Crónica de viaje XI: cuando surfear la ola deja de ser una linda metáfora
Santa Teresa es una calle larga y nada más. A cien metros, para un costado, el mar, con sus olas, sus pelícanos, sus pececitos que saltan y sus atardeceres que enamoran. Para el otro costado, la selva, con sus verdes que pintan el paisaje y sus monos que se visten de gala para recibir al turismo. Para llegar a esta punta de la península de Nicoya, en Costa Rica, se necesita tiempo y dinero. Hay que viajar sí o sí una hora y media en un ferry que cruza el Golfo de Nicoya desde Puntarenas hasta Cabo Blanco.
El surf funciona como un imán que atrae a distintos turistas de todo el mundo. Llegan con distintos presupuestos y se instalan en hostales y campings a metros de la playa, o incluso en resorts. Estos últimos por lo general están en la selva, donde encuentran un lugar más relajado, distinto al caos que muchas veces se genera en la única calle que funciona como una columna vertebral de este lugar. Tomar una clase de surf cuesta US$ 75, mientras que alquilar una tabla por todo el día, US$ 14, así que mejor buscar un conocido y darse maña, que fue lo que hice, aunque a los ticos les gusta poco y nada ver que algunos elegimos este método más económico para aprender.
“Ojo, si ven que un amigo te está enseñando en la orilla se puede acercar alguno y pedirte que le compres la clase y cortarles la explicación”, me advirtió un viajero cuando le conté que Nahuel, un argentino surfer de San Miguel, me iba a enseñar a pararme en la tabla arriba de las olas. Al final nadie apareció y pude aprender bien los movimientos para moverme dentro del agua.
El surf es una práctica ancestral que tiene sus primeros registros en tribus de Hawai. No sólo formaba parte de una actividad recreativa y carnavalesca, que practicaban desde los más altos estratos de aquella sociedad, hasta los más plebeyos, sino que también formaba parte de un ritual religioso. Las tablas se elaboraban con madera de árboles sagrados y antes de ser sumergidas por primera vez en el agua, recibían una especie de bendición en un rito que se hacía en la orilla de las costas hawaianas del Pacífico.
Yo alquilé una de espuma de polietileno que medía casi dos metros de largo por 50 centímetros de ancho. Fue la que me recomendó Nahuel para aprender. Antes de entrar al agua, me enseñó los cuatro pasos que hay que hacer para pararse en la tabla. Claro, en tierra firme todo parecía más fácil. También me explicó algunos códigos de surfers, que se pueden sintetizar en la siguiente oración: cuando alguien que sabe está en la ola, hay que correrse y dejársela. Además, me dijo que jamás suelte la tabla porque puede irse empujada por la fuerza del mar (aunque queda atada a mi tobillo) y lastimar a alguien.
Dentro del agua todo era muy distinto. El desequilibrio de la tabla era algo muy difícil de corregir cada vez que la ola me empujaba. Aun así, logré pararme un par de veces, pude hacer bien los movimientos. Antes de conocer Costa Rica, dije muchas veces que estaba "surfeando la ola", como metáfora para contar algún estado de ánimo o situación particular. Pero, sinceramente, nunca la pensé mucha al decirla. Ahora, que surfeé una ola, me doy cuenta que esa frase puede servir cuando uno siente que el equilibrio es algo que dura muy poco, que por más firmes que estén los pies, nunca se sabe cuál puede ser la próxima corriente, ola o espuma que a uno lo puede voltear. Y que la adrenalina es una medicina intensa, parece eterna, pero en algún momento se acaba. El momento de mayor disfrute fue cuando nadé hacia adentro del mar y me senté en la tabla. Ahí pude ver al sol esconderse por detrás del mar, vi al naranja teñir las pocas nubes que se acercaron a ver este momento maravilloso. También vi el reflejo que dejó sobre el agua, como una especie de legado de este gran día en Santa Teresa.
La cantidad de argentinos que hay acá es llamativa. Qué particular es nuestro país, incapaz de resolver problemas económicos que otros dejaron atrás, pero con habitantes que buscan salir adelante donde sea. A cualquiera de las personas que vive acá, uno le pregunta quiénes son los principales inversores en esta tierra y le contestan, estadounidenses, israelíes y argentinos. Un podio difícil de entender.
También hay una gran cantidad de argentinos que llega a esta tierra de vacaciones o viene por un tiempo y decide quedarse. Por lo general, no tienen empleos calificados, se dedican a atender en bares, vender ropa en comercios o atender la recepción de hoteles. En Argentina, este grupo pertenece a la clase media alta, pero aquí está dispuesto a renunciar a ciertas comodidades para vivir en la tierra de la 'pura vida'.
“Llegué con la idea de pasar dos semanas y mientras tanto trabajaba a distancia en la parte contable de una empresa paraguaya. Este lugar me encantó y decidí renunciar, y buscar un trabajo acá que tuviera que ver con la vida en Santa Teresa”, contó Micaela, una correntina que se instaló hace dos años en esta punta de la península de Nicoya.
Es difícil que consigan un trabajo por más de US$1.200 y sólo el alquiler de una habitación cuesta unos US$500. Además, Santa Teresa es uno de los puntos más caros de Costa Rica, por los costos de logística, porque los turistas están dispuestos a pagar más y porque los comerciantes se cubren para los meses de temporada baja, donde cae la actividad. En muchas ocasiones, son los propios empresarios argentinos los que terminan tomando a sus coterráneos para que trabajen en sus empresas. No necesariamente por amor a su patria, sino porque son la principal mano de obra disponible. “Es muy difícil encontrar ticos buscando trabajo acá”, comentó un empresario.
Igualmente, esto no está exento de tensión. Muchas veces los locales aseguran que “los argentinos vienen a sacarles el trabajo”. El migrante siempre es el otro. “Es mentira eso, los argentinos venimos acá a trabajar, compramos acá, pagamos rentas e impuestos acá”, se defendió un compatriota que la semana pasada fue intimidado por dos costarricenses cuando salían del trabajo.
En una sola calle, Santa Teresa es una tierra de oportunidades: para los argentinos que buscan alejarse del país y vivir con más calma, para los que vienen a descansar y para los que, como yo, solo queríamos surfear la ola. Más allá de la metáfora, una actividad que vale la pena.