Empresarios sin límites y políticos sin coraje: cuando mandan los que no se eligen
El ruido reemplaza al debate y la política se caricaturiza. Entre lobbies, datos y despidos, crece la pregunta: ¿para qué sirve esta democracia?
La presión corporativa vuelve a expresarse mediante despidos, especulación y lobby político.
Archivo.No hay nada que erosione más rápido la autoridad que el ridículo. Cuando el poder se vuelve objeto de burla, pierde su aura de legitimidad y comienza a sostenerse en la agresión. En el clima político actual, los exabruptos y los insultos organizan más que la verdad. El ruido sustituye a los argumentos y la provocación reemplaza al debate.
La sociedad ya no cree en los relatos épicos ni en las consignas populistas
No porque haya dejado de necesitar justicia social, sino porque la credibilidad de quienes invocaban esas banderas se agotó. En ese vacío prosperó una nueva narrativa: la idea de que los políticos deben ser desplazados por financistas, gerentes y empresarios, presentados como los únicos generadores de riqueza. En contraste, la política aparece caricaturizada como una “casta” totalmente improductiva. Este cambio no es solo cultural, es estructural. Lo que alguna vez fue el proyecto internacionalista del reformismo social, simbolizado por la antigua “Internacional Socialista de los Trabajadores”, parece haber sido reemplazado por una red informal de intereses económicos globales que influyen sobre gobiernos y parlamentos llamada tranquilamente “Internacional Capitalista de Rufianes Mayores”. No se trata de conspiraciones visibles, sino de presiones silenciosas, lobbies permanentes y decisiones tomadas fuera del control ciudadano.
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En ese contexto, la selección de dirigentes también cambió. Se privilegia a figuras sin autonomía, sin experiencia y sin pensamiento propio. Operadores obedientes antes que representantes con convicciones, que son piezas funcionales a un sistema donde el poder real no siempre coincide con el poder visible. Al mismo tiempo, se despliega una disputa feroz por el control de la información: datos personales, hábitos, perfiles de consumo y comportamiento electoral, entre otros. La política se vuelve una ingeniería social, proyectos administrativos o jurídicos —como la reforma laboral— funcionan muchas veces como excusa para instalar debates que distraen del objetivo de fondo: redefinir el funcionamiento mismo de la democracia.
La política se vuelve una ingeniería social
Cada vez más ciudadanos sienten que el sistema no les otorga dignidad ni libertad, sino frustración. La pregunta que crece en silencio es brutal: si mi vida empeora, ¿para qué sirve esta forma de democracia? Cuando la gente se siente excluida y no escuchada, el contrato social comienza a resquebrajarse. En este escenario, el bienestar humano deja de ser el centro. Lo central pasa a ser la administración del comportamiento colectivo, muchas veces mediada por redes sociales que amplifican la desconfianza de exprofeso hacia las dirigencias y convierten la sospecha en un clima hostil y fragmentario permanente.
La función de los políticos debería ser proteger a las personas de las condiciones que las dañan
Sin embargo, la realidad muestra lo contrario. Gobiernos que resguardan a empleadores más que al empleo mismo, mientras a los trabajadores se les promete un futuro mejor que siempre se posterga y nunca llega. El sacrificio se vuelve permanente; la recompensa, hipotética y vana. La historia reciente argentina ofrece ejemplos concretos. Durante crisis económicas y sanitarias, muchas empresas recibieron alivios financieros o rescates estatales, mientras el empleo continuó deteriorándose. Cuando la ecuación deja de ser rentable, los despidos llegan sin contemplaciones. El debe y el haber se unen para no tener fronteras, la ganancia se acredita siempre en la cuenta del empleador y la perdida se debita automáticamente en aquellos que dependen de un salario.
El caso actual del empresario Javier Madanes Quintanilla resulta paradigmático. Dueño de FATE, principal fabricante local de neumáticos, y de Aluar, única productora nacional de aluminio primario, entre otras. Su trayectoria empresarial estuvo históricamente vinculada al respaldo estatal. La estatización de sus deudas privadas en los años ochenta es uno de los capítulos más recordados (286 millones de dólares que terminó pagando el pueblo). Sin embargo, cuando el ajuste cae sobre los trabajadores, la lógica empresarial parece desentenderse de cualquier responsabilidad social. Es decir, en donde varias veces los humildes fueron solidarios con él, a la hora de ser solidario con estos les da la espalda y solo piensa en sus intereses.
Las alocuciones de este empresario, guarangas y despectivas, en todo momento se esmeran en presentar a los trabajadores como bandidos y forajidos que reaccionan injustamente contra un cartel provocador que anuncia despidos en la entrada de su fábrica. Tuvo una intención clara y manifiesta: utilizarlos de rehén para aprovecharse del tratamiento de la injusta y retrograda reforma laboral, y así lograr un nuevo rescate del Estado que alivie las cuentas de sus empresas.
La presión corporativa vuelve a expresarse mediante despidos, especulación y lobby político
Para los grandes actores económicos, esperar suele ser rentable, pero para los trabajadores, en cambio, la espera se mide en angustia, en cuentas impagas, y en la repetición de una vieja melodía: fin de mes llega siempre antes que el salario digno. La cuestión de fondo no es solo económica, es política y moral. Se trata de decidir si este modelo distorsionado de democracia seguirá siendo una herramienta para equilibrar el poder o si terminará convertida en un sistema formal, administrado por intereses que no se someten ni les interesa el voto popular.
En sí, cuando el poder pierde su rostro, la democracia actual corre el riesgo de perder sentido.
* Victorio Pirillo. Secretario General Sindicato Trabajadores Municipales de Vicente López (STMVL)



