Crónica de viaje V: las dificultades de la maravillosa Habana y el milagro de Leonardo Padura
Desde La Habana, Cuba
Cuba es difícil. Y llegar siendo un turista con poca plata le da un nivel más de dificultad, que se vuelve aún más complejo e incómodo cuando perdés la bombilla del mate en el segundo día. Así que entiendan si se cruzan con oraciones sin sentido o falta de coherencia en algunas partes, este texto lo estoy empezando sin un mate al lado. Tal vez sea una experiencia extrema de las que propone este viaje. Y allí vamos.
Cuba es difícil porque un taxi para hacer 40 cuadras en La Habana puede salir desde 60 centavos de dólar hasta 10 dólares, de eso depende en parte la buena voluntad del taxista y la habilidad del turista para no dejarse estafar. Conseguir comida no es caminar unas cuadras, llegar a una góndola, elegir, pagar y listo. En Vedado, un barrio residencial cerca del centro, donde estoy parando, la fruta y verdura se agotan por la mañana. El miércoles cometí el error de ir un ratito después del mediodía. Solo pude conseguir algunos tomates, los que nadie agarró, y maíz. Este último lo compré con la intención de hervirlo y comerlo como un choclo. Cuando llegué al departamento, Zoe, la viejita de 80 años que me recibió, me aclaró que eso que compré era alimento de gallinas, y me aclaró que hace por lo menos 20 años no hay de ese tipos de maíz en la isla. También quise buscar algo para acompañar los tomates, un poco de carne o pescado. Encontré unas latas de sardina, que no me animé a comprar. Se vendían hasta dos por persona. Después vi que había unos pedacitos de bacalao empanados y unas hamburguesas, que cuando las cociné en la plancha se redujeron a la mínima expresión.
A Cuba no llegué sólo. En el avión conocí a Carlos, un uruguayo de 32 años fanático de Nacional, y a Mirian, una andaluza de 29 que quedó hipnotizada por la cultura maya. Los tres llegamos desde Cancún, y nos dimos cuenta de que estábamos en la misma situación: por primera vez en un país donde todo es extraño. Con levantar la cabeza alcanza para darse cuenta de que algo no salió del todo bien en La Habana. En cada cuadra hay por lo menos un edificio que lleva una cinta que advierte "peligro de derrumbe" y los que no la llevan están a poquito tiempo de recibirla. Se los ve más parecidos a la ruina de lo que en algún momento fue un imperio que a un lugar habitable por seres humanos. Es común oler pis en la calle y ver pilas y pilas de basura. Incluso, en algunas cuadras del centro los autos no pueden pasar por la acumulación de bolsas de basura tiradas en la vereda.
Hace por lo menos un año que Cuba tiene, una vez más, una crisis de abastecimiento de combustible fósil. Los barcos que en marzo del año pasado mandó el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, no alcanzaron para satisfacer toda la demanda. El petróleo también llega de México, pero lo cierto es que las refinerías que quedan en el país que hace 66 años es gobernado por un puñado de dirigentes que se autoperciben revolucionarios no dan abasto para generar el combustible que necesita la isla para sobrevivir. De ahí en parte se explican tres grandes puntos que dificultan la vida de los cubanos: la basura en la calle, ya que la empresa estatal no tiene a disposición los camiones para recoger los desechos; los apagones, que cada semana dejan por días u horas a familias sin luz, y hay directamente algunas calles en la ciudad que no tienen iluminación pública; las largas filas para conseguir combustible, que puede comprarse por cupo a un valor que puede ser de un dólar o hasta tres dólares el litro.
Y sin embargo, en la calle no se ve miseria. Con esto no digo que no la haya. Pero frente a un escenario que por momentos parece apocalíptico no se ve gente rota por el consumo de droga, ni familias pidiendo en la calle, ni chicos desnutridos buscando una limosna. Aunque puede haber faltantes cada vez más seguidos, todos los chicos tienen garantizada su ración de leche, que puede ser en polvo o líquida. Hay un seguimiento de que cada chico reciba una alimentación adecuada y tenga la escolaridad completa. "Si un niño falta dos días seguidos a la escuela, va el maestro a tu casa a preguntar que ha pasado", me explicó Zoe, que defendió la revolución de 1959, pero empieza a ver que ciertas ya cosas no andan bien. En 2024 Cuba terminó con una tasa de mortalidad infantil más parecida a la de los países escandinavos que a la del resto de América Latina. Fue de 7,1 cada 100 mil nacidos vivos, según el informe de la Red de Salud Médica de Cuba, citado por Unicef. Una cifra que se mantiene baja pero que creció en los últimos años, más después de la pandemia.
Mientras escribo estas líneas sigo pensando en lo difícil que es escribir sin un mate. Como se ha dicho mil veces, no es el sabor, ni siquiera la necesidad de tomar una infusión caliente. El mate, y más cuando estás lejos de casa, es ese lugar al que uno siempre puede volver. El mate sirve para calentarse la palma de la mano y no sentirse tan lejos cuando uno extraña, sirve para tenerlo al lado de la computadora, observarlo, y sentir la tranquilidad que da un mate caliente, un lugar para reposar.
