meir), un fallecido ex diplomático y estadista ya lo advertía. El autor de “Dios no es bueno” lo cita en su libro: “Lo primero que llamaba la atención sobre la disputa entre israelíes y palestinos, afirmaba él, era su fácil resolución”.

Eban, quien fue primer ministro de Israel y embajador ante (la ahora bombaerdeada y poco eficiente) ONU sostenía que “dos pueblos de un tamaño aproximadamente equivalente formulaban una reivindicación sobre una misma tierra. La solución, obviamente, era crear dos estados contiguos”.

Pero Hitchens se pregunta: “¿seguro que una cosa tan evidente estaba al alcance de la capacidad de comprensión y la inteligencia de un ser humano?”. Y responde con su propia opinión, interesante: “Así hubiera sido desde hace muchas décadas si se hubiera podido mantener alejados de allí a los rabinos, los ulemas y los sacerdotes mesiánicos. Pero las afirmaciones exclusivas de estar investidos de la autoridad de dios realizadas por los clérigos histéricos de ambos bandos y avivadas por los critianos con espíritu de Armagedón que esperan la llegada del Apocalipsis (precedida por la muerte o la conversión de todos los judíos) han vuelto insufrible la situación y han convertido a la humanidad en su conjunto en rehén de una disputa que ahora presenta la amenaza de una guerra nuclear”.

La primera publicación de este libro, en inglés, data de 2004. Ahora sabemos que Europa intenta reorganizarse nuclearmente bajo la excusa de que necesitan energía, ante la negativa rusa de suministrarle gas. Y sabemos de Irán. Y Chávez, con la petropolítica en crisis por la caída del precio del petróleo, se suma a una disputa cual elefante en un bazar.

Habría que agregar a lo dicho por al autor que la religión no es la única que “lo emponzoña todo”; también lo es la lucha por el poder que da o quita tener o no tener el dominio de la energía.

Pero lo que pasa en Gaza sirve para releer, a la luz del último párrafo citado de Hitchens, una pregunta que dejó formulada hace siglos el filósofo, economista e historiador escocés David Hume: “¿Qué es más probable: que un hombre sea utilizado como medio de transmisión de dios para difundir algunas revelaciones ya conocidas o que profiera revelaciones ya conocidas y crea o afirme recibir órdenes de dios para hacerlo?”.

Las religiones creadas por los hombres, aporta Hitchens al debate, necesitan alimentar a fuerza de pánico, dolor y sangre su propia inconsistencia, sus inseguridades y para consolidar su liderazgo terrenal.

Nos hemos cansado de escuchar desde aquí, Occidente judeocristiano, que los terroristas son “musulmanes”, aludiendo directamente a su religión. Pero, tal como planteó el escritor Juan Goytisolo en algún momento, imaginemos un mundo al revés: “si hubiera una masacre de 200 mil católicos por allí y otros 200 mil protestantes por allá, ¿cuál sería la reacción?”.

El español se refería a la indiferencia con que nuestro Occidente recibió la noticia de la masacre de 200 mil civiles muertos en Irak por los cristianos estadounidenses, o el silencio occidental frente a Bosnia y Chechenia, por citar algunos ejemplos.

¿No hay fundamentalismo religioso también de “este lado”? ¿No existe acaso, una intervención de las religiones cristianas que justifica, en cierta medida, que se mate al que piensa y cree diferente?

Si creemos esto no nos pasemos por alto que fue George W. Busch quien al atacar Afganistán tras los atentados contra las Torres Gemelas aseveró haber recibido instrucciones de Dios. ¿Suena diferente cuando lo pronuncia alguien con turbante o con una bincha verde en su cabeza? Y un dato que agrega a la historia Goytisolo, en 1996, mucho antes de las Torres Gemelas: “cuando explotó el avión norteamericano de TWA, inmediatamente se acusó sin pruebas a Irán; pero los norteamericanos olvidan que su país derribó un avión civil iraní con 252 pasajeros sobre el Golfo Pérsico (el 3 de julio de 1988) y luego dijeron que había sido un error”.

Y algunas anécdotas de Hitchens, en su libro, que resultan apropiadas para mirarnos en el espejo de nuestro propio inexplicable fanatismo:

- Los 19 asesinos suicidas que hicieron estrellar aquellos aviones sobre Nueva York, Pensilvania y Washington el 11 de septiembre de 2001, eran sin lugar a dudas los creyentes más sinceros en Dios que viajaban en aquellos aviones.

- Fue por esa época cuando el Fiscal General de los Estados Unidos, John Aschcroft respondió, sin turbante, pero con una cruz en su pecho, que su país “no conoce rey, más que Jesús”.

- En el solemne funeral por las víctimas del 11/S en la Catedral nacional de Washington, “se permitió dirigir una alocución a Billy Graham. (…) En su absurdo sermón afirmó que todos los muertos se encontraban ya e el paraíso y que no querrían regresar con nosotros aunque pudieran hacerlo”. Esas palabras, recuerda el autor en su trabajo, no son más que una réplica de las pronunciadas tantas veces por Al Qaeda y Saddam Huseim para con sus hombres. Pero de “este lado” son consideradas un “solemne sermón”, y de aquel, una proclama terrorista.

- Y finalmente, alrededor del mismo acontecimiento, Hitchens recuerda que, luego de unas horas de la masacre de Nueva York, los reverendos Pat Robertson y Jerry Falwell proclamaron que “la inmolación de sus compatriotas representaba un juicio divino sobre una sociedad que toleraba la homosexualidad y el aborto”.

La información incompleta no es información: es manipulación. Por eso ni siquiera es una pretensión que esta columna se erija como auténtica verdad, sino que se provoca a la búsqueda de más información para analizar sobre qué tierra estamos parados y qué bajo designios mágicos se sustentan las creencias que, más que la política, más que la diplomacia, sustentan nuestra existencia o desaparición de la faz de la Tierra.

“El verdadero creyente es incapaz de descansar hasta que todo el mundo dobla la rodilla”, afirma Hirtchens. Y, en verdad, no hay descanso mientras la premisa sea “lo sagrado”, algo tan intangible como imposible de comprobar.

 

Leé aquí un capítulo del libro: La religión mata