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El costo de la diplomacia del agravio: Brasil, el Mercosur y el futuro de la Argentina

La política exterior es (o debería ser) una política de Estado. No es un lienzo en blanco para que el mandatario de turno pinte sus caprichos o sus simpatías ideológicas.

Javier Milei insiste en calificar a Lula da Silva de comunista, ladrón y corrupto. 

Javier Milei insiste en calificar a Lula da Silva de "comunista", "ladrón" y "corrupto". 

EFE

Javier Milei insiste en calificar a Luiz Inácio Lula da Silva de "comunista", "ladrón" y "corrupto". Desde el Ejecutivo Nacional intentan vender esto como una "batalla cultural" o un mero choque de personalidades. Pero no nos engañemos: no hay ningún exabrupto aquí. Lo que vemos es una política exterior que nos aísla de manera deliberada y que pone en jaque directo el empleo, la producción y el desarrollo de nuestras economías regionales.

Que el gobierno brasileño haya decidido retirar a su embajador en Buenos Aires y rebajar su nivel de representación diplomática marca un punto de inflexión gravísimo. El presidente se jacta de no tener que pedir disculpas por "decir verdades" en sus entrevistas y viajes. Como Parlamentaria del Mercosur, asisto a este desmantelamiento de nuestros vínculos con una alarma absoluta. La política exterior es (o debería ser) una política de Estado. No es un lienzo en blanco para que el mandatario de turno pinte sus caprichos o sus simpatías ideológicas. Subordinar el interés estratégico de la Nación a la ideología no es ejercer soberanía; es claudicar en el deber de proteger al país.

Deteriorar la relación con Brasil no es un formalismo de cancillerías. Hablamos de nuestro principal socio comercial y del motor industrial de la región. Históricamente, Brasil absorbe el 12,6% de nuestras exportaciones totales y es el comprador número uno de nuestras Manufacturas de Origen Industrial (MOI).

Cuando se rebaja una embajada, se obturan los canales diarios. Las embajadas no están para organizar cócteles; están para destrabar cupos en las fronteras, frenar barreras pararancelarias y defender a nuestras pymes ante medidas antidumping. Hoy, el exportador argentino está huérfano. Y el impacto sobre el empleo es devastador: los puestos de trabajo que exportan a Brasil son formales y estables, especialmente en los sectores automotriz, plástico y metalmecánico. Mientras nosotros nos aislamos, Brasil está recibiendo 17 veces más inversiones automotrices que la Argentina. La irresponsabilidad retórica se traduce, inexorablemente, en desinversión y persianas que se bajan.

Resulta insólito que el gobierno nacional celebre a los gritos un posible acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea mientras, en simultáneo, se dedica a dinamitar los puentes con el garante de nuestro propio bloque. En los debates interregionales donde discutimos la arquitectura de nuestra sostenibilidad, la realidad es evidente: el acuerdo con Europa solo nos servirá si negociamos desde la fortaleza de un Mercosur unido. Es una quimera diplomática pretender insertarse en el mundo desarrollado tras haber prendido fuego el propio barrio.

Este deterioro que se digita cómodamente desde los despachos porteños tiene un correlato doloroso en nuestras provincias. Desde Mendoza, la crisis diplomática se lee con la urgencia de quien ve su ecosistema productivo amenazado. No somos solo la tierra del sol y del buen vino; somos una potencia exportadora.

Los números hablan solos. En 2025, Mendoza exportó por un total de 1.500 millones de dólares. Brasil compró 409 millones de dólares, es decir, el 26% del total de nuestras exportaciones. Se llevan el 50% de nuestra exportación primaria y más del 20% de nuestras manufacturas industriales. Ajo, aceite de oliva, ciruelas, duraznos y, por supuesto, nuestra industria vitivinícola.

El vino mendocino no llegó a las góndolas brasileñas por arte de magia; costó años de misiones comerciales y construcción de marca. Ese esfuerzo privado necesita un Estado que agilice las aduanas, no que insulte al comprador. Además, nuestro entramado metalmecánico y nuestra posición en el Corredor Bioceánico y el paso Cristo Redentor nos hacen indispensables en la logística. Si el comercio se retrae, los camiones dejan de circular y las inversiones se esfuman. Lo que en Buenos Aires es un tuit incendiario, en Mendoza es la paralización de nuestras industrias.

Atravesamos una transición global marcada por la tensión entre potencias. Si Sudamérica negocia dividida sus recursos estratégicos y alimentos, seremos simples tomadores de precios. La confianza diplomática tarda décadas en construirse. La integración con Brasil nació con la Declaración de Foz de Iguazú en 1985, firmada por Alfonsín y Sarney. Dinamitar casi cuarenta años de política de Estado es un acto de ceguera histórica intolerable.

Tener una relación madura con Brasil no implica que el presidente argentino deba compartir la ideología del brasileño. Implica, pura y exclusivamente, tener la estatura de un Jefe de Estado. La grandeza de un país no se mide por el volumen de sus agravios, sino por su capacidad para construir estrategias que defiendan la paz, el trabajo y el futuro de su gente. Quienes ocupamos espacios de representación tenemos la obligación de ponerle un freno a la diplomacia del insulto.

Marina Femenia

Parlamentaria del Mercosur.