Breve derrape, desde Yrigoyen, a los hippies con OSEP del siglo XXI
Para ser parte de cambios importantes, a veces puede ser necesario pasar por procesos no del todo deseados
Se cumplió, a principios de este invernal mes que marca el inicio del segundo semestre, un año más del fallecimiento del presidente Yrigoyen.
Cultura. Presidencia de la NaciónSe cumplió, a principios de este invernal mes que marca el inicio del segundo semestre, un año más del fallecimiento del presidente Yrigoyen; en la ocasión, y como cada tres de julio, don Hipólito fue recordado por haber sido el primer presidente argentino elegido por el voto secreto y obligatorio (solo de los varones, en aquel ya lejano 1916) y también por ser el primero en ser derrocado por un golpe militar. Ambas verdades irrefutables, pero que no declaran, en su simpleza, el camino que tuvo que recorrer “el Peludo” (como le decían a Yrigoyen) para llegar y mantenerse en ese primer gobierno de democracia plena.
El poder, hasta ese entonces, había estado en manos de la oligarquía conservadora del país. Y con ellos tuvo que sentarse Yrigoyen (seguramente de muy mala gana) para negociar que se aprobara la que con los años sería denominada “Ley Saenz Peña”, y que una vez promulgada le permitió ser elegido presidente. Se generó para esto un empadronamiento completo de los varones mayores de edad, y se impuso la obligación de votar en secreto, desarticulando las presiones y mafias que habían manejado los procesos electorales hasta la fecha. Pero no todas fueron flores una vez que don Hipólito ganó: entre otras medidas, ordenó más de treinta veces la intervención de gobiernos provinciales (en algunos casos más de una vez a la misma provincia) para poder sostener la gobernabilidad de esa democracia incipiente, que de todos modos fue truncada por las armas en un tristísimo 6 de septiembre de 1930.

Te puede interesar
La obra de la calle Yrigoyen sumó un nuevo corte: cómo circular por la zona
Para hacer una tortilla, primero hay que romper los huevos
Todo este repaso histórico viene a cuento de que, desde esa época y hasta la actualidad, todo indicaría que a los gobernantes les resulta muy difícil hacer una tortilla sin antes romper los huevos. Y se le hace casi imposible a un dirigente intentar reformas importantes en la sociedad que gobierna, sin tener en el camino que realizar acuerdos con sectores políticos diferentes, y sin tomar medidas que pueden sonar circunstancialmente contrarias a los principios del gobernante, pero que a la larga, quizá con ayuda también de contextos externos, puede terminar favoreciendo a los intereses generales de la sociedad; y este debería ser, en definitiva, el objetivo de quien lleva adelante los destinos de una provincia o de un país: buscar el bienestar general de la población que habita sobre el bendito suelo de la región, en nuestro caso específico, de Mendoza o Argentina.
Así las cosas, y si uno mira el devenir de un gobierno “desde afuera”, bien puede ofenderse o estar de acuerdo con esto y no con aquello. Pero cuando una persona forma parte del equipo gubernamental de un municipio, de una provincia o de un país, no puede andar eligiendo qué le gusta y qué no: va a tener que confiar en el criterio del dirigente que lo puso en esa función que ocupa, o en su defecto, agarrar la tacita del escritorio, apagar la compu, presentar la renuncia y partir rumbo a la parada de micro de la esquina para volver a su casa, con la cola entre las patas, pero con la frente alta. Y acá es donde entra el “hippie con OSEP” del título, refiriendo a funcionarios/as que son de quejarse de las decisiones circunstanciales de un gobierno al que pertenecen, y que amparados en la supuesta necesidad de “no bajar las banderas”, no forman parte de procesos en los cuales se les requiere una participación activa, declamando que no están de acuerdo con el rumbo, o con las alianzas que se realizan; pero todo esto sin renunciar al cargo: la ideología limpia y pura del hippie, pero manteniendo la obra social.
-
Te puede interesar
Una nueva calle se suma al corte por las obras de calle Yrigoyen
Mendoza, como ejemplo nacional
Podríamos utilizar, como ejemplo hipotético, al actual gobierno de Mendoza: yo entiendo que, desde la oposición, y buscando rascar en el fondo de la olla para recuperar una confianza que la ciudadanía parece haberles retirado, muestren como una gran cosa acuerdos de los oficialismos provincial y nacional. Pero resulta imposible de entender que puertas adentro del gobierno, haya alguien que no defienda a capa y espada el casi 30% del presupuesto provincial que se destina al ministerio de Educación, y que ha colocado en estos días a Mendoza en el tope de las provincias con mejores resultados en Lengua y Matemática entre las escuelas del país. Del mismo modo, no puede desconocerse el profundo crecimiento en el sistema de salud pública provincial, ni la cantidad de obra pública que se está realizando; todo esto, en contraposición con el ideario del gobierno central del país, desde el que se declama la desaparición del Estado como solución a todos los problemas argentinos, con un punto de vista que, más allá de que se comparta o no, claramente es contrapuesto a las políticas aplicadas en Mendoza.
En definitiva, que cada quien es libre de pensar como quiera, que eso es parte fundamental de la democracia. Pero para ser parte de procesos de cambio, es necesario (al menos en mi humilde opinión) aceptar la necesidad de que a veces es ineludible comprometerse con políticas que, aunque parezcan tomar un camino más largo y sinuoso, al final del recorrido el objetivo sigue siendo el deseado: conseguir el bienestar general de la población, razón única y final que debería guiar a cualquier gobierno de bien.
* Pablo Gómez. Licenciado en Ciencias Sociales.
IG: @prgmez

