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El gravísimo problema que tiene la provincia de Buenos Aires y que ninguno quiere atender

No existen soluciones mágicas ni permanentes cuando no se toma de raíz el problema a resolver. En el caso de la inseguridad bonaerense, alarma la indolencia de Kicillof y su ministro Javier Alonso.
Foto: Juan Mateo Aberastain/MDZ
Foto: Juan Mateo Aberastain/MDZ

"Lo que nos mata es la indolencia", le dijo a MDZ un intendente del Gran Buenos Aires que prefiere no discutir por los medios pero que no comprende que ni el gobernador ni su equipo más cercano dijera nada durante los últimos meses sobre la ola de inseguridad que recorre su territorio, que vive como nunca el flagelo de la justicia por mano propia o el asesinato a mansalva en ocasión de robo.

Efectivamente, Axel Kicillof parece ser el típico gobernante, puede ser intendente, gobernador o presidente que, si no ocurre cerca de su secretaría privada, nada sucede o la responsabilidad es de otro. "En ese caso, por lo menos hacé como si te preocupara, comentá algo, anunciá, prometé… Nada. En este caso, es nada", termina con su indignada apreciación sobre lo que debería hacer su muy posible candidato presidencial.

Los intendentes tienen otro "chip" para trabajar estos temas. Tienen, antes que nada, una capilaridad y cercanía que los obliga a estar rápidamente cerca de la víctima cuando el hecho trágico se produce y, salvo en contados casos, la mayoría invierte y promociona su inversión y compromiso en todas las publicidades oficiales. Esta semana, por ejemplo, uno de los que se trasladó hasta Villa Gesell para apoyar al gobernador, tuvo que soportar cómo los comisarios de su distrito no quisieron participar de un encuentro al que citó el secretario de Seguridad de ese territorio porque no tenían la orden del ministro Javier Alonso. Al parecer, ni a los propios los dejan trabajar. 

Desde hace más de un cuarto de siglo la provincia de Buenos Aires es un foco electoral cooptado por los proyectos nacionales que no guardan ningún compromiso previo ni personal con el territorio. Luego de Eduardo Duhalde, que fue el último jefe provincial que llegó desde un municipio bonaerense, el resto fueron "inventos porteños" que priorizaron, en este orden, alineamiento irrestricto con el proyecto nacional, negocios vinculados a los instrumentos necesarios para combatir el delito y, por último, alguna forma de reorganizar la muy deteriorada "bonaerense", encargada en los últimos tiempos de administrar el delito, la venta de estupefacientes, y liberar zonas para imponer una nueva necesidad que termina en un nuevo negocio o cambio de autoridades.

Duhalde se dio cuenta que no podía "recostarse" en la línea orgánica de su fuerza tras la conmoción que produjo el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. Hasta ese momento, casi al final de su segundo mandato, "La bonaerense" era la dueña de la calle, de los abusos y del control. Y fue la que aceptó la incipiente llegada de pequeños grupos narcos amparada por la política que vio en esa nueva economía un elemento nuevo de recaudación ilegal que, presumían, podían controlar. No sucedió.

Ruckauf intentó la mano dura pero tampoco alcanzó.

Carlos Ruckauf, Felipe Solá, Daniel Scioli, María Eugenia Vidal y Axel Kicillof intentaron "democratizar la fuerza", colocar "civiles" en la conducción policial e hicieron purgas y cambios que, en lugar de mejorar, deterioraron y desgastaron a los pocos que sabían el oficio. La Escuela Juan Vucetich se transformó en una agencia de empleo ante la falta de empleo y quienes egresaban de ahí no tenían el instinto, la vocación y la voluntad de ejercer el rol de Policía.

La inteligencia policial desapareció, al igual que cientos de "oficios clandestinos" que daban a la fuerza un montón de posibilidades de obtención de información. Las antiguas "boites" o "lugares de encuentros" en los que los malvivientes solían ir a pavonearse y gastar su dinero mal habido desaparecieron. Los lavantadores de quiniela, "bouches" que a cambio de seguir trabajando con tranquilidad le brindaban información calificada a los jefes de calle, no existen más.

Pero, lo que sí llegó es la droga, con su poderosísimo poder económico capaz de sobornar a las autoridades políticas y a esos "jefes" que ganan diez veces más que su salario con sólo liberar un par de cuadras. 

Esta contaminación se acentuó en las diferentes crisis económicas y con experimentos importados de otras latitudes como Rosario con la cocaína adulterada y demás productos que sirven para vender en cuantas fiestas habilitadas o clandestinas haya. Este año, para peor, la avanzada de las apps digitales con las que cualquier persona puede tener plata depositada y luego pagar sin necesitar efectivo hizo que los malvivientes deban extremar su osadía y recurran al robo de viviendas, donde suelen encontrar alguna moneda, esa que no se encuentra en la calle, o vehículos de cualquier modelo, ya sea camionetas, autos y motos, siempre acompañados de un arma preparada para ser utilizada porque como el valor de la vida de los asaltantes no vale nada, la de las víctimas, tampoco.

La sociedad se empieza armar y para eso cuenta con el apoyo y el respaldo de un gobierno nacional que dice que es feliz cada vez que muere un delincuente. Quizás la emoción sea compartida por muchos otros, pero desde es un desquicio inadmisible creer que eso puede reflejar felicidad desde cualquier estamento del estado. Pero tan grave como eso es que un gobierno aparezca indolente, arme peñas partidarias, inaugure cajeros automáticos y se queje de Javier Milei pero no dice ni una palabra por el miedo que tienen los habitantes de la provincia de Buenos Aires.