Como Alberto Fernández, Javier Milei tiene en Manuel Adorni a su "pobre Fabiola"
Funcionarios nacionales intentan, sin éxito, que Javier Milei se desprenda de Manuel Adorni. Ni los viejos amigos del presidente ni Karina Milei lograron hacerlo cambiar de opinión.
Adorni es para Milei lo que Fabiola Yañez a Alberto Fernández.
En la Casa Rosada no hay margen para hablar de nada más que de Manuel Adorni. El jefe de Gabinete permanece en lo más alto del organigrama presidencial por dos razones: la tozudez de Javier Milei, quien cree que si el funcionario deja su cargo luego vendrán por el propio presidente de la Nación, y porque Adorni sabe que no tendrá más vida desde el mismo momento que termine de ser empleado público.
¿Adónde irá a tomar café? ¿De qué trabajo lo llamarán? ¿Le alcanzará toda la que parece haber hecho para sobrevivir a la catarata de causas que se le abrirán debajo de sus pies? ¿Se animará a vivir solo de alquileres?
Feo ser él porque, a diferencia de otros sospechados o condenados por corrupción, él impuso un umbral moral tan alto que su caída provoca la reacción popular. No es Cristina, ni Néstor, Amado Boudou ni José López, por dar algunos nombres ya revestidos con una pátina de sospechoso crecimiento patrimonial. En todo caso, el peronismo kirchnerista no hacía gala ni utiliza un discurso moral como sí lo hace este gobierno anarco libertario. Y el público que fue a buscar a un panelista histriónico para sacarse de encima todo el pasado de una buena vez tenía, como principio, la lucha contra la corrupción.
En el Congreso, los antiguos aliados se miran de reojo y no quieren aparecer ni cerca. A pesar de que algunos de ellos tengan antecedentes por los cuales preocuparse, la política los obliga a tomar posiciones incómodas para sus propios intereses, como se observa en el PRO. Cristian Ritondo, por ejemplo, cuando fue acusado de tener múltiples propiedades en el exterior, la Ciudad Autónoma y Pinamar, fue el propio Javier Milei quien salió a desestimar lo que se decía del presidente del bloque macrista. El que esté libre de culpa, que tire la primera piedra.
Desde hace una semana son los propios libertarios quienes impulsan, silenciosamente, la salida de Manuel Adorni. Lo hacen a través de trascendidos y posibles instancias legislativas que hablan de voto de censura o, directamente, un juicio político. Este camino es el más largo y el que más le convendría al presidente, porque le daría tiempo para aceptar o pedir su renuncia. El tema es que si se produce dicha instancia, el jefe de Gabinete no podrá ocupar ningún otro cargo público de por vida.
La inercia es otro efecto contraproducente si el tema se entrevera en la agenda legislativa. Todos saben cómo entra un expediente de estas características, pero nadie puede garantizar qué terminará pasando. Aquella mayoría espesa que generó la elección legislativa de octubre pasado, en la que La Libertad Avanza casi triplicó la cantidad de diputados y senadores propios, carece de solvencia parlamentaria.
Además, al oficialismo nacional se le hace imprescindible contar con el apoyo del PRO y otros legisladores sueltos de provincias que, hasta acá, venían trabajando mancomunadamente con el mileísmo. Si estos bloques toman otros caminos o se paran de la vereda de enfrente, la conformación de mayorías simples o especiales será un hecho.
La anomalía de defender lo indefendible es un problemón para políticos profesionales como Diego Santilli, Patricia Bullrich, Ritondo u oficialistas como Sebastián Pareja o el propio Martín Menem. Mientras La Libertad Avanza y Javier Milei, personalmente, mantenían la iniciativa política, todo era muy fácil, y la amenaza paralizaba al resto. Hoy el oficialismo se parece al fantasma de Monster Inc., ese mismo personaje que el presidente destacó en una de sus últimas apariciones públicas.
¿Cuánto le costaría a Javier Milei si, antes de dejarlo sin trabajo, lo nombra embajador a Adorni? La Libertad Avanza ya está nadando dentro de la casta con todo lo que está mostrando y haciendo. En caso de que lo nombren representante argentino en otra nación, directamente, se revolcarán casi en el lecho de lo que venían a combatir.
Adorni termina representando al Gobierno. Lo que debería haber sido un funcionario fusible se transformó en un tapón y su figura, en meme. Y esto es lo más grave para un proceso económico que promete bienestar pero, en el mientras tanto, solo provoca privaciones y angustia. Mientras unos pasan penurias, otros se hacen millonarios en pocos meses. Es, comparativamente, algo similar de lo que sucedía con Alberto Fernández en la pandemia. Mientras él obligaba al resto a quedarse en casa, su esposa, con su aprobación, armaba clandestinas en Olivos.
En el Senado, los libertarios no quieren ni hablar de convocar a una sesión ordinaria por miedo a que rápidamente se consiga la mayoría especial para iniciar una moción de censura, por lo menos. Y, en Diputados, si bien pretenden reunirse pasado mañana para aprobar el Súper RIGI o cuidar más la Propiedad Privada, también son más que prudentes porque no peden frenar la inercia social y política del Caso Adorni.
Mientras tanto, esa desintegración discursiva también se traslada a la política. Los hacedores del fenómeno de Milei, conducidos por Santiago Caputo, que provocaron que cientos de miles de padres tomaran en cuenta los pedidos políticos de sus hijos, se retiraron de todos lados. Saben que, si reelige el presidente, son los primeros que quedarán afuera.
Y los territoriales, que antes eran convocados por intendentes y dirigentes para ver cómo podían sumarse, y hasta se afiliaban a esa fuerza, ahora miran con desconfianza. Inclusive juegan activamente para algo que los sostenga en la casta, como las reelecciones indefinidas. Aman vivir del Estado y no dudan en ser casta cuando les conviene, yendo ellos o nombrando a sus familiares directos para ser heredados.