De fondo escucho que Zoe hablar por teléfono. "Oye, chica. Tengo un argentino aquí en mi casa que necesita una bombilla pal' mate ¿vio? eso que toman los argentinos", le cuenta al teléfono. No logro escuchar qué le contesta pero ella insiste: "Yo quería saber si a ti te ha quedado de casualidad una de esas, que es como un cañito de metal con unos agujeritos. ¿Tú me entiendes?". De alguna forma le dijo que no. Después se acercó y me sugirió que fuera a preguntar en alguna de las tiendas que hay en la avenida, cerca del departamento. Con la esperanza en menos 10, voy. Me sentí un extraterrestre.
--Hola, estoy buscando una bombilla de metal para tomar mate. ¿Tienen acá o saben dónde puedo conseguir?
--¿Y qué es eso?-- me contestó y me di cuenta que no iba a ir para ningún lado esa conversación.
Más o menos intenté explicarle qué era, pero vi que en su almacén no tenía nada que se le pareciera. Claro, yo estaba preguntando por un producto que casi no existe fuera de Argentina en un país donde les cuesta conseguir hasta petróleo. Y un poco me lo hicieron sentir en la mirada.
Como cada vez que debo hacer algo y no sé por dónde empezar, busqué en Google: "Cómo conseguir una bombilla para el mate en Cuba". Encontré un blog de fanáticos del mate. Hablan de un lugar en Santa Clara, donde están los restos del Che Guevara. Allí se lo recuerda al rosarino, que fue uno de los revolucionarios que en diciembre de 1958 participó de la toma de la ciudad de Santa Clara, una pieza clave para que la revolución triunfara en La Habana el 1 de enero de 1959. Pienso ir, pero todavía falta. Espero que antes pueda llegar a mis manos un mate caliente.
Mientras tanto busco cómo armar una bombilla casera. Primero agarro una de plástico y le tapo una de las puntas, hago un rollito, para que por ahí no entre el agua con la yerba, y luego lo ato con un hilo que me dio Zoe. Después, con una aguja pinché la bombilla para que no para que pueda absorber. En mi cabeza todo funcionaba perfecto. No contemplé que el contacto del plástico blando con el agua caliente iba a derretir mi producción. Fue lo que finalmente ocurrió.
El malhumor iba en ascenso, pero hasta ese momento no me dejaba vencer. Agarré el cañito de una bic, le saqué el cartucho y fui de nuevo. Con la misma aguja intenté hacer los agujeros. Esta vez el plástico era muy duro. Con un encendedor intenté ablandarlo, pero no alcanzó y no pude penetrarla para hacer los agujeritos. No importa, pensé. Pero sí importaba. Seguí trabajando sin mate.

Faltaban dos horas para ir a entrevistar a Leonardo Padura. Uno de los momentos que más esperé en este viaje. La dificultad que atraviesa La Habana también está presente a la hora de buscar un transporte para moverse en la periferia de la ciudad. El escritor vive en el barrio Mantilla, lejos de todo circuito turístico, en la zona. Llegar en transporte público, casi imposible. Decido dejar la cuestión económica de lado para poder llegar cómodo, a tiempo y tranquilo: pedí un taxi para ir y volver.
Antes de salir, retomé un poco de la espiritualidad que me dejó Playa del Carmen. Sin tener bombilla armé un mate: calenté el agua, puse la yerba y lo cebé. Después respiré hondo, me relajé, me traté con amor y pensé: "Si el destino quiere que yo tome un mate, va a poner una bombilla delante mío". Me convencí de eso, agarré mis cosas y salí a lo de Padura.
El encuentro con Padura estuvo a la altura de la expectativa, y más. La entrevista completa la pueden leer acá. Conocí a una persona que ama realmente a su país, su ciudad y su barrio, a pesar de todo el estiércol que le devuelven quienes dicen ser los conductores de esa tierra a la que él le dedicó su prestigiosa pluma y su corazón. Además, valoró que le preguntara por literatura. Me dijo que él da en promedio 250 entrevistas en un año. "En 230 sólo me preguntan por política, por Cuba y demás. Yo contesto porque tengo una responsabilidad, pero ya aburre, y cada tanto recibo un bicho raro como tu que sólo me habla de literatura". Un halago que, pronunciado por él, jamás voy a olvidar.

Cuando terminamos la entrevista, una vez más me ofreció café, conocí a su esposa Lucía, y me mostró la oficina desde la que trabaja. Él tenía que seguir con su agenda porque en unos días se va a Colombia y yo debía volver al Vedado, el barrio en el que estoy parando. "Si quieres espera aquí a que venga tu coche", dijo para no dejarme en la calle, en un lugar que desconocía, y me hizo pasar a su jardín. Me quedé jugando con su perrito Farouh, un cachorro al que recién le crecieron los dientes y juega a morder.
A los pocos minutos lo veo llegar. El sol del atardecer daba directo en su cara. El hombre se cambió para ordenar su jardín. Ahora estaba con ojotas y cortos. Pero lo importante estaba en su mano, que se levantaba por encima de sus hombros, como si fuera un rito sagrado y milagroso. "Mira lo que tengo para ti", me dijo con una sonrisa. Ahí veo un mate, ordinario, de calabaza, redondo, y una bombilla. Leonardo Padura me regaló todo lo que necesitaba para seguir.
No termino de entender si fue el destino, el azar, o mi cabeza que se nubla y pierde dos bombillas de mate en dos semanas. Pero tuve la suerte de encontrarme con Padura, que me regaló la bombilla que había buscado tanto. Lo cierto es que este artículo lo termino de escribir con un mate caliente, que descansa en la palma de mi mano.



