Presenta:

La tragedia argentina: una mañana sin colegio, X15 y el desafío de no ser ni Videla, ni Firmenich

Una mañana que cambio la vida de muchos argentinos. Amenazas, asesinatos y torturas que marcaron la historia de un país donde la moderación y el equilibrio se volvieron un lujo casi imposible para la democracia.

María Estela Isabel Martínez de Perón y José López Rega. Foto: Avaxnews
María Estela "Isabel" Martínez de Perón y José López Rega. Foto: Avaxnews

Eran casi las seis de la mañana. En mi casa había movimientos extraños. Pocos minutos después me di cuenta de que a nadie le importaba si mi hermano y yo nos preparábamos o no para ir al colegio. Ese día, y algunos otros más, la escuela había dejado de ser una prioridad.

Con mis 12 años entré al comedor diario de mi casa dispuesto a desayunar, algo que también quedó trunco. En su lugar mi madre y mi padre discutían sobre algo que poco después comprendí exactamente.

El fantasma que volaba sobre la vida de los argentinos desde hace bastante tiempo se había corporizado y una junta militar nuevamente se hacía cargo del gobierno. La discusión en casa tenía un punto claro a decidir: mi padre era diputado por la Unión Cívica Radical desde 1973, más precisamente era el vicepresidente de esa bancada, y esa mañana a pesar del golpe se empecinaba en ir al Congreso e intentar entrar. Mi madre intentó contenerlo sin éxito.

Dos horas después, mi padre volvió a casa: en la entrada de la Cámara de Diputados de la Avenida Rivadavia una guardia militar obviamente le impidió el acceso a su oficina. Por entonces, el edificio anexo de Diputados aun no existía por lo que toda la actividad se desarrollaba en lo que conocemos como el Palacio. Solo volvió a ingresar allí una semana antes del 10 de diciembre de 1983 cuando, gracias a una revancha democrática, volvió a hacerse cargo de una banca tras el triunfo de Raúl Alfonsín.

El final de Isabel Perón

Desde ese mañana de 1976 la vida cambio para todos los argentinos. Ese miércoles anticipaba otro fracaso para el país, pero pocos podían intuir la dimensión del desastre que teníamos por delante y la bestialidad de la que podía ser capaz el terrorismo de Estado de la mano de una casta militar que asoló el país violando derechos, asesinando, pero también cometiendo delitos económicos que hasta ese momento no habían tenido antecedente.

Se había llegado a ese punto después de una etapa de disolución del poder democrático en medio de una violencia sangrienta que tampoco se había vivido en el país. Antes de la muerte de Juan Domingo Perón el caos ya se había apoderado del sistema político. El peronismo aun no quiere hacerse cargo de esto, pero la guerra entre la derecha y la izquierda que se le rebelaban a un Perón que ya no controlaba nada, terminó peleándose en las calles y el costo lo pagaron todos los argentinos.

No había urnas en el PJ de esos tiempos; había expulsados de la Plaza de Mayo como Montoneros, organizaciones paralelas a la legalidad como las Tres A, sindicalismo que veía por delante un escenario de muerte y destrucción mientras seguía acomodando privilegios y un sector del peronismo que intentaba, sin éxito, frenar antes del abismo.

El país que planteaban Montoneros y el ERP, cada uno por su lado, era un proyecto delirante, delincuencial, inconstitucional y a espaldas de la forma de vida que pretendía una sociedad toda que al mismo tiempo veía con desesperación como la realidad le estallaba en la cara. Los atentados, bombas y asesinatos eran algo de la vida diaria. Y el gobierno de María Estela Martínez de Perón ya había dado las ordenes iniciales de la represión ilegal, todavía bajo la forma de decretos firmados por la presidente, algo de lo que el peronismo aún sigue sin hacerse cargo y que incomprensiblemente la sociedad no lo exige.

Un tiempo después, esa sensación de disolución final de la sociedad fue el alimento para justificar que una parte de la Argentina mirara a otro lado sin cuestionar el golpe de Estado, muchos respirando aliviados, al punto de convalidar el asesinato de miles de argentinos que en lugar de haber sido juzgados por tribunales constitucionales terminaron torturados y asesinados en campos de concentración o en los vuelos de la muerte.

El Mundial 78 y la conciencia de los argentinos

No debe olvidarse que mientras la Junta Militar apuraba la organización del Mundial de 1978, pocos reparaban en que se aceleraban ejecuciones por el cierre de campos de concentración para intentar limpiar la imagen ante el mundo, un intento grotesco por parte de los militares ya que todas las democracias occidentales sabían de sobra lo que estaba pasando en el país. Militares, civiles y también la Iglesia deben hacerse cargo de esa realidad.

PHOTO-2026-03-23-21-14-21

Tras la muerte de Perón el 1 de julio de 1974 todo se había precipitado. Las Tres A intentaban aplastar cualquier intento de encontrar una salida democrática al desastre que protagonizaba Isabel Perón.

Cinco meses después de la muerte de Perón la oposición ya recibía amenazas de muerte. Esa mañana también fue movida en mi casa cuando llegó una copia de la amenaza de muerte contra mi padre en una lista que incluía a varios dirigentes y legisladores radicales.

