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Misión cumplida en el caso de los fugados
En cuestión de horas, la Justicia y la Policía lograron establecer el paradero de los prófugos. Las pistas y los datos del eficiente operativo que hizo posible el desenlace. La trama del cruce de información entre distintos organismos del Estado.
El esclarecimiento del crimen del guardiacárcel se convirtió en el mejor de ejemplo de un ideal que ni los manuales de investigación contemplan. Un hecho de semejante conmoción generó una revolución y un compromiso social que alentó a cientos de mendocinos a volcarse masivamente al teléfono para denunciar en el 911 que ellos sabían dónde se estaban refugiando los prófugos.
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Muchos de esos llamados fueron falsos; otros sólo buscaron despistar, y algunos fueron motivados por el inmediato anuncio hecho por el gobierno para ofrecer una recompensa. Sin embargo, hubo tres personas que no se identificaron y que coincidieron con la dirección aportada. A partir de ese momento entraron en acción el fiscal de Delitos Complejos, Eduardo Martearena, y los efectivos de Homicidios, para seguir de cerca esa pista.
El listado de llamados aportados por el Centro Estratégico de Operaciones (CEO) ofreció un mix de hipótesis a seguir. De todas las opciones, una dirección en el barrio San Martín se repetía tres veces: manzana 59 casa 10 del barrio San Martín.
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El dato parecía certero; al menos eso indicaba el instinto de los detectives y las primeras averiguaciones concretadas. Martearena mandó a secuestrar el libro de visitas del hospital Lagomaggiore y las tarjetas penitenciarias de los tres prófugos, donde debían aparecer los datos personales de las personas que solían acudir al penal para llevarles comida, ropa y cigarrillos.
Ese operativo desnudó ciertas falencias en el sistema de control penitenciario. Las tarjetas estaban incompletas y hubo que armar un rompecabezas para terminar de definir los nombres de los visitantes y sus respectivos domicilios.
Algunos de ellos eran familiares de los atacantes del efectivo. En las primeras horas de las pesquisa se corroboró que los delincuentes no se escondían allí y se volvió a apuntar a la que se había convertido en la línea de investigación más importante.
El resto fue cuestión de deducción: entre el momento de la fuga y el armado del operativo cerrojo por parte de la policía pasaron sólo algunos minutos; por lo tanto, no tuvieron chance de ir muy lejos. Además, estaba claro, ninguno de los tres estaba en condiciones de salud para ir muy lejos. Aún así, nunca se pensó que cometieran la torpeza de continuar juntos luego del escape.
El barrio San Martín calzó perfecto dentro de esas piezas. Estaba cerca del hospital, coincidía con la información aportada por los llamados anónimos y era la misma dirección que algunas visitas frecuentes de los presos. Se presume que, quien permitió que se escondieran allí fue la misma persona que les aportó el arma con que mataron al agente penitenciario.
El tiempo se cortó en ese momento. Una comisión de Investigaciones fue hasta el lugar para hacer vigilancia mientras el fiscal decretaba los pedidos de allanamiento. Para cuando las autorizaciones estuvieron firmadas, la cuadra estaba atestada de policías uniformados y de civil y de periodistas que intentaban reflejar ese momento. Fue el golpe final de un operativo veloz, que no sólo sirvió para recapturar a los fugados, sino que encamina la causa hacia una casi segura condena a prisión perpetua.
Fueron doce horas de tensión que dejaron una sensación agridulce, entre la tristeza por la muerte de un agente y la satisfacción de saber que, a partir de un correcto accionar institucional y social, los asesinos ya están de nuevo en la cárcel.
Algunos de ellos eran familiares de los atacantes del efectivo. En las primeras horas de las pesquisa se corroboró que los delincuentes no se escondían allí y se volvió a apuntar a la que se había convertido en la línea de investigación más importante.
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