ver más

A 50 años del golpe militar, la historia se puede repetir por que los bandos quieren tener razón

La historia se repite: tragedia y luego farsa. A 50 años del golpe en Argentina, persisten las dudas sobre sus causas y cómo evitarlo, mientras la mirada única impide un análisis profundo.


Quienes ya tenemos más de 50, y en 1976 teníamos alguna noción de nuestras vidas, recordamos como pocas cosas lo que estábamos haciendo el fatídico 24 de marzo de aquel año. Con sólo ocho años, no tenía conciencia de lo que se avecinaba, de las consecuencias que ese nuevo golpe militar iba a traer para nuestro país pero sí, claramente, recuerdo todo lo que pasó cuando por la cadena nacional se informó que las Fuerzas Armadas habían tomado el control político del país.

Sentado en la puerta de la cocina, del lado del patio, festejé por lo único que me había quedado en la cabeza tras la cadena nacional. Al otro día no iría a clase. Inmediatamente, detrás de mí, mi papá, a veces de pocas palabras, me dio un leve pero determinado coscorrón en la cabeza y me dijo: "No hay nada que festejar pelotudo".

Le salió del alma. No era de insultar y mucho menos de expresarse políticamente. La nuestra era una de esas típicas casas donde no se hablaba de política. Sí de fútbol, mucho, y de trabajo, del dinero que no alcanzaba o cuando había, era muy justo. Pero política, poco o nada, aunque al recordar algunos encuentros familiares, sí había una grieta. Peronistas y antiperonistas.

Eran momentos de anarquía. Había muerto Juan Domingo Perón y su sucesión fue caótica: con muertes y venganzas esparcidas por las calles, cuadrillas militarizadas disfrazadas de movimientos políticos como el ERP y Montoneros y una orden estatal preparada para la erradicación absoluta de estas bandas sin contemplar ningún criterio legal.

Luego de medio siglo de aquel episodio, con las constataciones que tuvimos en todo este tiempo. Saqueos de niños y en los hogares de los subversivos y militantes, quienes nunca fueron dispuestos ante el Poder Judicial para su juzgamiento por los delitos que hubieran realizado, vuelos de la muerte, desapariciones de personas y censura de las garantías individuales, cuesta escuchar que poco o nada se aprendió de aquellos oscuros momentos.

La democracia, con sus imperfecciones, costos y obligaciones, siempre es mucho más libre, y por eso imperfecta, que cualquier otro proceso social. Pero lamentablemente, las fallas, los magros resultados en materia social y económicos, las frustraciones y el aumento del delito y el crimen a través de la infiltración de bandas narcos en la Justicia y las fuerzas de seguridad, hacen que hoy en algunos sectores, se reclame "mano dura" o la instauración de un sistema "a lo Bukele", aunque nadie sepa qué es vivir así.

Mucho del desgaste observado en la mantención de la Memoria como valor indiscutido y fuera de toda grieta fue la malversación discursiva realizada en los últimos años por el kirchnerismo. Néstor Kirchner sobreactuó su fervor en favor de las organizaciones montoneras y de Derechos Humanos para ocultar su enriquecimiento con la circular 1050 y el abrazo simbólico realizado a los gobiernos militares de aquel momento.

Luego vino el relato más directo, en el que se utilizaron a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo para su propio provecho y se las inundó de recursos que hicieron de ambas organizaciones una vocería más de ese proyecto.

Como contracultura y parte del nuevo relato, Javier Milei ganó ayudado por una candidata a vicepresidenta, Victoria Villarruell, quien no solo reivindica el Proceso de Reorganización Militar sino que suele tener una mirada absolutamente negacionista de los crímenes cometidos en esos años tan oscuros, donde no hay que olvidar la utilización de la recuperación de las Islas Malvinas como parte de ese esquema de poder.

Hoy parece que está mal recordar que hace 50 años se inició un proceso, en el que también participaron civiles, dirigentes sindicales y políticos, que desembocó en una tragedia humana, social y económica cuyos desbastadores efectos perduran hasta hoy. Desde los representantes políticos, en jaque por no darle respuestas a sus representados, hasta los militares, cuyo presupuesto fueron diezmados hasta casi llegar a la indigencia.

El rostro de Jorge Rafael Videla y la consigna que se hizo un símbolo.
El rostro de Jorge Rafael Videla y la consigna que se hizo un símbolo.

Los horrores del pasado no se pueden evitar borrando y cambiando la historia, o queriéndolos torcer hacia una conveniencia política circunstancial e hipócrita. Hay cientos de sobrevivientes, hijos, hermanos, parientes, esposas y esposos, padres y madres que pueden certificar lo tortuoso y doloroso de ese momento, aunque nadie puede juzgarlos porque algunos pongan en su mirada una tendencia o postura determinada.

Lo que sí no se puede permitir es que la Nación y su Estado no trabajen en cada estamento nacional, provincial y municipal para debatir y entender por qué nos pasó. La sobreactuación progresista, por un lado, y el silencio Pro – liberal, por el otro, nos obliga a ver el futuro con mucha preocupación.