Las amenazas de las Tres A

Esa nota, tipeada en máquina de escribir, rezaba: “COMUNIDADO AL PUEBLO ARGENTINO. El Grupo de Acción Distrito 1 del Comando Teniente Coronel Gimeno procederá a ejecutar a Aníbal Diez, Juan Trilla. Raúl Alfonsín, Conrado Storani, Rubén Francisco Rabanal, Antonio Macris, Carlos Alberto Bravo, Luis León, por su nefasta influencia sobre el pueblo argentino y su accionar disolvente y promarxista, que ataca las bases occidentales y cristianas de nuestra sociedad que el gobierno popular defenderá a toda costa”.

“Los condenados tienen 72 horas para abandonar el país; de lo contrario serán ejecutados en el lugar donde se los encuentre, siguiendo con la depuración iniciada, la que proseguirá sin desmayos a corto plazo”.

La firma de esta nota resume la tragedia a la que se encaminaba el país y que el golpe militar de 1976 terminó corporizando en la peor pesadilla que vivió la Argentina: “Viva Perón. Viva la Patria, Vivan las FF.AA. Alianza Anticomunista Argentina”

La reacción de mi madre esa mañana fue inmediata: levantó el teléfono y lo llamo a mi padre. “¿Nos vamos?”, preguntó. La respuesta obvia fue una negativa absoluta. Ninguno de la lista de “condenados” por las Tres A dejó el país.

El gobierno ofreció custodia de la Policía Federal que, según recuerdo, duró solo un día. Mi padre no quería que en la puerta de mi casa estuvieran de custodia agentes que obedecían ordenes de José López Rega, por entonces ministro del Interior y la misma persona que lideraba el grupo que los amenazaba.

Mi hermano y yo nos acostumbramos por un tiempo a ir al colegio acompañados por un grupo de amigos de mi padre que se ofrecieron de improvisados custodios, una medida casi inocente habida cuenta el nivel de violencia que se vivía.

Vigilancia militar

El derrotero de la tragedia siguió, los atentados y las muertes crecieron. Tras el golpe todo cambio y para peor. Mientras se conocían las historias de quienes desaparecían y algunos hijos de amigos de mis padres lograban salir del país, en casa la presencia militar se hacía ver cada tanto como para confirmar la vigilancia.

Una mañana sonó el teléfono y de casualidad pasaba cerca y atendí. Para quienes nacieron varias décadas después por las dudas se aclara que la telefonía celular no se conocía ni en películas de ciencia ficción. Una voz me avisó: “Decile a tu papá que llamó X15. Que prepare la canasta para ir de picnic”. Le corté pensando que era un chiste. Estábamos acostumbrados a los ruidos raros en el teléfono producto de la pinchadura habitual que tenían todos los dirigentes políticos.

Se lo conté a mi madre y todo estalló en un ataque de nervios. Ahí me contaron que X15 era un viejo conocido que trabajaba en la Policía Federal y que, desde las épocas del golpe de Juan Carlos Onganía en 1966, avisaba cuando había un operativo para detener dirigentes. Lo de la canasta y el picnic era la clave que indicaba que había que dejar la casa. Parecía toda una película de espías, pero era así la vida diaria de algunos argentinos; muchos no tenían ni noticia de lo que pasaba y otros directamente eran asesinados.

https://www.bbc.com/mundo/articles/c4g2y5y056lo
La primera Junta Militar estaba integrada por Emilio Massera (izquierda), Rafael Videla (centro) y Orlando Agosti (derecha).
La primera Junta Militar estaba integrada por Emilio Massera (izquierda), Rafael Videla (centro) y Orlando Agosti (derecha).

Pasaron dos años del golpe y ya había abundante información sobre lo que sucedía en los campos de concentración. Los anticipos de informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos eran demoledores. Recuerdo haber leído uno que mi padre trajo a casa con el que quedé impactado por el relato de las torturas aplicadas a adolescentes de mí misma edad y a embarazadas.

Nadie podía imaginar por entonces que en algún momento la justicia comenzaría a conseguir su lugar, que la pesadilla de la violación de los Derechos Humanos en el país tendría castigo y menos bajo la convicción de un presidente, radical, como Raúl Alfonsín que junto a la inmensa mayoría de los argentinos impulsó la investigación por la verdad y el castigo a los culpables. Faltaba mucho tiempo para eso,

El camino iba a ser difícil. Dos años después del golpe registré otro antecedente de lo que vendría. Durante un almuerzo en Ciudad de México, un estadounidense sentado en la mesa contigua a la nuestra escuchó a mi padre y le pidió hablar. Tras un rato de charla sobre lo que sucedía en la Argentina preguntó: “Entonces dígame: ¿ustedes con quien están, Videla o con Firmenich?”. La respuesta que le dio bien podría aplicar hoy como explicación a algunos argentinos que insisten en mantener la cuestión a dos bandos: “Con ninguno de los dos. El 90% de los argentinos no queremos ni a Videla, ni a Firmenich. Son los responsables de nuestra tragedia”.