Policías de escritorio
El sábado a las 12.15 entró a la comisaría Tercera. Todavía estaba llorando porque unos minutos antes, un oportunista aprovechó un momento de distracción para robarle la cartera que había dejado en la parte de abajo del cochecito de su hija de no más de dos años. Fue en pleno microcentro, a una hora en que las calles están atestadas de gente. Pero nadie reaccionó. Y tampoco encontró a un policía cerca.
La mujer no llegó a la seccional sólo para cumplir con el trámite burocrático de denunciar el robo de documentos y tarjetas varias. Esperaba que en ese lugar alguien le diera una explicación lógica sobre lo que había sucedido; que le dijeran que había esperanza de encontrar su bolso y detener al ladrón. O, al menos, que la consolaran mientras ella consolaba a su hija.
Antes de entrar al edificio, un policía de Motorizada le dijo que no se preocupara y que todo estaría bien. La dejó a cargo del personal de
Pasaron quince minutos y no hubo respuesta. Nadie la entrevistó ni la consultó. Se le ocurrió tomar la iniciativa y preguntó a un efectivo sentado al escritorio de la guardia: “¿Con quién tengo que hablar para hacer una denuncia?”. La respuesta fue lacónica: “espere, estamos ocupados”, respondió el uniformado, quien por su aspecto debe ser parte del grueso de la fuerza que está en condiciones de jubilarse. Y luego volvió la vista hacia el mismo lugar donde la tenía antes de ser “molestado” por la víctima del robo: un televisor que transmitía el partido del Blackburn Rovers y el Newcastle, por la liga inglesa de fútbol.
Invadida por la impotencia, la mujer –que no quiso dar su nombre- subió a la niña de nuevo al cochecito, le puso el cinturón de seguridad y salió caminando y llorando por calle Rioja.
Un hombre que esperaba en
Golpeó la puerta y comentó el hecho con la auxiliar que abrió para atenderla. No había caso: tal como estaba relatado, se había tratado de un “hurto” y esos delitos los toma la comisaría. “Pero no se preocupe -dijo la chica con amabilidad-. Yo la acompaño y le digo que la atiendan”.
Las dos mujeres regresaron hacia el mismo escritorio de la guardia. Esta vez eran dos los efectivos en el lugar, que parecieron fastidiarse porque volvían a interrumpirles el partido. Uno de ellos, casi por compromiso, aseguró: “espere aquí, que ya la atienden”. Dicho eso, volvió a prestarle atención a lo importante: el partido.
Quince minutos más tarde, todo volvió a ser como antes. La auxiliar regresó a trabajar a su despacho, la víctima del robo entendió que lo mejor que podía hacer era dejar de perder el tiempo y volver a su casa, y los policías del escritorio continuaron más ocupados que nunca... el Blackburn iba ganando y el partido estaba cada vez más interesante.

